El caos que nos une (Lo que nos une 1) 24 #2
24%

24 #2

No se esconde, y justo cuando el ambiente entre los dos podía tomar otro rumbo, un camarero se acerca, rompiendo la burbuja. El joven deja algunos de los platos que hemos pedido.

—¡Caray! Todo tiene una pinta estupenda, no sé ni por dónde empezar…

—¿Qué tal por estos de aquí? —Señalo unos makis—. Por ahora son mis favoritos de todos los que he probado.

Ambos cogemos una pieza con los palillos. Cuando Elise la prueba, sus ojos se agrandan por la sorpresa.

—¡Está increíblemente bueno!

—Me alegra saber que te gustan.

—¿Sabes? No te imaginaba viviendo en Chelsea —comenta.

—Yo tampoco, créeme —respondo, divertido—. Pero el comercial de la inmobiliaria era muy convincente, y yo no estaba en mi mejor momento para llevarle la contraria.

—Bueno, es un muy buen barrio.

—¿Y tú? ¿Dónde vives?

—En Southall.

—¿Ese es el barrio con la estación de metro en hindi?

—Ajá.

—No te hacía viviendo allí; sin que suene mal, por supuesto.

—Lo sé, tranquilo. Pero llevo en ese barrio desde que nací y, si te soy sincera, tampoco es mi lugar favorito últimamente. El problema es que cada vez hay más y más gente, aunque tengo la impresión de que es una constante en toda la ciudad.

—Y eso no te gusta.

—No. Las masas me abruman, como ya has podido comprobar…

Coge otro maki y lo observa reflexiva.

—Bueno, pero algún sitio te gustará, ¿no? —pregunto.

Ella se toma un momento antes de responder.

—Hyde Park. Y, si es a primera hora, mejor, porque todavía no hay mucha afluencia. Puedes respirar, pensar… En los últimos años Londres me hace sentir cada vez más… pequeña. Como si, en vez de crecer y avanzar, me estuviera encogiendo.

Ese comentario se me clava de alguna forma.

—¿Y a qué crees que se debe?

—Creo que… —Menea la cabeza—. Da igual.

—No da igual, y lo sabes. Vamos, puedes contármelo.

Duda, pero al final prosigue:

—Supongo que… me habría gustado tener opciones.

Vivir experiencias, conocer diferentes lugares.

Pero no ha sido posible, o yo no me he visto capaz de elegir otros caminos debido a las circunstancias, y a veces me siento atrapada en una vida que…

—hace una pausa, como si le costara seguir— que no elegí del todo.

Y quizás sea… egoísta, solo por pensarlo.

La escucho, la observo, y tengo claro que lo que me está trasladando no es autocompasión, sino una honestidad muy profunda.

Ella está verbalizando su verdad, aunque le duela hacerlo, y la comparte conmigo, de forma que también puedo conocer esas facetas que no se dejan ver fácilmente en otra persona.

Un gesto valiente y valioso, sin duda, que denota que confía en mí.

—Creo que todos merecemos un sitio donde poder abrirnos paso —le digo—. Un lugar donde no tengamos que encogernos o cambiar para caber.

Siento que mis palabras le han tocado la fibra por cómo me mira.

—Eso sería bonito… para quien pueda, claro —susurra. Su gesto es amargo.

Guardo silencio unos segundos, no porque no sepa qué decir, sino porque realmente comprendo el mensaje. Decido dejarle ver yo también más allá de lo que suelo mostrar.

—En mi caso hice lo contrario… —Busco las palabras—.

Yo sí que elegí ser egoísta. Construir algo distinto a lo que mi familia esperaba de mí, como si trazar mi propio camino fuera suficiente para sentirme libre.

Aun así, hay días en los que me pregunto si escogí la opción adecuada o si simplemente escapé de lo que consideré que deseaban imponerme.

Porque, aunque marques tu propio rumbo, también puedes sentirte fuera de lugar.

Además, créeme: la vida encuentra formas de golpearte igualmente, y, cuando te deja sin fuerzas, empiezas a darle vueltas a todo: a si te equivocaste o no, a si esto debe ser así o de otra forma…

, y sigues intentando averiguar cómo acertar, muchas veces sin estar seguro al cien por cien de qué es lo indicado.

—Entonces, ¿crees que no hay ningún camino correcto?

—Creo que todos dudamos y que no importa si las decisiones fueron buenas o no tan buenas.

Hagas lo que hagas, nunca sabrás qué hubiera sucedido en otro escenario.

Al final, eso también nos lleva a convertirnos en quienes somos hoy, porque nos va construyendo poco a poco.

