El caos que nos une (Lo que nos une 1) 28
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Elise

Esta noche apenas he pegado ojo. Entre el encuentro con Markus y lo pálido que vi a papá, mi mente no dejó de dar vueltas.

Demasiadas vueltas. Tantas que hasta Linux decidió irse a dormir a otra habitación.

Supongo que mis constantes giros entre las sábanas hartaron a mi gato más de lo que me cansaron a mí misma.

Al final me levanté, aunque debería ser ilegal madrugar tanto. La prueba es que le puse comida al gato y ni se dignó a aparecer a esas horas. Me encaminé hacia el metro con un nudo en el estómago y unas ojeras que ni siquiera el corrector consiguió disimular.

Me hago con un café a la salida de la estación y llego con él intacto a la oficina.

Las luces automáticas se encienden a mi paso, frías y solitarias, como si quisieran recordarme que todavía no empieza la vida por aquí, ya que se van apagando al poco de avanzar yo.

Están programadas para mantenerse conectadas solo a ciertas horas; por eso, en mi escritorio enchufo la lamparita individual que uso cuando me quedo hasta tarde o en días como hoy.

Abro el portátil, que saco del portadocumentos, y sigo mi ritual como si fuera una autómata.

Ojalá esta rutina también ahogara lo que me tortura por dentro, igual que cuando consigo abstraerme en una tarea y el resto del mundo casi desaparece. Pero hoy no. Hoy nada se desvanece.

Pasan un par de horas antes de que llegue el primer compañero a la oficina, y a los pocos minutos se presenta Nora, café en mano; como siempre, repasa el entorno para asegurarse de que todo sigue perfecto. Entonces su mirada se posa en mí, y se acerca apretando los labios.

—¿Has dormido aquí o qué? —me pregunta, apoyando el vaso de cartón en mi escritorio.

—Buenos días. —La saludo fingiendo normalidad, pero con ella sé que no sirve de nada.

—¡Caray! —Alza las cejas—. No tienes buena cara, Elise. ¿Te encuentras bien?

—Sí, es solo que he dormido mal.

—¿Ha pasado algo?

—Papá ayer no tenía su mejor día… —Le digo la verdad acerca de uno de los dos hombres que me quitan el sueño, aunque el nudo en mi garganta se aprieta con solo evocarlo.

Nora pone una mano sobre mi hombro.

—Lo siento, Elise. ¿Quieres que vayamos a la recepción o a la cantina para hablar un rato?

—No es necesario, estoy bien, de verdad. Forma parte del proceso, supongo.

Trago saliva, doy un sorbo al café, ya frío e imbebible después de tantas horas, y me obligo a abrir un documento cualquiera en la pantalla para aparentar normalidad.

—Te veo luego —dice Nora, pero no me da tiempo a responderle porque entonces lo siento.

Es como si la presencia de Markus de camino a su despacho se hubiera adueñado de toda la oficina. Antes de entrar, se para y me observa. Da un paso en dirección a mí, pero lo fulmino con la mirada, y eso lo hace descartar la idea, bajar la cabeza y dirigirse a su guarida.

—Vale. Una última cosa antes de irme… —Nora, que no se pierde ni un solo detalle, lo mira primero a él y luego a mí—. ¿Me lo vas a contar ahora o prefieres hacerme sufrir un poco y soltarlo más tarde?

—No es el momento ni el lugar.

—Perdona, pero estamos hablando de trabajo. —Se aproxima a mi oído para que nadie oiga lo que dice a continuación—: Porque el buenorro de la oficina es el que te lo manda, ¿no?

Y, sin quererlo, me dibuja una sonrisa inquieta, que trato de borrar enseguida con un carraspeo.

—Ya sabía yo… —Recoge su café, dispuesta a irse, pero antes me apunta con un dedo acusador—. Me lo vas a contar. Y lo sabes.

La sigo con la mirada mientras se aleja, con la sensación de que me ha sonsacado más de lo que yo quería.