El caos que nos une (Lo que nos une 1) 27
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Elise

Salgo casi corriendo del jardín.

Sé que tal vez no debería, pero no puedo evitarlo.

¿Qué diantres hace Markus con papá? ¿Es él la persona con la que juega al ajedrez? Y, en caso afirmativo, ¿por qué no me lo había contado? Sé que hace tiempo de esto, y por eso no lo entiendo.

Necesito respuestas, pero no delante de mi padre. No puedo montarle un numerito o pedirle explicaciones si él está presente.

¿Y la forma en la que me han mirado los dos? ¿Papá lo sabía? Su gesto me decía que sí… ¿Cómo es posible?

Me siento tan tonta… Y lo peor de todo es que me duele. La mentira de Markus me ha hecho daño, y mi corazón tiembla.

Sin darme cuenta, he llegado a la entrada del hospital y, abrazándome a mí misma, me dirijo al banco de piedra donde me senté con él aquel fatídico día. No sé cuánto tiempo permanezco ahí sentada, mirando al suelo, hasta que su bastón, seguido por sus pies, emerge en mi campo de visión.

—Lo siento. Deja que te lo explique. Por favor…

—Llevas semanas mintiéndome.

—No te he mentido, solo… no he encontrado el momento adecuado de decírtelo, pero quería hacerlo. Te prometo que al principio no lo sabía, me di cuenta después.

Por fin lo miro. Él se queda en silencio. La culpa que distingo en sus ojos se me clava en el pecho.

Estoy tan enfadada con él… Tan molesta…

—¡Has tenido cientos de oportunidades para decírmelo! —le espeto.

—Lo sé, pero no me atrevía porque no sabía cómo te lo ibas a tomar. Hoy fui a contártelo, de verdad que iba a hacerlo, pero entonces el teléfono sonó y…

—No quiero que me cuentes excusas, Markus.

Se hace el silencio. Nos miramos a los ojos; los suyos parecen atormentados.

—La he cagado, y lo siento, Elise. Lo siento en el alma. No era así como quería que fueran las cosas y, por supuesto, no quería hacerte daño.

—Pues me lo has hecho.

Al decirlo en voz alta, me sorprende confirmar que, efectivamente, me ha dolido tanto que me lo ocultase. ¿Qué demonios me pasa con Markus? ¿Por qué mi corazón se siente tan herido? ¿Y en qué estaba él pensando…?

—Perdóname, por favor.

—Ahora mismo solo quiero que me dejes tranquila.

—Elise…

—Vete de mi vista.

Markus tarda unos instantes en asimilar mis palabras, pero al final asiente y se marcha tal y como le he pedido. Aunque confieso que el hecho de que lo haga no me alivia, sino al contrario.

Suspiro y me quedo en el banco un rato más, hasta que decido ir en busca de papá, que sigue analizando las jugadas en el tablero, pensativo.

—Hola.

Él alza un poco la mirada, pero enseguida la devuelve al ajedrez.

—¿Dónde está el chico?

—Le he pedido que se marchara.

Mi padre emite un leve gruñido, sin mirarme.

—Me gusta jugar con él.

—¿Por qué?

—Porque es inteligente, serio, da buena conversación y es capaz de hacerme un mate en menos de diez movimientos. Disfruta de nuestras partidas y le encanta jugar. Pero contigo… todavía no tiene ni idea de cómo mover las piezas.

Resoplo, y me sale una risa nerviosa.

—No sé de qué hablas.

Pero claro que lo sé. Y ese es el problema. Que a mí también me gusta jugar con Markus.