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Markus
Al abrirse las puertas del ascensor, una sonriente Nora me saluda en alemán con una pronunciación casi impecable. Riega una planta absurda, que consiste en dos palos con una hoja, condenada a morir.
Parpadeo, ligeramente desconcertado. No solo porque, al parecer, habla mi idioma, sino también porque actúa como si nuestro encuentro de ayer no hubiera ocurrido.
O tal vez ella sea tan profesional que ha optado por fingir una normalidad absoluta.
Así que le devuelvo el saludo y enseguida se lanza a atender una llamada, sin perder esa sonrisa que, por lo visto, viene de serie con su puesto.
¿Desde cuándo habla mi idioma? ¿Por qué actúa como si ayer no hubiera pasado nada?
Me dirijo hacia mi despacho y abro las persianas venecianas de aluminio gris, haciendo girar las lamas hasta atisbar la zona común al otro lado de la pared acristalada.
La busco. Ojeo el rincón que ayer, más tarde, descubrí que era su sitio, pero no la localizo.
Hago un barrido rápido por el resto de las mesas, tratando de ubicar esa melenita peculiar entre las pantallas, sin éxito.
Me paso los dedos por la mandíbula, acariciándome la barba, y me encamino hacia mi mesa, situada, sin pretenderlo, de forma estratégica, ya que desde ella dispongo de una perspectiva nítida de la suya.
Abro el Teams, pero tampoco aparece conectada, aunque no me sorprende después de la noticia que recibió ayer.
Me sumerjo en el trabajo y las horas pasan, hasta que llaman a la puerta y entra un hombre alto, de piel oscura, calvo, con una perilla perfectamente recortada y unos ojos marrones brillantes.
Su sonrisa es amplia, propia de un anuncio de pasta de dientes, y viste un traje de cuadros que en cualquier otro podría resultar extravagante, pero que en él queda impecable.
Me levanto enseguida para estrecharle la mano y él aprovecha para darme también una palmadita en el hombro.
—Williams, ¿qué tal? Me alegro de verte.
—Schröder, amigo, te veo mucho mejor. Siento no haberte recibido ayer como mereces, pero seguro que Nora te está ayudando a asentarte.
—Sí, parece bastante resolutiva. —No le confieso que apenas interactué con ella, salvo para pedirle la clave del wifi y poco más—¿Qué tal el viaje por Dubái?
—Pregúntamelo en diez días, cuando tenga un contrato firmado, ¡o eso espero! —Ambos reímos—. Y, bueno, ¿se puede saber dónde está la gente?
Avanza hasta la mesa de reuniones que hay al otro lado del despacho y se sienta. No lleva ninguna libreta, ordenador ni nada para apuntar.
Aparecen entonces cuatro personas, tres chicos y una chica, con los portátiles bajo el brazo.
Saludan amistosamente al jefe y luego se me presentan.
Todos son ingenieros; los recuerdo cuando me dicen sus nombres, asociando mentalmente a cada uno el currículum que le corresponde, y que hace unos días Williams me pasó tan diligentemente, para confirmar qué me parecía el equipo con el que iba a trabajar.
La última en llegar es Nora, que cierra la puerta, y a la que invitan a sentarse presidiendo la mesa, ya que ella es nuestro sujeto de estudio para el otro proyecto, por así decirlo. Ahora mismo, me parece un poco cruel. Pero así es la vida…
—¿Y Elise? —Williams nos mira y luego ladea la cabeza para otear tras el ventanal.
—Estará con la cabeza dentro de alguna papelera… —escucho que le dice por lo bajini uno de los chicos a su compañero, y ambos se esfuerzan en no reír.
Williams los fulmina con la mirada y Nora frunce el ceño, negando con la cabeza. Siento que me he perdido algo.
—Ella… Hoy no… —empieza Nora.
La interrumpo antes de que haga evidente que su querida amiga no ha venido a trabajar.
—La dispensé de acudir a esta reunión. Quiero que se concentre en el proyecto de realidad virtual.
Mi corazón va más rápido por momentos, pero mantengo una actitud neutral.
—¿Estás seguro? ¿Ni siquiera para que esté al día del tema? Podríamos necesitarla.
—De verdad, prefiero que se centre en lo otro. Además, estoy seguro de que Roger puede asumir el control de este proyecto, pues ya ha gestionado equipos parecidos anteriormente, ¿no, Roger?
El susodicho, un larguirucho con sudadera, pelo castaño despeinado y gafas redondas, parece despertar de un letargo.
—Eh, sí, claro, por supuesto. Es todo un honor.
En mi fuero interno resoplo de indignación, aunque pongo cara de póker.
Ahora sé que no puedo presionar a Elise para que asuma esa carga de trabajo.
Además, después de enterarme de que Nora y ella son íntimas, tampoco puedo arriesgarme a que se cree un conflicto de intereses.
Y es que, seamos realistas: aunque Williams no vaya a admitirlo, lo que quiere es una Nora robótica, algo que podría poner en peligro el puesto de esta.
Lo conozco, y a este hombre no se le dan bien los límites.
—Vale, pues, empecemos, ¿os parece?
Asiento y miro a Nora, cuyos ojos verdes me observan con curiosidad, a sabiendas de que acabo de cubrir a Elise, que no ha dado señales de vida.
Por suerte, su escrutinio se ve interrumpido cuando debe prestar atención a todas las preguntas con las que la bombardean sobre su día a día, cómo afronta los problemas y las diversas situaciones que pueden ocurrir en una jornada de trabajo.
Todo, sin que ella sospeche lo que se proponen exactamente; es más, Williams le come la oreja con halagos acerca de lo imprescindible que es en la oficina y otras alabanzas similares.
En el fondo, me da un poco de pena, no voy a mentir, pero la tecnología avanza y, si no patentamos nosotros la idea, otro lo hará más pronto que tarde. Así es el mundo en el que vivimos, nos guste o no.