El caos que nos une (Lo que nos une 1) 66
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Elise

Nora llega al hospital y, durante un rato, no me dice nada más que un «hola» en susurros. Ambas permanecemos en silencio; yo soy incapaz de soltar la mano de mi padre, que sigue en la cama, dormido.

—Gracias —le digo a mi amiga cuando el nudo en mi garganta me permite articular palabra.

—No tienes por qué dármelas, Elise.

—No quería pedirte esto.

—Tranquila, de verdad. Sabes que puedo ayudarte.

Suspiro y a continuación me dirijo con ella hacia las oficinas del hospital, donde podremos hacer el pago. Lo que no esperaba era la sorpresa que me da la administrativa.

—De momento no hay facturas pendientes —asegura—. Ayer se abonaron todas.

—¿Cómo dice?

Me extiende el comprobante, y reconozco la firma de inmediato: Markus.

—No puede ser…

Nora no comenta nada, expectante por ver mi reacción. Le devuelvo a la mujer el documento y nos vamos de allí.

—Elise… —Mi amiga no sabe ni qué decir, y yo me enfado más a cada segundo que pasa. Me siento más y más traicionada con cada paso que doy.

—Me lo prometió. ¡Me prometió que respetaría mi decisión!

Ella me observa con un gesto que delata su lucha interna entre decir lo que piensa o callar. Cierra los ojos y niega con la cabeza. Finalmente me mira, casi con desafío.

—¿Te has parado a pensar en lo difícil que tiene que ser para él verte así? —alega—. ¿Sabes lo complicado que es también para mí saberte desbordada por todo? Tal vez Markus lo ha hecho porque te quiere, Elise. Porque no soporta verte hundida.

Aprieto los labios antes de hablar.

—¡Esto es demasiado! Ha cruzado una línea que no debía. ¡Y lo peor es que ni siquiera me lo ha dicho!

—Perdona que te recuerde que tú tampoco fuiste sincera con él.

—Me señala con el dedo, lo cual me hace dar un paso atrás—.

Ni con respecto al adelanto, ni con las cosas que estás vendiendo por internet.

¡Maldita sea, Elise! Estás vaciando tu casa para conseguir una miseria que te ayude a pagar facturas.

¿De verdad no entiendes que alguien que te quiere desee evitar que te arruines con esto?

Las palabras me sacuden; sin embargo, tengo tanta rabia que no me doy por vencida.

—¡Pero es mi decisión! —Estoy al límite; las lágrimas se agolpan en mis ojos—. ¡Es mi padre, Nora! ¡Es mi vida! Y, sobre todo, ¡él me lo prometió!

Me llevo las manos a la cara, tratando de contener las lágrimas, superada, y es entonces cuando me rompo.

Nora tarda unos instantes en acercarse a mí y me abraza, fuerte.

Pero ya es demasiado tarde. El caos en mi interior se ha desatado como nunca lo había hecho. El dolor ya no es igual: es mucho peor.

Siento que empiezo a perderme en alguna parte de mí misma. O tal vez ya estaba extraviada desde hace tiempo y ahora, por fin, estoy a punto de tocar fondo.