El caos que nos une (Lo que nos une 1) 12
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Elise

A pesar de que estamos a primeros de julio, yo siento como si tuviera hielo en el corazón, y por eso me aseguro las solapas de la chaqueta, cruzándome de brazos sobre ellas para afianzarlas junto a mí.

Me siento cansada, pero no puedo permitirme faltar otro día a la oficina, como hice ayer.

Yo no soy así. Nada de todo esto es propio de mí, en realidad.

Cuando las puertas del ascensor se abren, sujeto con una mano mi portadocumentos de piel marrón y saludo a Nora con un leve gesto de cabeza. Ella me sonríe, aunque no puede decirme nada porque está atendiendo una llamada, con ese tono amable innato en ella.

Me abro paso por la oficina hasta llegar a mi rincón, donde tardo unos minutos en sacar el portátil, conectarlo, llenar mi botella de agua y dejarla sobre la mesa, a la derecha de los dos monitores que utilizo.

Después saco el iPad para revisar mis últimas anotaciones, ponerme al día con el correo y realizar todas esas tareas rutinarias de…

la vida. Y trato de no pensar en nada que no sea lo que tengo entre manos, ya que el trabajo se ha convertido en mi tabla de salvación. Aquí puedo fingir que todo sigue igual.

Pero entonces, desvío la mirada hacia ese despacho que ahora tiene las persianas abiertas, y puedo verlo concentrado en su ordenador…

o no tanto, porque en ese instante su mirada se cruza con la mía.

Aguanto unos breves segundos, hasta que me acobardo y la aparto yo primero; la clavo en mis manos, apoyadas sobre la mesa.

Dejo que el murmullo habitual de los teclados se enrede con mis pensamientos, hasta que decido que lo mejor es acercarme y darle las gracias, ya que, según Nora, ayer me cubrió en la reunión de una forma magnífica.

Además, aunque no piense decírselo, me alegra no cargar con más trabajo sobre mi espalda en este momento.

Toco a la puerta de madera con los nudillos y aguardo al otro lado hasta que lo escucho decir: «Adelante».

—Buenos días. —saludo. Un aroma limpio, a jabón, se ha adueñado del despacho y me envuelve por completo. Un olor que siempre acompaña a este hombre, y que resulta inconfundible y perfecto. Por un instante me siento atrapada en él, como si mis neuronas no terminasen de arrancar.

Markus levanta la vista hacia mí apenas unos segundos.

—Buenos días, Elise. —Vuelve a concentrarse, esta vez en unos documentos que descansan sobre la mesa. Tensa los hombros—. ¿Cómo va el equipo con los puntos que comentamos antes de ayer?

—Avanzando —miento, tratando de espabilarme.

—¿Tenéis ya una hoja de ruta?

—No, todavía no…

Él ni siquiera me mira.

—Me gustaría repasarla contigo, a poder ser antes del viernes, por favor.

—Claro, sí…

Asiente con la cabeza, sin despegarla de sus papeles, y yo me siento algo desconcertada.

Por fin me mira. Los segundos corren entre nosotros y no soy capaz de abrir la boca.

—¿Necesitas algo más? —pregunta.

—Eh…, no. Gracias. Eso es todo.

Giro sobre los talones, vuelvo a asegurarme la chaqueta cruzándome de brazos y salgo del despacho lo más rápido que puedo.

Esto no ha ido como imaginaba… Aunque tampoco sé muy bien qué esperaba.

Yo podría haber añadido algo al final, y Markus también podría haberme dado un poco de espacio al principio, pero la conversación ha resultado tan insulsa, tan…

profesional que… no sé. Quizá esté hiperreflexionando.

Sí, será eso. Mejor vuelvo a mi mesa y agendo una reunión con los demás para elaborar la hoja de ruta y entregársela cuanto antes, tal y como me ha pedido.

Unas horas después, Nora viene a mi mesa.

—¿Cómo vas?

—Pues… bien, supongo. —Me froto los ojos, que me pican un poco después de tantas horas delante del ordenador—. He conseguido avanzar bastante.

—Entonces, ¿te vienes a comer?

Compruebo la hora en la esquina superior derecha del monitor y me percato de que prácticamente toda la gente ha salido a tomar algo.

—Creo que me quedaré aquí, si no te importa.

—Vale. ¿Te traigo algo? ¿Un bocadillo? ¿Una ensalada? ¿Un trozo de pizza?

—No es necesario, de verdad. No tengo mucha hambre.

—Te traeré un sándwich. —Da por finiquitado el tema, a pesar de que no le he pedido nada—. Te veo en un rato.

Nora se da la vuelta y, a la altura del despacho de Markus, se cruza con él, que sale. Lo saluda levantando la mano y él le responde con una encantadora sonrisa. Se marchan juntos, conversando sobre algo que no alcanzo a oír desde aquí.

Y me doy cuenta de que parece… relajado. Distinto.