24
Markus
Odio llegar tarde a la reunión estratégica de proyectos que Williams ha decidido convocar, pero tenía que atender una llamada importante de mi oficina en Berlín. Al fin y al cabo, mi empresa sigue ocupando el primer puesto en mi lista de prioridades laborales.
La sala está abarrotada, con alguna silla encajada de más. Hay unas veinte personas, y Williams se halla en el centro, pendiente de la presentación que está realizando Roger. Sé que el suyo es el proyecto que más le interesa ahora mismo, aunque, francamente, a mí cada vez me desmotiva más.
Me acerco al único hueco libre que hay junto a Williams, y el cual ha debido de reservar para mí, ya que me hace un rápido gesto de cabeza para que lo ocupe.
—Y, por eso, la androide también se acordará de felicitar todos y cada uno de nuestros cumpleaños, y ya no tendremos que preocuparnos de que alguno caiga en el olvido, como ahora.
—Roger habla con total seriedad. La sala estalla en carcajadas—.
Es totalmente configurable, por supuesto, por si alguien prefiere ocultar su edad o poner otro día.
Todos aplauden emocionados, pero a mí no me parece tan espectacular. Es más, toda esta idea me resulta cada vez más horrible.
—Bien, muy bien, maravilloso. Veamos ahora quién lo supera. ¿Elise? —dice Williams.
Miro hacia ella: los hombros se le tensan y su rostro palidece. Parece haber visto un fantasma.
—Eh…, sí…, bueno… He preparado una presentación y…, eh… —Traga saliva—. Veamos…
—¿Diapositivas? ¿En serio? —Williams ríe y niega con la cabeza—. Elise, estamos entre amigos. Improvisa un poco, ¡venga, sorpréndenos!
Sus dedos se tornan blancos al estrujar el iPad, y una fina capa de sudor comienza a perlarle la frente. Puedo leer la ansiedad en su mirada. Tal vez para otros pase desapercibido, pero yo sé que la embarga un terror real.
Entonces caigo en la cuenta: Elise sufre de pánico a hablar en público. Ato cabos y… me cuadra.
No puedo consentir esto ni un segundo más.
Antes de que otra persona note lo que le ocurre, ya me estoy levantando. La punta del bastón golpea el suelo con más fuerza de la que esperaba, y toda la sala gira la cabeza hacia mí.
—Si quieres improvisación —miro a Williams con una sonrisa—, yo me encargo. Estoy seguro de que disfrutarás más viéndome hacer el ridículo a mí.
La gente ríe, preguntándose si he hablado en serio.
—Cuando lleguemos a la parte técnica —añado—, usaremos las diapositivas que ha preparado Elise. Las cuales, por cierto, son excelentes.
—¡Me encanta la idea! —exclama Williams, risueño—. Veamos con qué nos sorprendes hoy, Schröder.
No la miro a ella, pero la percibo aliviada.
—Muy bien, vamos allá… —Camino hacia la pantalla, donde ya es visible la primera diapositiva que Elise había proyectado—. Empecemos por algo simple: ¿qué demonios nos lleva a pasar horas y horas jugando con unas gafas de realidad virtual?
La gente ríe, y sé que ya los tengo en el bolsillo.
Antes de salir de la sala, me entretengo un poco con Williams para darle a Elise la oportunidad de que se vaya y busque la tranquilidad que probablemente necesita.
Pero lo que no esperaba, cuando por fin me dirijo a mi despacho, era escuchar su voz temblorosa saliendo del móvil de Roger, que está mostrándole un vídeo de YouTube a otro compañero.
—Mira, tío, esta es la parte donde sale corriendo y vomita en la papelera. ¡Brutal!
Freno detrás de él y, en un resquicio de la pantalla, veo una cabellera rosa. Oculta el rostro de la chica que está vomitando, efectivamente, en una papelera.
—Roger. —Me sorprende lo tranquilo que suena mi tono.
Él pega un respingo que me resulta delicioso, y se gira al instante, asustado. Su compañero se pega a la pared, con un gesto similar.
—Hola, Markus… ¿Puedo ayudarte? —No sabe dónde meterse.
—¿Están ya todos los fallos de la androide solucionados, como para que te permitas perder el tiempo en burlarte de una compañera?
Lo digo serio, con una mirada que debe de resultar muy elocuente.
—No, bueno, yo…
—Pues ponte a trabajar. —Casi es un gruñido—. Ahora.
Me marcho, esperando que se le hayan quitado las ganas de volver a compartir ese vídeo con nadie más.
Pero, en cuanto me siento en mi despacho, busco en internet la grabación; por desgracia no es difícil de encontrar.
Ingeniera vomita en pleno Tech Summit de Londres.
Mi corazón se encoge al verlo. El vídeo tiene ya tres años, pero sigue acumulando visitas y comentarios de imbéciles.
Esto no puede seguir circulando… Aunque denuncio el contenido, sé que no será suficiente, por lo que se lo paso a un contacto que tengo en YouTube para pedirle que lo eliminen definitivamente.
Y es que me duele en el alma. Elise es una gran profesional que no merece ser reducida a ese episodio, maldita sea. La busco con la mirada al otro lado del cristal: la veo cabizbaja entre sus monitores. Lo mejor sería salir más temprano hoy y alejarnos un poco del ambiente de la oficina.
