33
Elise
Resulta imposible no reírse con Max. Es esa clase de persona con la que conectas enseguida, y me asombra lo iguales, pero al mismo tiempo lo diferentes, que son estos hermanos.
Cuando llegamos a la oficina, encontramos a Nora dándole un mordisco a una chocolatina de Ritter Sport que sujeta por el envoltorio para no mancharse los dedos. Se le queda un pedacito de chocolate en la comisura del labio; yo le hago un gesto y ella se lo limpia con rapidez.
Nos sonríe, un tanto nerviosa por la pillada; en épocas en las que lidia con mucho estrés, necesita chocolate para sobrevivir. Agita la mano a modo de saludo, tratando de contener su incredulidad al ver a los gemelos juntos por primera vez.
—Una decoración interesante… —le murmura Max a Markus en alemán, en relación con la planta que Nora tiene en un extremo del mostrador.
Ella resopla y de inmediato sé que no se va a quedar callada.
—Está haciendo una especie de hibernación porque ha llegado el otoño —le responde en el mismo idioma.
Max se muestra sorprendido. Sin duda, no se esperaba para nada que ella supiese alemán. La observa unos instantes, divertido, antes de volver a hablar:
—¿Hibernación? ¿En septiembre?
—Hay plantas más sensibles que otras —replica ella—. Igual que algunas personas.
Max sonríe sin dejar de mirarla. Yo decido intervenir, atreviéndome también a usar el alemán.
—No se le dan bien las plantas… Aunque trate de negarlo.
Markus me dedica una sonrisa. Sabe que suelo evitar su idioma y le habrá extrañado.
—Interesante… —comenta el otro.
—¿Vamos? —le dice Markus a su hermano, dejándonos a las dos solas.
En cuanto Nora se asegura de que ambos se han alejado lo suficiente, se vuelve hacia mí con la boca abierta.
—¡¿Gemelos?! ¿Por qué no me lo habías dicho?
Me encojo de hombros y acepto la chocolatina que me ofrece. Ella sigue con la mandíbula casi en el suelo.
—Ese tío es la versión mejorada de tu jefe buenorro.
—Te lo he dicho un millón de veces: Markus es un colaborador y no mi jefe…
Pero mi amiga sigue a lo suyo.
—Tiene un estilo más desenfadado, está más macizo, y algo me dice que es mucho menos aburrido.
—Pues yo prefiero al hermano que se toma la vida más en serio.
—¡Ja! Es la primera vez que te escucho decir que te interesa. ¡Has bajado la guardia!
—No he dicho nada sobre nadie. —Me sonrojo.
—Ya, ya, ya… Tú sigue mintiéndote.
—¡Nora! —la reprendo, escandalizada por sus insinuaciones.
—¡Elise! —me imita, y luego se troncha.
—Eres incorregible.
Pongo los ojos en blanco y me voy a mi sitio. Por el camino, se me dibuja una sonrisa involuntaria. Cuando me siento en la silla y miro hacia esa cristalera que tanto interés me despierta, descubro que él también me está mirando.
¡Tengo que dejar de comportarme como una adolescente!