30
Elise
Cuando regreso a la habitación de papá, lo veo más débil que nunca y el miedo se apodera de mí.
Está en la cama, medio atontado por los calmantes que le han suministrado, con su manta azul sobre las piernas.
Me pide que le hable del trabajo, así que le cuento tonterías, como que a Nora se le siguen muriendo todas las plantas que pasan por la recepción y que la que tiene ahora ya solo son dos palos en un tiesto, pero ella se empeña en conservarla.
—Todavía me acuerdo del cactus que le regalé, pensando que resistiría, y consiguió que se doblase sobre sí mismo —comenta divertido, con un hilo de voz.
—¡Es verdad! Pero eso ya fue hace unos años —me río, y él me imita, hasta que le da la tos. Cuando se calma, nos sumimos en el silencio durante unos breves minutos que se hacen eternos.
—¿Y el chico?
Sé perfectamente a quién se refiere. Ha transcurrido una semana desde que lo vi jugando al ajedrez con papá, y desde entonces el contacto entre Markus y yo se ha reducido básicamente a correos electrónicos.
—Apenas he vuelto a hablar con él. —Le soy sincera.
—Tienes que permitir que la gente entre en tu vida, hija. No lo alejes de esa forma. Todos cometemos errores.
No respondo. Pero tampoco puedo evitar pensar en Markus.
En su insistencia por mantener las dichosas reuniones a mediodía y sacarme a comer cuando yo me empeñaba en saltarme las comidas.
En cómo me valora genuinamente en el trabajo.
En los cafés que aparecen en mi mesa justo cuando más los necesito.
En las veces que me ha cubierto en la oficina sin que yo se lo pidiera.
Cada recuerdo me pesa en el pecho, y percibo en mi corazón una punzada de algo que no me atrevo a reconocer todavía.