El caos que nos une (Lo que nos une 1) 22
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Elise

Las comidas con Markus no son tan terribles como pensé en un primer momento. Es más, creo que agradezco salir un rato de la oficina, aunque solo nos lleve unos pocos minutos ir del trabajo al restaurante que él haya escogido.

Incluso debo admitir que, a veces, mientras caminamos el uno al lado del otro, se me pasa por la cabeza la idea de que nuestras manos podrían tocarse sin proponérselo. Y me descubro imaginando el tacto de su piel, como si deseara, aunque solo fuera un segundo, que ocurriese.

Estoy empezando a conocerlo mejor y, la verdad, despierta demasiadas cosas en mí. Nuestras conversaciones me resultan fascinantes, ligeras, y siento que mi corazón, tan resquebrajado, se fortalece cuanto más tiempo pasamos juntos. Como si mis piezas volvieran a unirse.

Es como si él fuera un buen café, el mejor, y va bien cargado cada día. No solo me mantiene atenta y con energía para seguir adelante, sino que ha logrado instaurar en mi pecho una calidez inesperada, una luz que me alumbra y me hace necesitar más de él.

Hoy regresamos al restaurante del primer día, al que ya hemos venido varias veces (creo que intuye que me gusta), y, al ver los platos que han servido en las mesas ya ocupadas, siento hasta hambre.

Cuando el maître nos acompaña a la nuestra, Markus se quita la americana antes de sentarse y después se afloja los gemelos de los puños para arremangarse hasta el antebrazo. Un gesto relajado y distraído por su parte, pero ante el que mi cuerpo reacciona con un cosquilleo traicionero.

Me obligo a centrarme en la carta, y pido la lasaña y un agua con gas.

—¿Cómo va el equipo con el modelado de personajes?

Es una pregunta rutinaria de trabajo, pero siento que Markus me envuelve con su aura al observarme con esos ojos plateados, fríos como el acero… y, sin embargo, extrañamente reconfortantes cuando se dirigen a mí.

—Bien, aunque a veces creo que, si dejo a los chicos mucho tiempo a solas, en cualquier momento les pondrán sombreros de magos y les darán varitas mágicas.

Ya no me mantengo a la defensiva, como antes, sino que me atrevo incluso a bromear con él. Y soy consciente de que, gracias a estas reuniones, nuestra relación ha mejorado considerablemente y mi humor, también. Es más, sé que algo ha cambiado entre nosotros.

Ante mi comentario, las comisuras de sus labios se alzan y se le escapa una carcajada. Un gesto cálido y agradable que me encanta provocar en él siempre que es posible.

—Tampoco suena tan mal, ¿no? —dice.

—Claro, hasta que tengas que buscar excusas que justifiquen tal cambio ante posibles clientes.

—Sí, ahí tienes razón.

Nos miramos y nos limitamos a sonreír.

¿Qué demonios estamos haciendo?

Seguimos hablando del trabajo, de la oficina… y de nosotros. Siempre esquivamos lo más espinoso de nuestras vidas, como si el hospital y esos asuntos no existieran. Y, aunque sé que puede sonar egoísta, adoro estos momentos paralelos , en los que todo se desvanece y quedamos solo Markus y yo.

Me aventuro a darle voz a una duda que me carcome.

—Oye, Markus, estos ratos no están planificados como estrictamente de trabajo, ¿verdad?

—Desde luego, no entrarían en lo estrictamente profesional.

—Bueno…, el caso es que… me gustan mucho, y quería que lo supieras. —Un segundo después me arrepiento de haber sido tan directa. ¿Qué estoy haciendo? Definitivamente, no me reconozco.

Me sostiene la mirada durante el tiempo suficiente como para que mi corazón se acelere tanto que temo que él llegue a escuchar los latidos.

—Elise… —dice al fin, midiendo las palabras—, esto no es una cita.

¡Zas! Cortante y directo. No esperaba algo así por su parte, y no sé qué responder ni cómo salir del embrollo que yo misma he provocado. Siento que me arde la cara y ni siquiera puedo seguir mirándolo.

Deseo desaparecer de aquí.

—Aunque…, si lo fuera —añade—, para empezar estaríamos sentados más cerca.

Su voz no cambia, sigue siendo grave y serena, pero, al mismo tiempo, tomo consciencia de que, si doy un paso en esa dirección, todo dejará de ser algo inocente.

Mientras debato conmigo misma, me atrevo a engancharme a esa mirada que se ha convertido en mi favorita, pero me abstengo de decir nada.

Porque sé que, si cruzo esa línea, ya no habrá vuelta atrás.