18
Elise
—Sé que lo estás dando todo por tu padre, Elise. —Bridget clava su mirada aguamarina en mí—. Y sé que no quieres apartarte de él ni un segundo. Pero me inquieta un poco el hecho de que no dejes ni un momento, por breve que sea, para ti.
Tomo un sorbo de café, evitando hablar.
—Aunque solo sean diez minutos al día —insiste.
—¿Cómo puedes decirme eso? —Mi voz suena más alta de lo que pretendía. Dejo la taza en el platito con más fuerza de la necesaria, de forma que algo de café se derrama por debajo.
—Te lo digo porque te conozco desde hace ya más de diez años. Y porque, si tú no te cuidas primero, no podrás cuidar a los demás.
A pesar de todo, se muestra tranquila. Sus palabras quedan flotando en el aire. Soy incapaz de decir nada ni de mirarla a la cara. Y no quiero admitirlo, pero sé que tiene razón.
—Bueno, ya me estoy tomando un café. Aquí, contigo.
—Sabes que no me refiero a eso.
No añado nada más y miro el reloj. Ya es hora de ponerle fin a nuestro encuentro; por mucho aprecio que le tenga a Bridget, no estoy preparada para este tipo de conversaciones.
—En fin… Va siendo hora de que vaya a verlo.
—Está en el jardín. Últimamente le ha dado por salir allí.
Asiento con la cabeza y me despido de ella.
—Cuídate, por favor, y piensa en lo que te he dicho.
—Claro, sí… —miento.
Recojo mi portadocumentos y salgo en busca de papá. El contraste con el ambiente que reinaba en la cafetería me viene de perlas, ya que el aire fresco me supone casi un alivio.
Enseguida lo localizo, con la manta de punto azul sobre las piernas e inclinado sobre un tablero de ajedrez. La silla de enfrente está vacía.
—¿Otra partida en solitario? —le pregunto.
Él levanta la vista, y creo percibir una chispa de ilusión al verme.
—Hola, pequeña.
Le doy un beso en la mejilla y me siento frente a él, observándolo con disimulo mientras vuelve a centrarse en el tablero. Sus mejillas tienen algo de color y su aspecto parece haber… mejorado. Una idea que no sé si mantener o espantar.
—¿Cómo ha ido hoy el trabajo?
—Bien, como siempre.
No me gusta entrar en detalles que, en la situación en la que nos hallamos, pueden parecer nimiedades.
Papá mueve una torre y yo también me centro en su particular partida contra sí mismo; es entonces cuando noto algo extraño: los caballos de mi lado del tablero. Él tiene la manía de encararlos hacia el rey del color al que pertenecen, pero esta vez apuntan hacia el oponente.
—¿Has estado jugando con alguien?
—Sí. —Mueve un alfil—. Te caería bien.
—¿Y eso por qué?
—Intuición.
Me mira y sonríe por primera vez en mucho tiempo, y mi corazón se deshiela un poquito más; no obstante, soy incapaz de devolverle el gesto.