El caos que nos une (Lo que nos une 1) 15
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Markus

Llevo en Londres un mes y medio y, como cada mañana de lunes a viernes, miro la hora en el flamante reloj que llevo en la muñeca izquierda.

Una punzada de nervios me recorre al ver que casi son las nueve y media.

Eso significa que en cualquier momento aparecerá Elise para nuestra breve reunión matinal, que programé todos los días para asegurarme de que el trabajo avanza, y la cual dura apenas quince minutos.

No sé por qué, pero entrar en este estado en los minutos previos a que cruce la puerta se ha convertido en parte de mi rutina.

Puede que ella piense que soy cuadriculado o controlador, y quizás lo sea, pero lo hago de todas formas.

Vuelvo a mirar hacia la puerta, cerrada, y después desvío la vista hacia la pared acristalada, pero no hay movimiento; tampoco veo la peculiar cabellera de Elise en el horizonte. Debe de estar arriba, en el laboratorio, preparando algo nuevo que aportar en la revisión que hagamos.

Unos toquecitos en la puerta me hacen dar casi un salto en la silla. Me ajusto la corbata antes de entonar el clásico: «Adelante».

Sin embargo, quien aparece es Nora, portando una bandejita con dos cafés y unas galletas.

Me relajo al verla y pongo los ojos en blanco.

—Una vez más te digo que no es necesario que prepares todo esto.

Nora finge no escucharme y deja la bandeja sobre mi escritorio. Como quien no quiere la cosa, recoloca unos papeles para despejar el espacio frente a mí y pone una silla en el sitio donde Elise suele sentarse con su iPad a tomar notas.

—¡Nora! Te estoy hablando.

—No lo hago por ti.

Parpadeo, confuso.

—¿Qué quieres decir?

—En realidad esto es para Elise, aunque tú te ganas un café extra todas las mañanas. Míralo como algo bueno.

—¿Y por qué destinas los recursos de la oficina a tu amiga?

—Bueno, técnicamente esos recursos son comunes y gratuitos para todos.

Yo solo aparto unos pocos y os los traigo.

Porque intento que Elise venga en los descansos conmigo, como hacía antes, pero es imposible: siempre alega que está ocupada y no tiene hambre.

Y ya que no me acompaña a comer nada decente y estoy manteniéndola a base de sándwiches y ensaladas preparadas, necesito saber que al menos desayuna algo también.

Por si no te has dado cuenta, cuando le pones comida delante, siempre coge algo.

—Nora, te pido por favor que no vuelvas a hablar de ella como si fuera una mascota.

Y, por cierto, vi la última ensalada que le trajiste, y debo decirte que algo cuyos ingredientes predominantes, además de lechuga y tomates cherri deshidratados, son Doritos, beicon, queso y guacamole no merece ser calificado como tal.

—No seas insensible, ¿quieres? Estaba buscando algo que fuera proteico, con calorías, y que estuviera bueno, así que una ensalada Frankenstein me pareció divertida y adecuada.

—¡Ja! Permíteme que dude de que algo así resulte siquiera comestible, aunque el nombre le viene al pelo.

No puedo evitar sonreír. El carácter de Nora me recuerda un poco al de Max.

Nuestra relación ha progresado lo suficiente en las últimas semanas como para conocernos un poco mejor y que yo comprenda que todo esto lo hace con muy buen corazón.

En el fondo, ella es la que manda en la oficina, y todo el mundo lo sabe.

Cuida de nosotros, y la apreciamos por ello.

Y eso es algo que el robot que estamos diseñando jamás podrá hacer.

—¿Qué os pasa a vosotros dos?

Ambos giramos la cabeza hacia la entrada, donde una confusa Elise nos observa con el ceño fruncido, tratando de averiguar qué está ocurriendo aquí.