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Markus
Me he propuesto establecer una rutina eficiente lo antes posible, por lo que hoy, además de ser mi primer día en la oficina de Londres, también ha sido mi primera sesión de rehabilitación en un hospital ubicado en Sudbury Hill, a mitad de camino entre el trabajo y el apartamento que he alquilado en Chelsea.
Esto es algo que me propuse desde el principio para no interferir con la planificación que seguía en Berlín con mi fisioterapeuta, aunque debo decir que, después del día tan intenso que he tenido, estoy realmente cansado y la pierna me fastidia más de lo normal.
Mientras voy hacia la salida del hospital para coger un taxi de vuelta a casa, hago un repaso mental de mi visita de hoy; la semana que viene tengo cita con el médico que va a llevar mi caso aquí, y solo espero que aporte alguna solución a mi dolor o me indique un tratamiento que lo haga más llevadero.
Sin embargo, todos mis pensamientos se evaporan cuando la encuentro de espaldas, escondida entre la fachada del edificio y un árbol.
Es ella . La inconfundible chica del pelo melocotón rancio y las raíces rubias.
Tiembla levemente, intentando contener pequeños espasmos.
Sé que ese tipo de sollozo solo nace desde lo más profundo del alma.
Y dudo. Dudo mucho si acercarme. Porque ahora comprendo que está rota por dentro, y eso duele; te desequilibra; te destroza. No es algo visible para otros, ni que quiera compartirse siempre.
Sería muy fácil continuar mi camino y dejarla sola. Fingir que no la he visto. Más aún teniendo en cuenta que ella no se ha percatado de mi presencia.
Pero no lo hago. No me marcho. Porque, aunque no estoy seguro de qué decir, sé lo que se siente al estar así. Y, en ocasiones, no necesitas palabras comprensivas, sino solo a alguien a tu lado que te acompañe únicamente con su presencia.
Me acerco y, con cuidado para no asustarla, me sitúo en su campo de visión. Ella me mira y se tapa la boca con una mano, intentando acallar un sonoro sollozo. Las lágrimas le gotean hasta la blusa, y tiene las manos ya húmedas.
Busco en el bolsillo interior de mi americana el pañuelo que llevo siempre encima, y se lo tiendo. No hago preguntas, no digo nada, solo compongo un gesto de asentimiento con el fin de que lo acepte y sepa que, sea lo que sea lo que está pasando, comprendo su dolor.
Ella lo coge con dedos trémulos y se afana en borrar el rastro que las lágrimas han dejado en su rostro; estas no cesan a pesar de sus esfuerzos.
—Si lo necesitas, hay un sitio para sentarse un poco más allá. Es discreto.
Señalo un banco de piedra, prácticamente oculto por unos arbustos, y Elise asiente con la cabeza. Me toma del brazo por sorpresa y se deja guiar casi sin fuerzas, como si fuera a desplomarse.
—¿Prefieres que busque ayuda o llame a alguien? —pregunto una vez que estamos los dos sentados.
Ella niega con la cabeza. Me mira, intenta hablar, pero no le salen las palabras. Cierra los ojos con fuerza; vuelve a temblar. No sé cuánto tiempo pasamos así, aunque tampoco me importa, pues en realidad lo que me preocupa es que esté sola.
—Lo-lo siento… —dice por fin, si bien su voz es poco más que un aullido—. Esta mañana… oficina…
—Shhh. —La hago callar—. Ambos sabemos ahora que no ha tenido importancia, así que no le des vueltas.
Posa las manos sobre sus piernas, agarrando el pañuelo, y se las mira.
—Yo… —titubea—. En el trabajo no lo sabe casi nadie…
—No tienes por qué contármelo si no quieres. No voy a exigir que te justifiques, Elise. Y tampoco voy a contar nada de todo esto, puedes confiar en mí.
Ella me mira, quizás sorprendida por lo que le he dicho.
—Gra-gracias… ¿Tú también tienes a algún pariente en el hospital?
—No. He venido por mi pierna. —Señalo el punto en el que me duele—. Sufrí un accidente de tráfico hace medio año, y ahora voy a rehabilitación.
—¿Y cómo lo llevas?
—Bueno…, hay días mejores. Hoy no es uno de ellos.
—Ya…
Se hace el silencio. Elise se pasa el pañuelo por debajo de la nariz.
—Mi padre… —suspira—. Mi padre tiene cáncer.
