El caos que nos une (Lo que nos une 1) 16
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Elise

La puerta está entreabierta, así que entro, pero me sorprendo al hallar a Nora y a Markus enzarzados en una conversación que, obviamente, me he perdido. ¿Están enfadados? No lo parece, pero… ¿qué está pasando?

—Le decía que la ensalada que te traje ayer estaba deliciosa. —Ella lo señala con un dedo acusador.

—¿Acaso la has probado tú personalmente? —apostilla el otro.

—No, pero, con esos ingredientes, no podía saber mal.

—Esperad, ¿por qué estáis hablando de… seudoensaladas?

Uy. Algo en la mirada de Nora me dice que no he debido usar ese término.

—Eso no podía estar bueno —afirma Markus, mirándome a mí, y me sorprende que por primera vez no parezca tenso o nervioso cuando estoy presente.

—Venga, Elise, te la comiste. ¿Quién tiene razón?

Mi amiga me dedica una mirada adorable con el fin de ablandarme, pero yo no quiero entrar al trapo.

—¿Qué más da? —zanjo, y me dirijo hacia la mesa, en la que encuentro el habitual platito con pastas y los dos cafés.

¿Por qué malcría mi amiga al alemán trayéndole dulces y café todas las mañanas? ¿Será que me he perdido algo? La mera idea me molesta de una forma en la que no quiero ahondar.

Cojo una galleta, como hago siempre, y, cuando estoy a punto de llevármela a la boca, ella me mira, cruzándose de brazos.

—¿Qué?

—Contesta. Quiero la verdad.

—Pues… —vacilo, pero me ha pedido la verdad—. Markus tiene razón.

Él ríe, y ese gesto tan alegre y auténtico me encanta. Siento que quiero causar ese efecto más a menudo, por asombroso que me resulte.

Algo contrariada por mis pensamientos, muerdo la galleta para ganar tiempo antes de responder algo más, y ella abre mucho la boca.

—Pero ¿te la comiste?

Niego con la cabeza y, ante el gesto teatrero de Nora, Markus estalla en carcajadas.

Me mira, divertido por la situación. Y siento que el hielo que anida en mi interior deja de ser tan…

frío, de alguna extraña manera. Lo achaco a que últimamente no me ocurrían estas anécdotas graciosas y cotidianas que a veces se dan en la oficina y que te hacen más llevadero el día a día.

—En fin, sois lo peor, ¡los dos! —Nora levanta las palmas de las manos y resopla—. Qué paciencia, de verdad… Os dejo con vuestra reunión. ¡Hasta luego!

Se marcha; su sonrisa denota que, en realidad, no está enfadada. Nora es así. Es la mejor persona que he conocido nunca, mi mejor amiga y la compañera de trabajo ideal.

Cuando me doy la vuelta, Markus ha recuperado su semblante de costumbre, ha cuadrado los hombros y ha fijado la vista en la pantalla de su portátil.

—Bueno… —Evita mirarme—. Cuando quieras, Elise.

—Pues… seguimos avanzando; la base del entorno ya está completa. El equipo ha empezado a integrar las primeras interacciones. Algunas tareas van un poco más despacio de lo que calculamos, pero creo que podemos cumplir el plazo que nos diste inicialmente.

—Asegúrate de que siga así. —Siento que me observa por el rabillo del ojo cuando cojo el café—. Si perdemos ritmo ahora, recuperarlo más adelante será complicado.

—Lo sé, por eso estoy revisando todo personalmente.

Omito decir que lo hago por las noches, cuando no puedo dormir, aunque creo que lo sospecha.

—Vale, bien… —Tamborilea con los dedos sobre la mesa, dubitativo, sin dejar de mirar a la pantalla.

—¿Algo más?

—Sí.

Sin previo aviso, su mirada gris se posa en la mía, envolviéndome como una corriente helada, pero, por algún motivo, no quiero evitarla. Un estremecimiento me recorre entera; ahora soy yo la que se inquieta. Me sumo en un silencio que no me atrevo a romper.

—Ando muy ocupado últimamente, así que tendremos que posponer estas reuniones para la hora de la comida.

—Yo no… —titubeo—. Quiero decir, un seguimiento diario que nos toma quince o veinte minutos, como máximo, no creo que sea necesario hacerlo mientras comemos.

Pienso en la rutina que he adquirido, quedándome en la oficina cuando todo el mundo sale. Encontrándome a mí misma en el silencio, a solas con mis pensamientos y mi trabajo.

—Además, no… —No sé ni qué decir para salir de esta.

—Tengo ya un par de sitios que me gustan por aquí cerca, donde se puede hablar de trabajo con tranquilidad —continúa, pasando por alto mi intento de negativa—.

Si alguna comida no te gusta o tienes alguna alergia, házmelo saber por si hay que descartarlos.

Pero es que no me da la vida; tranquila, correrá como gastos de trabajo, yo me ocupo.

