El caos que nos une (Lo que nos une 1) 19
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Elise

Casi todo el mundo ha salido ya a comer, y yo no puedo evitar una mirada de reojo hacia el despacho de Markus.

Se supone que desde hoy vamos a trasladar las reuniones diarias de actualización del proyecto a comidas diarias de actualización del dichoso proyecto.

No tardo en ubicarlo a través de las cristaleras, que siguen con las persianas levantadas: habla por teléfono mientras sonríe relajado.

Se ha quitado la americana del traje, y lleva una camisa blanca impoluta y unos tirantes azul marino a juego con la corbata.

¿Quién usa tirantes hoy en día? Aunque debo admitir que le quedan demasiado bien.

Es un detalle tan clásico que no sé si debería repelerme o gustarme.

Sea como sea, le acentúan los hombros, remarcando su ancha espalda, y eso lo hace imponente y atractivo, aunque no debería fijarme en él como estoy haciendo ahora mismo.

Al darme cuenta, me atraviesa una punzada que oscila entre la culpa y la vergüenza, por lo que rápidamente aparto la vista y me centro en el teclado de mi mesa.

Tengo cosas mucho más importantes en la cabeza que el hecho de que mi superior lleve unos malditos tirantes.

¡No puedo pensar en eso! De ninguna manera.

No. Definitivamente, no. Aún menos cuando se trata de Markus Schröder.

Y es ridículo que me afecte así, quizás incluso egoísta, dadas las circunstancias, pero el hecho es que, por más que intente borrarlo de mi mente, su imagen se me queda grabada y mi corazón late con fuerza, cosa que achaco a los nervios.

—¿Estás lista?

Doy un respingo en la silla y me sorprendo al encontrarlo frente a mí.

¿En qué momento ha salido y yo no me he enterado?

Ahora lleva la americana puesta y, con la mano con la que no se apoya en el bastón, sujeta un paraguas negro, plegable, aunque no tan pequeño como para guardar, por ejemplo, en un bolso.

—Elise, ¿te encuentras bien?

—Eh…, sí. Dime.

—Tenemos una reunión, ¿recuerdas?

—Sí, eh… —Trago saliva—. Voy a por mis cosas.

En realidad todas mis pertenencias están entre el escritorio y el respaldo de mi silla.

—Quiero decir que cojo mis cosas y nos vamos.

Él me mira extrañado; a saber qué está rumiando en su cabeza. Tal vez en momentos como este crea que soy una absoluta incompetente o que tengo alguna tara, quién sabe.

Lanzo una mirada rápida al exterior y veo que llueve bastante, por lo que busco en el interior de mi portadocumentos el paraguas rojo que siempre llevo, pero entonces lo visualizo en la habitación de mi padre en el hospital y suspiro.

—¿Qué buscas ahora?

—Mi paraguas. Lo he olvidado.

—Elise… —resopla, y me muestra el que lleva en la mano.

Me pongo la chaqueta, cojo mi móvil y mi cartera y compruebo que no me dejo en el escritorio ninguna otra cosa necesaria.

Por supuesto, él no comenta nada más, solo me mira hasta que ponemos rumbo al ascensor.

Nora no está en la recepción; ha debido de salir también a comer, y por un momento me siento la peor amiga del mundo al no acompañarla, como antes, pero no estoy para que me pregunten todo el rato cómo me encuentro o me intenten distraer con cotilleos y anécdotas.

Además, la ansiedad, la tristeza y la desesperación me han cerrado el estómago.

Pero con Markus es diferente. En la oficina, él nunca me pregunta cómo estoy o cómo lo llevo, y el propósito de ir a comer es meramente profesional.

Después de todo, tal vez estas salidas sí sean buenas para mí, supongo…

Pero ¿a quién quiero engañar? Seamos realistas: estas comidas van a ser terribles.

Cuando llegamos abajo, el agua cae con más fuerza de lo que parecía desde mi mesa, y Markus abre el paraguas, invitándome a caminar a su vera, de nuevo sin decir nada.

