El caos que nos une (Lo que nos une 1) 20
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Elise

Ya de vuelta, una vez que se cierran las puertas del ascensor, nos entra la risa tonta. Bueno, empiezo yo, que trato de taparme la boca, y Markus ríe al verme intentarlo en vano. ¡Menos mal que estamos solos!

—No puedo creer que me incitases a beber ese chupito de limoncello —digo.

—No podíamos hacerle un feo al camarero, que ya los traía servidos. ¿Por qué no brindar?

—¡Eres una mala influencia! Solo te diré eso. ¡Estamos en horario laboral!

—Elise, desmelénate por un día. La vida ya es demasiado dura como para no romper las normas de vez en cuando.

—Creo que se me ha subido a la cabeza…

—Joder, sí, a mí también. Supongo que, después de seis meses seguidos con calmantes, que me ofrecieran un chupito el día que decido prescindir de ellos ha sido como un pequeño premio del destino.

Mi buen humor se desinfla un poco al escucharlo.

—¿Tanto te duele?

No responde. Justo en ese momento las puertas se abren, dándonos la bienvenida a la oficina.

—Será mejor que vaya a por un café —anuncia, desviando el tema.

Me guiña un ojo y, con ese simple gesto, me deja noqueada. Noto el vértigo en la boca del estómago.

—¿Quieres uno? —ofrece.

—Eso suena a música celestial, pero no te preocupes: iré a por él más tarde.

¿Por qué tengo que darle tantas vueltas a su ofrecimiento? ¿Y por qué me rayo tanto ahora? ¿O por qué me he quedado parada en medio de… ninguna parte?

—Buenas tardes, Nora. —Saluda a mi amiga de camino a la máquina de café, y con eso también me saca de mi ensimismamiento.

—Buenas tardes, Markus. —Ella sonríe y me clava la mirada—Elise, ha llegado un paquete para ti.

No hay ningún paquete, por supuesto. Solo quiere cotillear. Me despido de Markus con un gesto de cabeza y me acerco a ella.

—¿Qué ha sido ese guiñito de ojos?

—Ah, bueno, eh… Solo estábamos bromeando, nada más.

—Al final la comida ha ido mejor de lo que pensabas, ¿no? Además, veo que os habéis alargado.

—Puede… Teníamos mucho de lo que hablar —miento.

—Y Markus no es tan malo como lo pintabas.

—Nunca dije que fuera malo, solo un poco… Es… un poco… —me atasco, y Nora se cruza de brazos con una sonrisa socarrona.

—¡Ja! Ni siquiera puedes terminar la frase.

Yo resoplo y trato de reprimir una sonrisa.

—Espera… Elise, ¿has bebido?

Ha debido de captar el alcohol en mi aliento. Tengo que lavarme los dientes lo antes posible.

—Solo un chupito de esos a los que te invitan en los restaurantes italianos. —Le resto importancia.

—¿Tú? ¿En serio?

—¿Qué pasa? A veces una puede desmelenarse un día —parafraseo a Markus.

—Me parece muy bien. Te mereces esas pequeñas alegrías…, ¡y muchas más! Aunque, cuidado, que como tu jefe buenorro se entere de que con un limoncello ya pierdes la compostura…

—No es mi jefe.

—¿Quién manda en el proyecto?

—Él.

—Pues ya te has contestado sola. ¡Me encanta! La erótica del poder, ¿eh? —Se muerde el labio inferior y me mira divertida.

Pongo los ojos en blanco.

—Eres lo peor. ¡Me voy a mi mesa!

Finjo indignación para salir del paso. Nora se ríe mientras regreso a mi escritorio, donde tardo unos minutos en centrarme. Justo cuando voy a retomar los correos pendientes de la bandeja de entrada, un café aparece delante de mí.

—Si no me equivoco, creo que es así como lo tomas —me dice Markus en alemán, probablemente para que los demás no nos entiendan.

Ojeo el contenido del vaso de cartón y sonrío al comprobar que es un latte . Le doy un sorbo bajo su atenta mirada. Sí, está perfecto.

—Gracias. —Le respondo en el mismo idioma.

No añade nada más. Se ajusta el bastón, que se ha colgado del brazo para traer ambos cafés, y se marcha a su despacho en silencio.

Intento no darle importancia a su obsequio.

Sabía lo del latte porque me ha visto tomarlo todos estos días.

Casi seguro. Igual que yo me he fijado en que él toma americanos.

Como no he ido a por el café, después de decirle que quería uno, habrá decidido ser amable.

Solo eso. Sí, seguro que es eso. Ha querido tener un detalle simpático, y punto.

Aun así, el café me sabe extrañamente mejor que cualquier otro que haya tomado jamás.

Se sienta a su mesa y me mira una última vez antes de enfocarse en la pantalla de su ordenador; decido hacer lo mismo antes de que el resto de mis compañeros se percaten de que ocurre algo, a pesar de que, en realidad, no está pasando absolutamente nada. Eso es.

Suspiro y me centro en el primer e-mail por leer.

Y ya está.