El caos que nos une (Lo que nos une 1) 34
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Elise

La vida es muy cruel.

Hace unas horas estaba riéndome, casi olvidándome por unos instantes de… esto. De la habitación de hospital donde hoy solo hay silencio.

La realidad me golpea con una voracidad terrible, dejándome noqueada y con un sentimiento de culpa enorme, como si no tuviera derecho siquiera a recrearme en la luz del sol que brilla fuera de aquí.

Papá está en la cama, con los ojos cerrados y respiración dificultosa. Los calmantes lo mantienen ajeno a la realidad, y me pregunto si será consciente de que estoy aquí con él, observándolo, con ese peso en mi garganta que se hace más y más doloroso cuanto más contengo las ganas de llorar.

Solo puedo estar aquí, cada vez más temerosa de lo que está por llegar. Y no sé cuánto tiempo paso abrazándome a mí misma en esta fría estancia. ¿Dos horas? ¿Tres? ¿Cuatro?

Cuando me doy por vencida y decido despedirme, al igual que cada tarde, aunque sin ninguna respuesta en esta ocasión, me percato de que la noche hace rato que ha caído sobre Londres.

Sé que debería irme a casa, cenar algo y tratar de descansar, pero ese lugar al que he llamado hogar durante toda mi vida ahora se me antoja más un pequeño infierno.

Porque está lleno de recuerdos, unos más tristes que otros, y porque sigo sin acostumbrarme a la soledad que me rodea en él.

Nunca había estado sola entre esas paredes hasta que papá ingresó en el hospital, y el vacío que me recibió aquella primera noche resultó aterrador, no solo por la situación que se cernía sobre nosotros, sino por todo.

La soledad, los ruidos del frigorífico, la madera crujiendo, el eco de mis propios pasos…

Y la oscuridad, que no solo me envolvía, sino que se colaba en mi alma, apabullándome.

De vez en cuando me digo que ya me he acostumbrado, pero, si soy sincera conmigo misma, en algunas ocasiones todavía me siento atrapada en ese remolino de sensaciones.

Si no fuera por Linux, no hubiera pasado ni del primer día.

Y, por eso, muchas veces me sumerjo en el trabajo, que, de alguna manera, me alivia, me ayuda a no pensar, y se convierte en una especie de refugio temporal.

Pero hoy no puedo.

Me resulta imposible enfrentarme a todo eso.

Volver a… casa.

Hoy necesito huir de la soledad que me asedia desde las fotos en la pared, los libros de papá, su cama en el salón… Desde todas partes, en realidad.

Sin pensarlo demasiado, tomo el metro que me lleva a la oficina, porque allí el silencio no es igual y me resulta hasta reconfortante.

Cuando llego a mi mesa, permanezco inmóvil y sin hacer el menor ruido, esperando a que las luces se apaguen, hasta que me quedo totalmente a oscuras en mi silla.

Entonces siento alivio. Solo un poco. Pero me conformo con eso.

Tras unos minutos, enciendo el flexo que hay en mi mesa, saco el portátil y finjo implicarme en mis tareas, porque es lo que no duele.

Trato de concentrarme redactando correos, repasando papeles, leyendo las anotaciones que tengo en el iPad y buscando cualquier cosa que me mantenga ocupada, que me impida pensar.

Hasta que lo siento.

La campanita del ascensor, los pasos contenidos, las luces encendiéndose a medida que avanza.

Se queda quieto unos segundos, observándome desde el otro lado de la sala, pero soy incapaz de moverme o de articular palabra. Ambos nos miramos, hasta que él rompe el silencio con tono grave.

—No deberías estar aquí a estas horas.

Pero lo estoy, y ahora Markus también está conmigo.