Así que no te tortures rumiando lo que crees que podrías haber hecho o dejado de hacer.

Todavía puedes cambiar cuando quieras. Hay muchos caminos por delante.

Eres una profesional increíble, y te aseguro que oportunidades no te van a faltar ahí fuera cuando estés lista para dar el paso.

Nos miramos, y ella vuelve a esbozar esa leve sonrisa que parece reservar para mí.

—Gracias por tus palabras, de verdad, me van a servir para… pensar. Y las valoro más de lo que te imaginas.

—Deja de darme las gracias —respondo en voz baja, sin dejar de contemplarla.

Si el tiempo se detuviera en este preciso instante, no me quejaría, pero entonces el camarero regresa e, inevitablemente, vuelve a estallar el momento.

Un rato después, pago la cuenta y salimos como si fuera un día cualquiera, pero no lo es, y ambos lo sabemos. Hay algo nuevo entre nosotros, algo que empieza a germinar y que ninguno se atreve a nombrar todavía.

Elise se queda en el bordillo entre la acera y la calzada, y una parte de mí desearía alargar el momento un poco más.

—Bueno, pues… —se pasa el mechón rebelde detrás de la oreja—, supongo que ya te veré mañana en la oficina.

—Sí.

Parece que demora el marcharse, y empiezo a preguntarme si ella tampoco quiere despedirse tan pronto. Tal vez podría proponerle ir a tomar un té o un café o algo.

Cuando levanto la vista, sopesando todas las alternativas y si debería plantear algún plan o no, lo veo. Un idiota circula a toda velocidad en un patinete y está a punto de atropellarla.

No digo nada, no pienso, solo actúo: la rodeo por la cintura con el brazo para apartarla lo más rápido posible.

Ella tropieza y se agarra a mí, y el patinete termina golpeándome.

El bastón cae al suelo y yo pierdo el equilibrio.

Me veo dando con una rodilla en el suelo de forma patética delante de ella, que trata de sostenerme en vano al cogerme del antebrazo.

—Markus, ¿estás bien? —Su cara es de espanto. Al ver que asiento con la cabeza, se gira hacia el individuo y le grita—: ¡Discúlpate y ten más cuidado!

—¡Que le den al viejo! —exclama, mostrando el dedo corazón antes de doblar la esquina.

Elise se agacha para darme el bastón. Queda frente a mí, cara a cara.

—Te ayudo. —Me lo tiende y luego me ofrece las manos.

Pero mi orgullo duele más que mi rodilla, y me incorporo tan solo con la ayuda del bastón.

No soy capaz de mirarla a la cara.

—¿Seguro que estás bien?

—Elise, por favor, no quiero que te preocupes por mí.

No responde, pero me insta a mirarla y en sus ojos leo una emoción diferente.

—No puedes hacer nada por evitarlo, maldito cabezota.

De nuevo se hace el silencio entre nosotros, y yo niego con la cabeza.

—No… No puedo permitirlo…

Ella frunce el ceño, confundida. Probablemente espera que añada algo más, y, aunque me gustaría, no voy a hacerlo. No en este momento, y mucho menos así.

—No es justo para ti, entiéndelo —susurro.

Elise me observa como si tratara de comprender lo que hay bajo toda la maraña de pensamientos y emociones que me asolan.

—Markus, voy a decirte algo, y después me marcharé, porque tampoco espero que respondas, pero…

—se detiene unos segundos, dejándome expectante— yo…

solo quiero que sepas que para mí eres más hombre que muchos que jamás han tenido que levantarse del suelo, y que…

hay cosas que no me importan, ¿entiendes?

Sus palabras me pillan por sorpresa. Las siento hermosas, pero también devastadoras.

Sin duda es una declaración en toda regla, pero no debería seguirla…

Porque de verdad que no puedo continuar preocupándola.

Ella tiene suficiente en este momento como para andar también pendiente de mí y de la operación.

Noto que se ha puesto nerviosa y sus mejillas vuelven a estar sonrosadas. Joder, una parte de mí desea abrazarla fuerte y no soltarla nunca.

—Estoy bien, te lo prometo, puedes irte tranquila —es lo único que logro decir mientras el corazón se me contrae.

—Vale —susurra, aunque creo que está decepcionada, y la entiendo.

—Elise… —No sé cómo seguir.

—Bueno, será mejor que vaya al metro. —Se esfuerza por sonreír—. Hasta mañana.

Me quedo ahí plantado hasta que desaparece de mi vista, y por primera vez me pregunto si no la estaré perdiendo antes siquiera de llegar a tenerla.

Y ese pensamiento me golpea con la misma fuerza que la caída.