El caos que nos une (Lo que nos une 1) 35
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Markus

Lo último que esperaba era encontrarla aquí. Y mucho menos, que mi sola presencia terminara de romperla.

Inspecciono la oficina, pero solo estamos nosotros. Elise ha agachado el rostro, ocultándolo entre sus manos; sus hombros tiemblan, fruto de los incontrolables sollozos.

Camino hasta su escritorio y acerco la silla de la mesa contigua para sentarme a su lado.

Pasan los minutos, las luces del techo se apagan, y yo solo soy capaz de observarla en silencio, cobijados bajo el cálido resplandor de su lámpara.

Me siento aprisionado entre la necesidad de consolarla y el miedo a sobrepasar esa fina línea que podría estropearlo todo.

La vibración del teléfono capta mi atención, y lo saco del bolsillo de la americana.

—Max, vete a casa, yo iré después. Estoy con Elise.

Cuelgo a mi hermano, que no me hace preguntas, y casi lo agradezco.

Habíamos quedado en que subiría, cogería la carpeta que me había olvidado y volvería al coche, donde él espera con su chófer, pero ahora…

Simplemente no puedo irme. No voy a abandonarla en este estado. Sobre todo, no quiero hacerlo.

Por fin Elise me mira, con los ojos enrojecidos.

—No tienes por qué quedarte. Por favor… Haz lo que tengas que hacer y…

—Shhh —la corto.

Un mechón de pelo se le ha pegado a la mejilla a causa de las lágrimas y, sin pensar, acerco mis dedos a su rostro y lo aparto, despacio, colocándoselo detrás de la oreja.

Ella cierra los ojos y me sorprende inclinándose levemente hacia mi mano, como buscando el contacto.

Con ese gesto, consigue que mi corazón se acelere, y miles de dudas y preguntas comienzan a asaltarme.

No obstante, no dura más que unos segundos; de pronto se aparta, demasiado rápido, y trata de recuperar la compostura. Carraspea y gira la cabeza para evitarme.

—Ha sido una tarde complicada.

—Todos tenemos de esas —añado con suavidad.

—Ya, bueno…

Dejamos que el tiempo se consuma entre nosotros, hasta que ella se atreve a mirarme de nuevo.

—No estás sola, Elise —susurro.

Y, al escucharme, sus ojos brillan de un modo que nada tiene que ver con las lágrimas.