No digo nada, solo la miro mientras ella comienza a sollozar de nuevo.
—Su tratamiento no ha funcionado y…
No termina la frase, pero comprendo el significado de esas pocas palabras y, sin pensar, coloco una mano sobre las suyas. En este momento no importa el trabajo, ni nuestros roles en la oficina. Solo estamos ella y yo, simplemente dos personas, con todo lo que eso implica.
—Lo lamento mucho.
Elise asiente.
Retiro la mano que había posado sobre las de ella, y es cuando me mira.
—Creo que he arruinado tu pañuelo.
—Es algo insignificante.
—Sí que lo es… —comenta, sumida en sus pensamientos.
Su teléfono móvil suena en el interior del portadocumentos marrón de cuero que lleva colgado y, tras luchar con el cierre, contesta la llamada.
—Estoy aquí, sí… —le indica a quien esté al otro lado de la línea—. No, en el jardín de la entrada, a la izquierda… En un banco, detrás de unos arbustos… Vale…
Cuando cuelga, me mira.
—Disculpa, es mi amiga, Nora, que viene a estar conmigo.
Asiento. No me da tiempo a decir nada más, ya que nos interrumpe la pelirroja con aire hippie que trabaja en la recepción de la oficina.
—¡Elise! —exclama al verla—. He venido en cuanto he podido… ¿Señor Schröder?
Los ojos de la recién llegada se abren como platos al reconocerme y yo me levanto en el acto.
—Nora… —Elise parece ir a explicar algo, pero su cabeza está en otra parte.
—Nora, por favor, llámame Markus. —Ninguna de las dos dice nada y, por algún motivo, los nervios me invaden—. Bueno, me alegra saber que estarás acompañada, así que os dejo ya.
Elise me mira, pero no dice nada más.
—Si necesitas cualquier cosa… —No sé qué agregar, ni qué diantres estoy diciendo.
Agarro mi bastón y me alejo.
—¡Markus! —Nora llama mi atención y me giro—. Gracias.
Hago un gesto con la mano, restándole importancia, y prosigo mi camino.
Más tarde, ya en el que debo considerar mi nuevo hogar, voy a la cocina en busca de un agua con gas, pues los calmantes no son compatibles con la clase de bebida, sin duda más fuerte, que me tomaría después de un día como el de hoy, y esta es la mejor alternativa que se me ocurre.
El eco de mis pasos retumba en las paredes y, sin darle muchas vueltas, no puedo evitar acercarme al piano de cola que adorna el salón y tocar las primeras notas de una canción que lo único que hace es alterar mis pensamientos, pese a que una voz interior me dice que debería ser más racional.
Aun así, lo hago. Mientras sobrepienso todo lo acontecido durante la jornada, recuerdo aquella conversación con Max en la que me dijo:
—He averiguado algo más acerca de lo que me contaste.
—Mi hermano, para variar, no se anduvo con muchos rodeos—.
La canción de Beethoven la estaba interpretando en aquel momento una niña en su clase de piano semanal, en una casa próxima al lugar del accidente.
Así que no te vuelvas loco imaginando lo que no es ni tampoco puede ser, Markus. Hazme ese puto favor.
Como yo no contesté, me contó que la profesora había mantenido a su alumna ocupada tocando una y otra vez la misma pieza para que no presenciara a través de la ventana el accidente que yo acababa de sufrir, mientras llamaba a emergencias y corría hacia el lugar de los hechos.
Todo eso explicaría, supongo, la voz de mujer que asocié con Isabella y mi afán por seguir aquella melodía y no sucumbir.
Por eso, no debería alentar pensamientos incoherentes, fruto de alucinaciones y casualidades que, a veces, pueden llegar a ser retorcidas.
Pues, qué es la vida, sino sufrimiento, dolor y muerte; pero también esperanza, luminosidad y… amor.
Suspiro y abandono el piano. Cojo el vaso con lo que queda de agua y regreso a la cocina para tirar el resto por el fregadero, algo hastiado.
El silencio vuelve a adueñarse del entorno, y decido buscar alguna distracción. Tal vez una partida de ajedrez conmigo mismo o en la app de Chess.
Suficiente Elise por hoy. Demasiadas emociones y revelaciones para un día. Solo espero encontrar la manera de lidiar con esa chica.
Elise…
Que con tu dolor has ahondado también mis grietas.
Qué difícil va a ser esto…