8
Markus
El bastón se me cae entre la silla y la mesa de reuniones del despacho en el que me he instalado. Justo cuando me dispongo a recogerlo, llaman a la puerta, entreabierta.
Con precaución, entra una chica de estatura media que lleva el pelo algo despeinado, largo hasta el pecho.
Al inicio del cabello le asoman casi un palmo las raíces de un rubio claro y precioso, que revelan su color real.
Lo demás es la sombra de un tinte que ha vivido días mejores: unos mechones parecen un melocotón pasado, mientras que otros han degenerado en un fresa triste.
Apuesto a que en algún momento debió de ser un tono vivo…
Ahora, simplemente, parece no corresponderse del todo con ella.
Como si su luz interior se hubiera quedado atrás cuando se apagó ese color.
Su tez clara se ve muy pálida, y tiene unas ojeras hinchadas, como si hubiera llorado.
Por unos instantes, no sé si debo tomarlo como una señal de alarma o dejarlo correr.
Mientras lo debato, su mirada añil busca la mía con una mezcla de determinación y fragilidad, pero lo primero le termina fallando, o el cansancio la abruma.
Curioso, viniendo de alguien que, en teoría, lidera al equipo que se encarga del proyecto que he venido a supervisar.
—Buenos días, teníamos una reunión… —Se muestra algo tímida, esta chica que me resulta tan difícil de descifrar.
Me esfuerzo por ponerme recto, como si no me doliera desde hace semanas uno de los dichosos clavos que llevo en la pierna. Algo torpe, le ofrezco una sonrisa educada, tratando de infundirle confianza.
—Buenos días, señora Müller, ¿verdad? Es un placer conocerla. —La saludo en alemán casi sin darme cuenta, por la distracción que me ha supuesto su presencia.
Le tiendo la mano. Ella se queda quieta unos instantes, sin saber qué decir o hacer.
—Eh…, gracias, igualmente. Pero llámame Elise, por favor. —Ella me responde en inglés. Sus dedos, helados, se alargan por fin para rozar los míos muy brevemente y concluir así nuestra singular presentación—. Si vamos a trabajar juntos, prefiero evitar tantas formalidades.
Me quedo en silencio un segundo. Escuchar su nombre me golpea de forma extraña, como una melodía familiar que no esperaba volver a oír.
Y entonces la encajo en el «E. Müller» del currículum que me pasó Williams hace tres semanas.
—De acuerdo, Elise —respondo, de nuevo en alemán, conteniendo un sentimiento que no sé cómo explicar—. En ese caso, por favor, yo soy Markus.
La observo con más curiosidad si cabe. Repito su nombre en mi cabeza mientras resuena en mi pecho como si acariciara una tecla de piano.
« Für Elise », digo para mis adentros. La canción que me hizo correr en dirección contraria a la luz durante esa locura transitoria, o tal vez instinto de supervivencia, que me arrastró de vuelta con los vivos el día del accidente.
—Un placer. —Ella continúa en inglés, y se le sube el color de las mejillas.
Entonces tomo consciencia del peculiar intercambio idiomático que hemos seguido debido a mi desconcierto.
—Disculpa. Pensé que eras alemana —apunto, esta vez en inglés—. Y… ¿has entendido todo lo que he dicho?
—Sí, te he entendido. Mi padre es alemán, pero yo soy de aquí y, lo siento, prefiero hablar en inglés. —Esta vez es ella quien contesta en alemán, con la entonación más dulce que he escuchado jamás. Al mismo tiempo permanece pensativa, como si midiera cada palabra en su cabeza.
Es increíble cómo cambia la voz de algunas personas cuando se comunican en otra lengua. La observo unos instantes antes de continuar: se ha puesto nerviosa, deduzco al verla crispar las manos en torno al iPad que está sujetando.
—Si no te importa, por supuesto… —añade despacio, dudando, de nuevo con ese timbre tan especial al utilizar mi idioma.
Y entonces comprendo que, aunque lo entiende y lo habla, por algún motivo que se me escapa no confía en su propia fluidez, y lo único que he conseguido, sin pretenderlo en absoluto, es hacerla sentir un poco avergonzada, aunque se haya expresado correctamente.
—No tienes por qué disculparte. Así también está bien —le digo en inglés, con una sonrisa que busca tranquilizarla. Ella me la devuelve, o lo intenta, ya que sus labios se curvan un ápice.
Tomamos asiento a la mesa de reuniones mientras el murmullo lejano de los demás equipos se filtra a través de la puerta, que ha dejado entornada.
Acerco mi portátil y giro la pantalla hacia ella, mostrando la presentación en la que llevo unos cuantos días trabajando.
Varias diapositivas se suceden, organizadas con conceptos, ideas clave y, en resumen, nuestra hoja de ruta para el proyecto.
Elise toma notas en su iPad, asintiendo de vez en cuando, comentando algún detalle de forma escueta, incluso alabando ciertos puntos.
Cada una de esas pequeñas aprobaciones me produce una sensación agradable en el pecho, supongo que algo parecido al orgullo.
De repente su teléfono vibra sobre la mesa con un zumbido seco que dinamita nuestra concentración. Sus ojos se desvían apenas unos segundos para leer un mensaje al que no responde. Sin embargo, su expresión cambia: la frente se le frunce y sus labios son ahora una línea recta.
