41
Elise
Es sábado por la mañana y, en esta ocasión, he venido al hospital acompañada de Nora. Papá lleva un par de días algo mejor, pero sé que solo es un fugaz respiro que le está concediendo la vida con su peculiar y cruel ironía.
Aunque su humor lucía un tanto gris, ha cambiado en cuanto ha aparecido mi amiga, con la que ahora parece llevarse mejor que conmigo. Y ahí está, en la cama; ya no se ve con fuerzas para salir al jardín, pero continúa obsesionado con ese dichoso tablero de ajedrez, y Nora es pésima jugando.
—¿Ya? ¿Otra vez me has ganado? —se queja ella.
—Empieza a resultar aburrido… —gruñe él, pero ambas sabemos que lo dice en broma.
—Por lo menos a ti te habla mientras jugáis —tercio.
—Si no hubieras echado al chico, ahora tendría partidas mucho más estimulantes —me reprocha él.
—Bueno, estoy segura de que volverá. —Nora recoloca las piezas y me lanza una mirada malévola.
Yo me limito a resoplar.
—Eso espero —dice mi padre mientras observa como mi amiga recoloca también sus fichas—. Me debe la revancha.
Nora lo mira con cierta complicidad y ambos se sonríen, como si algo les divirtiera.
—Pero ¡mira qué hora es! —exclama ella entonces, mirando su reloj de muñeca—. Vamos a llegar tarde a la pelu.
—Nora, de verdad…, ¿no podemos cancelarlo?
—No seas tonta y vete a pasar un buen rato con tu amiga. Ese pelo tuyo empieza a tirar a un naranja rancio.
—¿Qué más da?
—¡Venga! —me anima papá—. Te mereces un descanso.
—Pero…
—¡Ni peros ni nada!
—Bueno…, pero vendré más tarde.
—Como si vienes ya mañana, cariño. Tienes que distraerte un poco.
No le rechisto, a sabiendas de que volveré después.
En el pasillo, resoplo. Me cuesta irme, me cuesta siempre… Pero su buen humor todavía resuena en mis oídos, y quizás por eso acepto seguir a mi amiga hasta la peluquería.
Una vez allí, soy consciente de que todos tenían razón. Necesitaba concederme un momentito de bienestar, aunque, por supuesto, no pienso reconocerlo en voz alta.
—Estás preciosa. —Nora me acaricia las puntas de un mechón—. ¿A ti te gusta?
—Me encanta.
Hacía años que no me veía con mi rubio natural. Bueno, técnicamente, la mitad es tinte, para terminar de borrar el desastroso color que me quedaba, y ahora me siento bien. Seamos realistas: mi anterior look ya no me representaba. Ahora sí me identifico mejor conmigo misma.
—Bueno, ¿de qué color vas a pintarte las uñas?
—Puede que rosa.
—No sé para qué pregunto…
Me río al ver su gesto.
Una mujer nos pide que pasemos a la zona de manicura, y Nora y yo nos sentamos la una al lado de la otra mientras las manicuristas nos enseñan las paletas de colores. Yo lo tengo claro en cuanto lo veo, mientras que mi amiga valora diferentes opciones.
—¿Me vas a decir lo que te ronda por la cabeza?
—¿A qué te refieres?
—Llevas toda la mañana dándole vueltas a algo y quiero saber qué es.
—No es nada.
—¡Ay, Elise, por favor, suéltalo ya!
—Vale, vale… —Trago saliva, consciente de lo que voy a admitir ante mi amiga—. Creo que estoy empezando a sentir… algo… por Markus.
—¿Empezando? —Nora parpadea—. Lleváis tiempo así los dos.
—¿Por qué dices…?
—Nada. No digo nada. —Sonríe y me señala un rojo—. ¿Qué te parece este?
—Bien, supongo… —carraspeo—. Pero… ¿no crees que es muy raro todo? Quiero decir, llevo sin saber de él unos días…
—No te comas la cabeza con eso. Volverá pronto, te lo prometo.
—No entiendo por qué no contesta a mis mensajes ni a mis llamadas, y en cambio a los de los demás, sí.
—Eso no es cierto.
—Un simple «OK» a un correo larguísimo no cuenta. Responder con monosílabos no tiene sentido. ¿Está molesto conmigo? ¿He hecho algo malo?
—Elise, no te rayes, por favor.
Resoplo. Ni yo misma entiendo lo que me pasa, mucho menos se lo voy a decir a ella. Eso implicaría reconocer más cosas que tal vez no quiera, o eso creo.
—Markus no es un hombre fácil, por así decirlo. Y tú necesitas otros ritmos, créeme. Solo te pido que vayas con cuidado.
—No estamos hablando de lo mismo.
—Porque no jugamos igual, y él tampoco. A eso me refiero.
—Creo que tú sabes algo que yo no.
—Puede ser —admite.
—¿Y por qué no me lo dices?
—Porque él me lo pidió.
—¿Cómo? —La miro sin entender.
Las manicuristas fingen no oírnos, y me pregunto cuántas historias habrán tenido que soportar. La verdad es que empiezo a sentirme incómoda manteniendo esta conversación delante de dos desconocidas, y también me fastidia que mi mejor amiga me oculte información.
—Dime qué está ocurriendo. Ahora mismo.