—Pero… —Trago saliva y reúno todas las fuerzas que puedo para afrontar esta situación—. No creo que sea tu obligación supervisar directamente cada paso que mi equipo y yo damos todos los días. ¿De verdad es necesario?

La mirada que todavía tiene puesta en mí se intensifica.

—No lo hago para controlarte, Elise, sino porque, si algo falla, no quiero que sea porque no te escuché. Tus aportaciones son muy valiosas, y lo digo en serio. Por eso mantengo estos ratos diarios, para que podamos ponernos al día y ver juntos cómo va el proyecto.

Durante un segundo dejo de respirar, y creo que incluso se me salta un latido cuando me clava la mirada mientras pronuncia esas palabras.

Fingiendo que no me afecta, asiento con la cabeza, cierro la funda de mi iPad y encajo el bolígrafo imantado en su sitio.

—Está bien.

¿Qué otra cosa voy a decir? Me levanto de la silla y cojo el café para llevármelo a mi mesa, detalle que él parece no perderse.

—Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme. —Y, tras eso, vuelve a centrarse en su ordenador.

—Sí…, gracias.

No me responde, aunque yo tampoco esperaba que lo hiciera.

Salgo de su despacho y me dirijo a la recepción para ver a Nora, que está aprovechando un instante de tranquilidad para garabatear en una libreta, probablemente ideas que más tarde plasmará en un documento de Word en su casa.

—¡Hola! —saluda al verme.

—¿Se puede saber qué rollito te traes con Markus?

—Perdona, ¿has dicho «rollito»?

—Sí. Ambos parecéis llevaros muy bien.

—Te recuerdo que las relaciones entre empleados están prohibidas en esta oficina, y yo no me salto las normas —afirma. Su sonrisita delata que por supuesto que lo haría.

—¿Y bien…? —No sé por qué me molesta tanto que se ande por las ramas con este asunto.

Dejo mis cosas sobre su mostrador y me cruzo de brazos, esperando que sea sincera, pero entonces se echa a reír.

—¡Ay, querida! Creo que te estás confundiendo de forma estrepitosa, ya que nuestra relación es estrictamente profesional.

—Ah, pues me ha parecido que… —En el fondo siento alivio, pero…

—Definitivamente, no —me interrumpe—. Estás muy equivocada, de verdad. Además, puedo asegurarte que yo no soy para nada su tipo, créeme.

—Y yo que esperaba que me distrajeras con alguna conversación jugosa. —Trato de evadir las sensaciones que me embargan.

—Te recuerdo que sigo traumatizada después de encontrarme a mi último ex con la del bar de la esquina, follando en mi cama, así que, como comprenderás, ahora mismo no me seduce mucho la idea del amor.

Y, aunque reconozco que Markus está de toma pan y moja, ese alemán es demasiado serio, frío y calculador para mi gusto.

Ya sabes que yo necesito perfiles con más chispa …

, y ya ni eso. Creo que estoy mucho mejor con mis novios de ficción.

Al menos, los protagonistas de los libros que leo no me ponen los cuernos en mi propio colchón.

—Bueno, vale, pues perdona. Me lo había parecido antes, cuando os interrumpí en su despacho, pero me alegro de que lo tengas tan claro. Y, sobre lo otro, pienso que has ido eliminando a potenciales cabrones de tu vida.

Nora no ha tenido demasiada suerte en el amor, aunque, mirándolo por el lado práctico, su cadena de catastróficas desdichas sentimentales le ha dado material para escribir varias de las novelas románticas y eróticas que autopublica bajo seudónimo en Amazon.

El problema es que, por muchos beneficios que estas le aporten, todas esas experiencias han ido minando su fe en el sexo masculino, hasta el punto de negarse en redondo a dar una oportunidad a cualquier otro infeliz.

—¡Ah, por cierto! Parece que ya no será necesario que te molestes en llevar galletitas y café para dos al despacho de Markus por la mañana. Ha convertido nuestras reuniones en comidas, así que ya no tienes que hacerle la pelota. —No puedo evitar poner los ojos en blanco.

—No pretendía hacerle la pelota. No lo hacía por él, aunque debo decir que esto se ha puesto muy interesante… —Nora parece darle vueltas a algo en su cabeza.

—¿Qué?

—Nada, solo que creo que te has confundido al pensar en mí precisamente.

—¿Cómo dices? —Inclino el torso hacia atrás en un aspaviento—. Mira, si lo sé, no te digo nada.

¿Será cierto lo que insinúa? No puede ser… Él me odia, ¿no? Además, tampoco puedo permitirme perder el tiempo en esas tonterías. Solo debo centrarme en lo importante, y los temas amorosos no entran en mis planes. O al menos eso es lo que me repito mientras algo en mi interior empieza a aletear.

Sé que Nora lo ha notado. Por eso no digo nada; simplemente recojo mis cosas y regreso a mi mesa.

En unas horas estaré en el hospital, con papá. Y me obligo a creer que nada importa más que eso.