—¿Hay algún problema?
—Eh…, no. Eh…, continúa, por favor. —Fuerza otra sonrisa, afanándose en ocultar algo que, sin quererlo, ya ha enrarecido el ambiente.
Sigo hablando, pero su atención dista de ser como antes. Ya no interviene con la misma soltura y se muestra dispersa. Definitivamente, todo ha cambiado.
—¿Alguna pregunta?
—Sí, eh… Necesitaré que me envíes todo esto por e-mail para poder estudiarlo mejor —comenta, tratando de mostrarse profesional, aunque la muletilla que ha comenzado a usar la delata—. ¿Qué plazos estás valorando?
—Necesitamos un prototipo básico en dos meses —digo, analizando en paralelo qué ha podido causar este cambio tan drástico en ella.
Elise suelta un amago de risa, pero sigue tensa.
—En ese caso necesito programadores que no duerman —denota cierta amargura—, pero de momento creo que tenemos que conformarnos con meros humanos.
Guardo silencio unos segundos, preguntándome si la he entendido bien.
—¿Qué has querido decir con eso?
Parece cabreada, aunque ya no sé si es conmigo o con el mundo.
—Que tus tiempos no son realistas. ¿Sabes exactamente todo lo que vamos a tener que hacer para llegar a lo que pretendes conseguir?
—Entonces tendrás que organizar mejor tu trabajo y el de tu equipo.
Me mira con un sentimiento que no sé describir.
—Solo quiero un prototipo básico. —Me esfuerzo en sonar paciente, pero manteniéndome serio ante su tono irónico, hasta que chasquea la lengua. Entonces agrego—: Dos meses. No negociables.
Me lanzo a presionarla, sí, pero porque no me gusta su actitud.
—Perdona, ¿sigues programando o ya solo sabes usar PowerPoint? Porque parece que se te ha olvidado lo que hacemos nosotros y lo que cuesta. —Señala mi portátil, refiriéndose a las diapositivas que acabamos de ver.
Está nerviosa, y también parece superada por algo que se me escapa. ¿Qué demonios…? ¿Acaso está buscando pelea? Sea como sea, su ridícula pregunta me enerva, pero me obligo a controlarme. ¿Por qué muestra tan poco respeto ante un superior?
—Claro que sé escribir código —respondo, despacio, mientras me toco la cicatriz—. Sé programar. Y sé mandar. Se me da bien apretar las tuercas cuando hace falta. Así que te recomiendo ir con más cautela la próxima vez que te dirijas a mí.
Puede que yo esté entrando al trapo, pero ya me da igual.
—Por supuesto que sí, se me olvidaba que estudiaste Ingeniería Eléctrica, donde los cables y las tuercas seguro que se te daban de fábula.
—No solo hice eso. —Alzo las cejas. Me pica la curiosidad por descubrir qué más sabe de mí, a pesar del tono hostil que insiste en emplear.
—Lo sé. Luego te lanzaste a hacer Ingeniería de la Información y de la Comunicación en la Technische Universität de Berlín. Después formaste tu propio imperio. Brillante por tu parte, lo reconozco.
—Veo que te has interesado por mí.
—Digamos que he hecho mis deberes en LinkedIn.
Pero ahora estás aquí. —Su voz se eleva unas décimas por encima de lo razonable, y yo sigo sin entender por qué—.
La verdad, al principio no entendía qué pintabas en todo esto, pero ahora comprendo que te gusta tener todo bajo control y que vas a disfrutar supervisando cada milimétrico paso que…
—¡Basta! —la interrumpo.
Me pongo en pie de forma tan abrupta que la silla rechina contra el suelo y pierdo el equilibrio; me agarro justo en el último momento al borde de la mesa. A pesar de todo, trato de mantener la compostura, disimulando que he estado a punto de caerme.
Elise se levanta casi a la vez que yo, alarmada, como si en el preciso instante en el que mi pierna ha fallado ella asimilara todo lo ocurrido en los últimos minutos.
Sus ojos se agrandan y da un paso hacia mí, con las palmas abiertas a cada lado, en un ademán que combina duda y miedo, como si no supiera si acercarse o dejarme espacio.
—¿Estás bien? —pregunta con un hilo de voz.
Extiendo una mano, impidiendo que avance, para mantener las distancias, pero entonces su mirada se desvía hacia el bastón, tirado en el suelo.
—Lo-lo siento —añade descompuesta.
No respondo, solo la miro, cabreado.
—Esto no es propio de mí. —Sus palabras salen ahogadas.
—Me da igual. La reunión ha terminado.
Asiente con la cabeza, mordiéndose el labio inferior. Después, cierra la funda de su iPad a toda prisa y desaparece de mi vista.
Siento el pulso acelerado. Y es que nadie, jamás, se había atrevido a desafiarme de esta forma en un entorno laboral.
Recojo el bastón con algo de dificultad y me debato entre esperar o ir en este mismo momento a hablar con Williams, ya que no he venido aquí a perder el tiempo con empleadas conflictivas como esa.
Sin embargo, algo en mi interior me dice que espere …
Elise no debería irse de rositas.
Que espere…
Y vuelvo a sentarme, sin dejar de repasar todo lo que ha sucedido con ella en esta sala.