17
Markus
Al salir de la sesión de rehabilitación y caminar por el pasillo flanqueado por ventanales que dan al jardín, me fijo en el hombre del otro día, de nuevo solo, inclinado sobre el tablero de ajedrez.
Me vino bien charlar con él para despejar la mente mientras jugábamos, y no estaría mal repetirlo hoy.
—¿Practicando un poco? —pregunto al acercarme.
Él levanta la vista y me dedica una escueta sonrisa. Su mirada me resulta familiar, pero enseguida borro la idea de mi mente.
—Reconozco que es más divertido cuando alguien me acompaña.
Hace un ademán, invitándome a sentarme frente a él.
—Hoy parece que no va a llover —comento mientras coloco bien las piezas en el tablero.
—No cantes victoria tan pronto. —Mira hacia el cielo—. Lloverá más tarde. Me llamo Michael, por cierto.
—Yo soy Markus.
Muevo un peón.
—¿Y qué te ha traído a Londres? —pregunta, moviendo él otro.
—Trabajo; un proyecto bastante interesante.
—¿A qué te dedicas?
— Software , realidad virtual, robótica…, ese tipo de cosas —respondo, desplazando mi alfil—. Dirijo mi propia empresa en Berlín, pero surgió la oportunidad de colaborar aquí con otra compañía de forma temporal.
—Mi hija hace algo de eso —dice mientras avanza con el caballo—. Siempre le han gustado los videojuegos y los ordenadores.
Esbozo una sonrisa torcida. Me hace gracia cómo muchos padres reducen todo ese mundo a «videojuegos y ordenadores». Los míos hacían lo mismo.
—Y tú, ¿hace mucho que vives en Londres?
—Casi toda mi vida… Mis padres llegaron cuando yo tenía doce años.
De adolescente pensaba que regresaría a Alemania, pero entonces conoces a alguien, te casas, te asientas…
Y luego llegó mi querida hija, Elise, y digamos que sentí que empezaba a echar raíces de verdad en este país.
Ella es realmente maravillosa, lo mejor que me ha pasado.
La torre que tengo entre los dedos se me resbala al escuchar ese nombre, y trato de disimular colocándola en cualquier casilla a la que sea posible moverla, sin fijarme mucho en el tablero.
No puedo creer que, de todos los pacientes del hospital, me haya sentado a jugar al ajedrez precisamente con el padre de Elise. El destino, sin duda, tiene una forma retorcida de hacer encajar las piezas.
—Debe de estar muy orgulloso de ella. —Digo lo primero que se me viene a la mente para disimular.
Él se centra en la partida, pero se muestra pensativo y frunce las cejas.
—Muchísimo. Y le he dado todo el cariño que un padre puede profesarle a su hija. Sin embargo, lamento que ella esté pasando los mejores años de su vida ocupándose de mí.
—Bueno, eso es amor.
—Sí, pero el amor también consiste en dejarse cuidar…, y ella, en eso, parece que aún no sabe cómo hacerlo. Me preocupa.
Me quedo dándole vueltas a lo que ha dicho, mirando el tablero sin demasiada concentración, hasta que veo el movimiento perfecto que romperá esta bruma pesada que se ha instalado entre nosotros.
—Jaque —anuncio, y él sonríe levemente, como si agradeciera que hayamos vuelto al juego.