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Elise
Al salir, algunos compañeros cercanos me lanzan miradas interrogantes. Está claro que nos han oído, y me pongo una nota mental: no volver a dejar la puerta de un despacho entreabierta. Menos, la del suyo.
—Pero ¿qué narices ha pasado ahí dentro? —Nora me intercepta casi de inmediato, pues el despacho de Markus da directamente a la sala común, amplia y ordenada, con hileras de mesas blancas separadas por paneles divisores grises.
Mientras mi amiga tira de mi brazo, miro de reojo mi puesto, al fondo de la sala, arrinconado entre dos paredes y parcialmente oculto tras las pantallas de los ordenadores de mis compañeros.
Siempre lo he considerado un refugio dentro del caos ordenado de la oficina, y ahora mismo se me antoja el escondite perfecto.
—¿Crees que todos se han dado cuenta? —susurro.
—Sí.
No dice nada más mientras me arrastra a su territorio: la recepción.
El lugar ideal para hablar, ya que se halla fuera de la vista de toda la oficina, la cual sigue la tendencia de espacio abierto.
La recepción queda justo enfrente de los ascensores, sí, pero, más allá de las horas punta (entrada, salida y almuerzo) y de mensajeros que van a lo suyo y no te prestan atención, casi nadie interrumpe, y los pocos que se pasean por allí actúan como zombis, abducidos por llamadas que atienden a través de cascos inalámbricos.
El mostrador de doble altura de Nora ha sido testigo de todo tipo de conversaciones, desde lacrimógenas por sus dramas amorosos hasta alguna que otra revancha laboral encubierta; en los últimos meses, no obstante, casi siempre se reducen a episodios lúgubres de mi vida.
Ella ocupa su puesto y, cuando entra una llamada, se coloca la diadema de un solo auricular mientras me hace un gesto con el dedo, indicándome que será breve. La observo amontonar concentrada las chocolatinas Ritter Sport que tiene junto al teclado. Es adicta a ellas.
Suspiro.
Esa pausa me brinda la ocasión de venirme abajo y autocompadecerme. Dejo el iPad y el móvil sobre el mostrador, apoyo los codos y me cubro la cara con las manos, abatida.
—Elise… —Ni siquiera he sido consciente de cuándo colgó el teléfono—. No te fustigues. Podía haber sido peor. Pero solo tú puedes cabrear a un armario alemán de dos metros que, encima, va a supervisar tu trabajo. ¡Menuda primera impresión!
Levanto la cabeza y me encuentro con su mirada esmeralda cargada de ternura, intentando imprimirle un toque alegre al momento. Nora es pelirroja natural, y su cabello largo y brillante como el fuego enmarca una tez rosada salpicada de pecas.
Resoplo ante su comentario.
—Claro, también podía haberle pillado los dedos al cerrar el portátil mientras le gritaba. ¡Ah! No, espera… Ya le he gritado.
—No seas tan melodramática.
—No soy melodramática. ¿Cómo puedo pedirle perdón?
Sus ojos parecen querer decir lo evidente.
—He perdido los estribos, Nora. El primer día que tengo que trabajar con él y… se me ha ido de las manos, ¡maldita sea! Ahora no sé cómo disculparme.
—La cuestión… —Parece replantearse su discurso—. Es decir, tú no te comportas así. Eres siempre educada y comedida, por eso todo el mundo se ha quedado flipando y hasta yo me pregunto qué ha pasado para que actuases de esa forma.
De primeras no respondo. Permanezco en silencio, con el corazón en un puño. Pienso en el mensaje de WhatsApp que recibí hace un rato, y los ojos se me llenan de lágrimas sin que pueda evitarlo.
—Toma, mira. —Le extiendo el móvil con el texto de Bridget.
Nora lee con atención e identifico el momento exacto en que llega al punto clave, porque se tapa la boca con la mano libre.
—«Sé que es muy complicado —lee—, pero tu padre necesita apoyo, y esta tarde lo más importante es respetar su voluntad, sea cual sea el resultado. Estoy aquí si necesitas hablar».
Escuchamos pasos doblando la esquina, adentrándose en el espacio donde se ubica la recepción.
Markus me dedica una mirada dura, helada, la cual se derrite en un microsegundo al ver mi estado.
Yo esquivo su rostro y le doy la espalda, incapaz de articular palabra.
Nora se levanta, aún con mi teléfono, y me pone una mano sobre el hombro, como si de esa forma fuera a protegerme de cualquier posible represalia por parte del alemán, quien, para sorpresa de ambas, no dice nada fuera de lo común.
—Buenos días. —Escucho su voz cerca, grave y fría.
—¡Hola, buenos días! —Nora trata de parecer alegre, y casi lo consigue, aunque su tono cantarín de siempre suena un poco más agudo de lo habitual.
Siento a Markus avanzar con su bastón clásico y elegante, tallado en una madera oscura y mate, hasta detenerse delante del ascensor.
Por suerte este no tarda, y anuncia su llegada con una campanita.
Soy plenamente consciente de sus ojos de acero clavándose en mi espalda hasta que las puertas metálicas se cierran, volviendo a dejarnos a mi amiga y a mí solas.
—Tenía que ser precisamente él… —suspiro—. Te juro que no sé cómo voy a mirarlo a la cara después de todo esto.
—Estás pasando por una racha complicada. Seguro que, si te disculpas con él y le expones la situación, te…
—¡NO! ¡Alto! No sigas por ahí; lo último que quiero es que se me dispense un trato de favor.
—No es un trato de favor, es un acto de humanidad, Elise. Porque puede que necesites un respiro.
—Pero…
—¡Ni peros ni nada! Cuando los demás atraviesan dificultades, siempre te muestras comprensiva y atenta. ¿Por qué no permites que sean igual contigo?
Rumio las palabras de mi amiga, a sabiendas de que tiene razón.
Tal vez sea orgullo, o quizás un rechazo instintivo a la compasión y a esas miradas que te siguen, acompañadas de palabras suaves, dulces y disfrazadas de falsa comprensión, porque ellos no sufren en sus carnes lo mismo que tú.
Al morir mamá, yo tenía solo ocho años, y me trataban como si fuera a romperme.
Cuando cumplí dieciséis, papá se quedó en silla de ruedas tras un accidente con el coche patrulla, mientras estaba de servicio.
De nuevo me convertí en el centro de atenciones, susurros al pasar y un trato delicado que, en realidad, nunca he requerido.
Y ahora, esto. No quiero que nadie vuelva a mirarme con lástima. No podría soportarlo. Otra vez, no.
—Solo quiero que las cosas dejen de resquebrajarse a mi alrededor.
Y entonces lloro de nuevo, mientras ella rodea el mostrador para abrazarme.
Nora es la única en la oficina que sabe lo que pasa; después de todo lo vivido, opté por no contarlo.
Excepto a ella, mi amiga desde que tengo memoria.
La única que, en el patio del colegio, o por los pasillos del instituto, no me miraba como si yo fuera frágil.
Ella siempre ha estado a mi lado, pasara lo que pasase.
Y el destino quiso mantenerla cerca de mí haciendo que acabáramos trabajando las dos en la misma empresa, aunque cada una siguiera una senda distinta cuando ingresamos a la universidad.
Por primera vez en mucho tiempo, me permito cobijarme entre los brazos de mi amiga, quien es como una hermana para mí. Y mi corazón se deshiela, solo un poquito, bajo la estela cálida que desprende el suyo.