Miro el reloj. Aunque todavía es pronto, es un buen momento para proponérselo. Me levanto y cojo el bastón, pero luego dudo… Su mesa no está lejos.
Resoplo y decido dejarlo apoyado en un lateral de mi escritorio. Llego a la puerta de mi despacho sin problema, y después atravieso la oficina hasta plantarme frente a ella, que me mira, sorprendida.
—¿Tienes alguna reunión o algún compromiso en lo que queda de día? —le pregunto en alemán, para que los demás no nos entiendan.
Elise niega con la cabeza.
—Pues, si te parece bien, nos vamos ya y comemos hoy en un sitio diferente, lejos de aquí. Los dos necesitamos desconectar un poco de la rutina y el trabajo, ¿no crees?
Una tímida sonrisa le ilumina el rostro, y recibo su respuesta antes de que la exprese en voz alta.
—Vale —me dice.
—Recojo mis cosas y te espero.
Me giro hacia mi despacho, intentando no sonreír demasiado. No sé si he conseguido mejorarle la mañana, pero al menos la he sacado de ese agujero al que la ansiedad y los pensamientos intrusivos la habían enviado. Y eso, inexplicablemente, me importa más de lo que debería.
Casi llegando a mi puerta, reparo en que he cruzado toda la oficina sin el bastón.
Un logro pequeño pero suficiente para infundirme un ápice de confianza, que me impulsa un poco más cerca de mi meta.
Eso sí, lo cojo antes de salir, porque todavía lo necesito para distancias más largas.
Al abrir la puerta, justo me cruzo con Elise, quien me dedica una mirada dulce, de esas que no le brinda a cualquiera.
Yo siento un pinchazo directo en el corazón.
La idea de arrancarle una risa libre, sincera, luminosa, me asalta; me gustaría lograrlo más a menudo, por complicado que sea.
Nos dirigimos juntos a la recepción y, mientras caminamos, pido un taxi desde la app . Ojalá la operación haga que pueda volver a conducir y a ser el hombre que era… pronto.
—¿A dónde vamos?
—A un japonés en Chelsea, ¿qué te parece?
—Suena muy bien.
—Lo descubrí cuando me mudé y creo que te gustará.
Entonces curva ligeramente los labios y me siento… bien. Poco a poco lo estoy consiguiendo, y eso significa que voy por el buen camino.
Durante el trayecto no hablamos. Ella mira a través de la ventanilla, pensativa, y yo me concentro en responder una serie de e-mails desde el teléfono, hasta que por fin llegamos al restaurante.
Pido una mesa para dos, y tenemos la suerte de que nos ubican en un rincón discreto, resguardado del resto de los comensales. La luz es cálida y la música, suave, lo justo para permitirnos hablar sin que nada interfiera.
Elise observa el local con curiosidad. Parece tranquila, hasta que abre la carta. Entonces sus ojos se agrandan y parpadea.
—Markus —susurra—, este sitio es muy caro.
—Deja que me ocupe, por favor. Nos lo hemos ganado. ¿No crees?
—Pero…
—Elise —la interrumpo con suavidad—, no le des más importancia de la que tiene. Además, me hace ilusión.
Sé que intenta no ceder, por principios, por costumbre o quizás por miedo a que alguien le dé algo sin pedir nada a cambio, pero al final toma aire y asiente.
—Bueno…, supongo que un día es un día —murmura, y sé que trata de convencerse a sí misma.
—Eso es. —Me aferro a su comentario.
Ella no está habituada a esto, pero yo quiero dárselo… más veces de las que estoy dispuesto a admitir.
Por fin sonríe de nuevo, y en esta ocasión su sonrisa es un poco más auténtica.
—Eres de lo que no hay… —suspira. Esconde tras la carta el brillo divertido en su mirada.
Y lo considero un pequeño triunfo para mí.
—¿Compartimos? Así probamos más variedad —sugiere.
—Claro.
—Mira, este tiene una pinta estupenda. —Señala una línea del menú y asiento sin pensar.
—Pide lo que quieras.
Mientras esperamos, algo en ella vuelve a ensombrecerse. Presiento que la reunión de esta mañana todavía le pesa.
—Gracias por lo de antes —dice de pronto, seria—. Y también por esto. Y por… todo lo que haces.
—No tienes que darme las gracias. Lo hago porque quiero.
Asiente mientras un silencio agradable se instala entre nosotros, proporcionándonos la confianza necesaria como para colgarnos el uno de la mirada del otro.
—¿Cómo lo consigues? —pregunta entonces.
—¿El qué?
—Meterte a todos en el bolsillo sin esfuerzo, como hiciste antes.
—Supongo que es práctica. Y no tener miedo.
Me encojo de hombros y ella resopla.
—Ojalá pudiera superar esto. Pero no me veo con la fuerza suficiente ahora mismo. Creo que necesito ayuda profesional. Ya sabes, terapia para esto también y… No sé…
—Me parece una idea estupenda. Pero a tu ritmo, Elise. No tienes que correr, ¿vale? Tienes muchos frentes abiertos, y superar algo así lleva tiempo. Y paciencia. Mucha. Así que no te presiones demasiado.
Me mira como si tratase de descifrar algo en mí.
—A veces me sorprende que seas tan… empático.
—¿En plan bien o en plan «qué raro es este hombre»? —bromeo.
Ella sonríe ampliamente, por fin de verdad, y me invade una calidez agradable en el pecho.
—En plan bien. Contigo siempre es así.