Avanzamos en silencio mientras la lluvia golpea la carrocería de los coches y repiquetea en el paraguas negro que Markus sostiene sobre nosotros.

Caminamos tan juntos, para caber debajo, que llegamos a rozarnos.

Curiosamente, nada de esto me resulta incómodo.

Siete minutos después, llegamos al restaurante, y me sorprende descubrir que he disfrutado del calor de su brazo rozando mi hombro durante todo el trayecto.

El local en cuestión es un italiano al que he venido alguna vez con Nora, en ocasiones especiales, ya que nosotras solemos recurrir a opciones más económicas para diario y ambas somos demasiado perezosas como para prepararnos un táper.

A Markus ya lo conocen cuando llegamos, y no me sorprende.

Por aquí no hay muchas alternativas, y a él no tiene pinta de importarle el precio del menú, que tampoco es que sea muy caro (para su bolsillo) en comparación con los demás establecimientos de esta zona.

Además, no me lo imagino ni muerto comiendo en la cantina para empleados que hay en la planta superior de la empresa.

Supongo que son ventajas de construir tu propio imperio.

No tardamos en sentarnos, pedir y ponernos a hablar de trabajo. En esta ocasión me fastidia reconocer que tenemos algunos problemas con el proyecto, si bien omito que pasaré la noche investigando qué demonios ha sucedido.

—Entonces, ¿cuándo consideras que podré probar la base?

—El lunes.

Confirmo esa fecha por si tengo que invertir también alguna noche del fin de semana, cosa que, por supuesto, tampoco le digo.

—¿Seguro que podrás? Quiero decir…, si necesitas más tiempo…

—No, tranquilo. —Amago una especie de sonrisa que transmita confianza, aunque sé que a este ritmo terminaré contando bugs en lugar de ovejitas cuando me vaya a dormir.

—Bien.

Nos sumimos de nuevo en un silencio cómodo, hasta que él lo rompe cambiando de tema.

—¿Siempre has querido dedicarte a la realidad virtual?

—Bueno… —Decido ser sincera—: En realidad me gustaban los videojuegos, pero aquí pagaban más y decidí probar. Lo bueno es que al final descubrí que no se me da nada mal.

Me encojo de hombros, y él me mira con esos ojos que parecen querer descifrar más de mí. Yo me resisto, abstrayéndome en los últimos espaguetis al pesto que quedan en mi plato. No obstante, percibo calor en mis mejillas. ¿Qué diantres me ocurre últimamente?

—¿Y qué videojuegos te gustan? —Su pregunta me pilla desprevenida.

—Supongo que un poco de todo. Bueno, de todo, no. A ver…, me gustan los que me hacen sentir bien. Y también los que me sirven para desestresarme, pero riéndome. Sobre todo soy fan de Nintendo.

—Yo solía jugar con mi hermano al Mario Kart , Donkey Kong …

—¿En serio? —Parpadeo, asombrada.

—¿Tanto te sorprende?

—Te hacía alguien más… serio.

Entonces ríe, y con ese gesto se apodera de mí un cúmulo de sensaciones indistinguibles. Me observa tranquilo.

—Todos tenemos nuestras cosas, supongo… —Se encoge de hombros—. Pero cuéntame, ¿cuáles son tus favoritos?

—Todos los de Mario , el Animal Crossing , los Pokémon , Kirby …

—Interesante…

—Así que, ¿tienes un hermano?

—Sí, Maximilian. Somos gemelos.

—¡¿Qué dices?! Eso debe de ser genial.

—Bueno, a veces ser iguales tiene su gracia —confieso.

Seguimos hablando de consolas, juegos, anécdotas, y también de nosotros; poco a poco, se apodera de la conversación ese niño entusiasta que todos llevamos dentro.

Y me gusta compartir este rato con él.

Más de lo que quiero admitir.