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Elise
Me descubro buscando a Markus a través de la cristalera por vigésimo tercera vez, por lo menos.
Como si en cualquier momento fuera a asomar la cabeza con un café en la mano.
Pero no. La silla sigue vacía. Y yo me sorprendo al sentir una punzada inesperada en el pecho mientras me pregunto dónde estará, si pensará en lo que pasó anoche o… en mí.
Suspiro, agotada por todo, y me froto los ojos, algo resecos, en parte debido a la falta de sueño que arrastro.
Después, vuelvo a revisar la bandeja de entrada, pero nada.
Ni un solo correo nuevo. Confieso que le he mandado cinco.
Y lo peor es que los tres últimos no son más que minucias del proyecto, escritas con la esperanza de que respondiera a alguno.
Pero ni rastro de Markus. Ahora me siento mal por haberle enviado esas últimas tonterías.
¡Qué falta de profesionalidad! Aunque todo me resulta tan extraño…
Tal vez demasiado. Siempre, desde que lo conozco, ha contestado a mis correos en cuestión de unos pocos minutos.
Así que esta situación solo me inquieta más, mientras, por otro lado, me asalta de nuevo esa culpa, amarga y fría, que me persigue.
Porque, mientras yo desespero por recibir un triste e-mail de Markus, papá está pasando por algo terrible. Y una parte de mí se odia por ello.