—Elise, no insistas, por favor. No me hagas esto.
—¿Él está bien?
—Sí.
Asiento. Observo a la chica pintarme la primera mano. Me planteo cómo convencer a Nora; sé que, si le doy algo a cambio de información, tendré más posibilidades de que se ablande y al final confiese.
—La noche anterior a que lanzara esta extraña bomba de humo estuvimos en la oficina hasta las dos de la madrugada.
Yo no quería volver a casa y Markus se quedó conmigo y después me acompañó y me dijo algo que me hizo pensar que tal vez él sienta algo por mí también; algo de verdad, no solo un tonteo.
Nora parece meditar algo.
—¿Y no me lo habías dicho? —Abre mucho los ojos—. Espera…, ¿pasó algo entre vosotros?
—No. Fue más… una conexión.
Sopesa la información en su cabeza, aunque sigue flipando.
—Pero ¿por qué no me lo habías contado?
—¿En serio? Tú tampoco me has contado nada de esto.
—Te prometo que no es lo mismo.
—En fin…
—Una conexión —repite, pensativa—. Entonces, sí que pasó algo.
—No. O sea… No. No sé cómo explicarte esto.
—¿Cuál es el pero que te guardas?
—Creo que… —Me enfoco en el rosa pastel que me están aplicando sobre las uñas—. No sé lo que creo, en realidad.
—Está bien, se acabó. Está claro que ambos sois imbéciles, así que voy a contártelo, pero, por favor, no te pongas histérica.
—No sé si empiezas bien diciéndome algo así.
—Mira, Markus no te lo ha contado porque considera que ya tienes demasiadas movidas en este momento como para sumarte una más.
Sabía que te preocuparías por él, y al principio yo no entendí por qué me lo dijo así, pero ahora lo comprendo todo.
Los dos deberíais hablar. Y de muchas cosas, por lo que veo.
—Ve al grano, Nora.
—Operaron a Markus el martes.
—¡¿Qué?!
Mi cerebro trata de procesar toda la información: Markus, ¡en un quirófano! Y yo, mientras tanto, perdiendo el tiempo en e-mails absurdos, rayándome por si estaba molesto conmigo.
—No es grave ni nada por el estilo; es por su pierna. Y me consta que al día siguiente ya estaba en su casa, pero tiene que recuperarse y no volverá a la oficina hasta dentro de una semana, o puede que diez días.
—Pero ¿él se encuentra bien?
—Sí.
—¿Por qué no me lo contó?
—Te lo he dicho: no quería preocuparte.
—Me da igual. Lo ha vuelto a hacer… Ha vuelto a ocultarme algo.
—Yo le entiendo: aun a riesgo de que te cabrees con él, escogió protegerte.
—No necesito que me protejan.
—Y, sin embargo, terminas preocupándote por todos menos por ti misma. Yo creo que un poquito sí que lo necesitas.
No digo nada. No vale la pena discutir con ella.
—¿Por qué este hombre es tan cuadriculado y cabezota? —resoplo.
Nora sonríe.
—¿Estás más tranquila?
—No. Al contrario. Estoy preocupada por él.
Lo reconozco, a pesar de todo.
—¿Por qué no le dices que lo sabes? Tal vez así reaccione. Seguramente, no tendrá mucho que hacer en su casa en estos momentos, aparte de trabajar. Y no parece de esos que ven la tele… Seguro que es aburrido hasta para eso.
—Pero, entonces, ¿está en Londres?
—Sí.
—Necesito verlo.
—¿Te cuento algo? —Se muerde el labio inferior y yo asiento— Ayer, cuando coordiné con él la mensajería que tenía que llevarle unos documentos a casa, me preguntó cómo estabas.
Nora sonríe, a sabiendas de lo que supone revelarme esa información.
Me pongo de pie, olvidando por un instante dónde estoy, y la manicurista me mancha el dedo de rosa. La mano derecha está lista, pero faltan por pintar tres uñas de la izquierda.
—Perdón —le digo a la chica, que está horrorizada y con el pincel en la mano. No obstante, ahora no puedo pensar en otra cosa que no sea él—. Nora, tienes que darme su dirección.
—Oye, frena. No creo que presentarse en su casa sin avisar sea lo más adecuado.
—Lo avisaré de que voy.
—Entonces que te la dé él.
—¿Y si no lo hace?
—Yo no puedo traicionar su confianza de ese modo. —Su tono es firme, pero hay amor y comprensión en su mirada.
—¡Nora, por favor!
Mi amiga debate consigo misma.
—Joder, soy una romántica empedernida que cree en el puñetero amor, y esto me va a costar una bronca que flipas, como si lo viera… —resopla, y se dirige a la chica que le está pintando las uñas de rojo—. Perdona, necesito usar un segundo mi móvil.
Permanezco en vilo, viendo como mi amiga, con cuidado de no estropearse la manicura, trastea en su teléfono hasta que hace vibrar el mío.
—Hazme un favor y dale una vuelta a lo que sea que vayas a decirle. Y, por lo que más quieras, Elise: recuerda que él tiene mucho más mundo que tú, ¡en todos los aspectos!, ¿de acuerdo? Ten cuidado, por el bien de tu corazón.
Ya, bueno, el corazón, las uñas… Hoy lo estoy fastidiando todo por ese alemán tozudo.