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Markus
Le propongo ir al italiano porque sé que es el que más le gusta.
Al principio hablamos de todo y de nada: del tiempo, de la jarra con la que Williams se ha paseado hoy por toda la oficina y en la que se leía El mejor jefe del mundo , o de que, después de meses, Elise se ha animado a retomar uno de sus hobbies .
—No sabía que tejías.
—Nora y yo aprendimos en un campamento de verano.
A ella el punto la desquicia, pero yo descubrí que me relaja y me ayuda a evadirme.
Es como si el tiempo se volviera más ligero y las preocupaciones se evaporasen.
Solo queda la lana en tus manos, y lo que eres capaz de crear a través de un solo hilo.
Después de meses sin ser capaz de tocar las agujas, ¡he vuelto a tejer! Y me siento mejor conmigo misma.
—Eso suena fantástico. Lo defines como algo casi terapéutico.
—Creo que lo es.
Ríe, y yo solo puedo mirarla, tratando de camuflar la fascinación que, cada día que pasa, despierta más en mí.
—Bueno…, ¿vamos al lío? ¿Algo que comentar del trabajo? —pregunta, y yo asiento con la cabeza.
Cojo el vaso de agua con gas y le doy un trago largo, buscando la forma de exponer lo que me preocupa.
—El informe que me enviaste ayer estaba bien. Demasiado bien para ser tan tarde por la noche…
—Eh…, vaya…, ¿eso es un cumplido o el inicio de una regañina?
—Digamos que es algo que me hace preguntarme si estás descansando lo suficiente. No es la primera vez que me mandas cosas de madrugada.
No voy a esconder que me preocupo por ella, pues me he propuesto enseñar todas mis cartas poco a poco.
—No necesito dormir ocho horas. Siempre funciono mejor durmiendo poco.
—Elise —mi voz suena más seria de lo que me gustaría—, cuando me llegan tus correos a las dos de la mañana, no pienso en los informes, sino en ti.
Va a decir algo, pero cierra la boca, pensativa, y aprovecho para continuar:
—Si quieres cuidar de los demás, primero tienes que ocuparte de ti. —Hago una pausa—. ¿De acuerdo?
—Estoy bien, de verdad.
La miro: sus ojeras, más marcadas que nunca, contradicen sus palabras. Estoy a punto de hacérselo notar, pero entonces suena la campanilla de la puerta y mi hermano aparece en el restaurante.
—¿Me habéis dejado algo? —pregunta en alemán, acercándose a la mesa y cargando, ipso facto , el ambiente con esa energía desbordante que siempre lo acompaña.
Me levanto de la silla, y Elise me imita.
—Hola, ¿has tenido buen vuelo? —Cambio al inglés, y Max se adapta enseguida.
—Sí, muy tranquilo. —Luego se centra en mi acompañante—. Hola.
—Max, te presento a Elise, la team lead de uno de los proyectos que estamos llevando a cabo y… una buena amiga. —La miro con una sonrisa ladeada—. Elise, el capullo de mi hermano.
Max estalla en carcajadas mientras estrecha la mano de ella, que también sonríe.
—Un placer conocerte. ¿Eres la team lead del proyecto guay o del de la secretaria creepy ?
—Del proyecto guay, definitivamente —responde, riendo. Me sorprende lo fácil que conecta con él—. He tenido suerte de librarme de lo otro.
—Ya decía yo que parecías demasiado maja como para estar en ese marrón.
Elise ríe de nuevo, relajada. Me encanta verla así, pero, al mismo tiempo, esa repentina complicidad entre ambos me genera sentimientos que no sé cómo interpretar.
—Max, ¿por qué no te sientas y pides algo de la carta? —le sugiero.
No sé por qué he sido tan brusco, pero lo cierto es que Elise le ha caído muy bien y ahora mi parte más irracional se rehúsa a que mi hermano la monopolice. ¿Qué diantres me está pasando?
—Tranquilo, Markus. —Me da un golpecito en el hombro y yo resoplo.
Elise sonríe con esa mezcla de diversión y sorpresa que hace que mi estómago se encoja. Max habla con ella, pero también me incluye en la conversación, y, la verdad, se lo agradezco.