40
Markus
Unos ruidos molestos y lejanos se van intensificando, devolviéndome a una realidad a la que, de un modo que no logro explicar, siento que me cuesta volver.
Todavía tengo sueño y quiero descansar. Pero entonces me acuerdo de algo…
Concretamente, de ella , y lucho porque los párpados, que tanto me pesan, se abran para verla.
—¿Elise?
Al pronunciar su nombre, siento la lengua de cartón, pero no me importa. La busco por la estancia con la mirada.
—Eh, tranquilo, soy yo —responde Max, inclinándose sobre mí.
—¿Dónde está? —Insisto—. ¿Dónde está, Elise?
Max suspira.
—No está aquí.
Lo miro sin entender.
—No querías que supiera lo de la operación, ¿recuerdas?
La decepción me golpea de inmediato, y mi hermano se da cuenta.
—Pero también puedo ir a buscarla para que no se pierda lo sexi que estás con esa bata y el gotero colgando.
Max ladea una sonrisa y yo lo miro con cara de pocos amigos.
—¿Estás bien? —me intereso después de un breve silencio.
—Qué manía con preguntar cómo se encuentran los demás cuando el que está en la cama del hospital eres tú… —Pone los ojos en blanco—. Sí, estoy bien. ¿Y tú? ¿Tienes dolores?
—Todavía no sé ni cómo me siento…, creo. Aunque…, ¿me han quitado la pierna o algo?
Trato de mirar más allá, pero todo parece en orden debajo de las sábanas.
—Joder, estás drogadísimo, ¿eh? Pero no te preocupes: tu pierna sigue en el sitio que le corresponde. Y lo otro, también.
—Ah. —Eso me deja más tranquilo—. Tengo sed.
—Iré a buscar a la enfermera. Ahora vuelvo.
Max sale de la habitación, dejándome a solas con mis confusos pensamientos. Ella ronda por mi cabeza mientras mi corazón se altera por el hecho de no poder ir a verla.