26
Markus
Hoy tenía sesión de fisioterapia y, al salir, mis pies me llevaron hacia el jardín, donde el padre de Elise estaba, como de costumbre, con su ajedrez.
No sé por qué, pero me gustan esos ratos, aunque la sensación de traición que me generan empieza a contrarrestar el sentimiento positivo que me transmitían.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunto. Lo veo más pálido que la semana pasada.
—Tengo un poco de niebla mental, o eso creo… Voy hasta arriba de calmantes.
—Vaya.
—Es una mierda.
Me centro en el tablero y muevo un peón, no muy seguro del movimiento.
—¿Qué te ocurre hoy? —A él no se le escapa una, a pesar de su «niebla mental».
Resoplo, frustrado y nervioso.
—Resulta que conozco a tu hija. —Levanta la vista del tablero y me mira, atónito—. Pero no lo sabía al principio, me enteré más tarde, en una de nuestras conversaciones.
—¿De qué la conoces?
—Estamos trabajando juntos de forma temporal. Después yo regresaré a Alemania, o eso creo. Al fin y al cabo, mi empresa está allí.
Vuelvo a mirar el tablero mientras guardamos silencio.
—¿Y qué te preocupa con respecto a mi hija?
—No le he dicho que tú y yo nos conocemos, y sé que debería haberlo hecho. Pero no he encontrado el momento adecuado, o no me he atrevido y… Cada día que pasa siento que es peor.
Nos miramos; él arquea una ceja. Sospecho que mi angustia le divierte.
—¿Cuántas partidas más necesitas para contárselo?
—Lo sé, lo sé… No me resulta fácil. En realidad, no pretendo traicionar su confianza, pero no quiero que se moleste por esto…, no sé cómo se lo va a tomar y… No sé ni lo que estoy diciendo.
Me llevo las manos al rostro mientras Michael me escruta con la mirada.
—Al darle tantas vueltas, demuestras que mi hija te importa. Y, por eso, tarde o temprano tendrás que enfrentarte a ella. Como sigas esperando, tendrás que pensar en cómo explicarle también por qué tardaste tanto en decírselo, y eso será peor.
—Tienes razón.
—No lo demores más, berlinés. No sabes en qué momento la vida se te puede torcer, y, en ese caso, todo esto te parecerá una minucia y te preguntarás por qué no se lo dijiste sin más.
—Gracias —respondo, abrumado—. Y perdón por no habértelo dicho a ti tampoco.
—¡Bah! Los humanos a veces somos expertos en complicar las cosas.
—Eso mismo pienso yo a menudo.
Sonreímos. Michael le resta importancia con un gesto de la mano.
—Me gustas para ella —murmura, moviendo el caballo.
—Eh…, bueno…, yo… No… —Desisto de intentar decir lo que fuera que iba a decir. Creo que es lo mejor. Él exhibe una sonrisa torcida y me centro en el tablero.
—¿Acabas de ponerme en jaque? —Abro mucho los ojos al darme cuenta.
—Y en varios aspectos, por lo que veo.
Suelto una risa nerviosa. Me cae tan bien este tipo…
—¿Markus? —La voz de Elise nos sorprende a los dos.
Ella está a unos pocos pasos, a mi derecha, y me mira, al principio confundida; luego no sé cómo interpretar su expresión, pero sin duda no acontece nada bueno.
—Elise…
Me levanto demasiado rápido y golpeo el tablero con la pierna mala, consiguiendo que varias piezas rueden por el suelo. Un dolor agudo me hace ahogar un taco, y me llevo la mano a la zona afectada. ¡Tenía que darme justo en el punto exacto que me fastidia!
Cuando busco su mirada, ella ya se ha girado y sale disparada del jardín, sin darme opción a explicarme.
Su padre ya no sonríe. Suspira y niega con la cabeza mientras la sigue con la mirada.
—Parece que ya no hace falta que encuentres el momento oportuno —comenta con tono serio.