7
Elise
—Elise, estás siendo egoísta con tu pobre padre. —Lo dice observando la manta que descansa sobre sus piernas, con esa voz que usa cuando quiere que me ablande.
Suspiro y me acerco a su silla, junto a la que me agacho. Intento sonar firme y convencida, mirando a ese rostro cada vez más demacrado.
—Sé que tienes miedo, papá, porque yo también lo tengo. Estoy nerviosa por los resultados que nos den esta tarde, pero tengo el presentimiento de que en esta ocasión son positivos, de verdad.
Suspiro. Él solo me observa hasta que ya no puede sostenerme la mirada y la desvía más allá de la ventana.
Trago saliva, sopesando mis próximas palabras, y le cojo la mano, fría.
—En el hipotético caso de que no sean lo que esperamos, cosa que dudo, seguiremos adelante. Ya sabes lo que dice siempre el médico, que estas cosas llevan su tiempo… No puedes rendirte ahora. Yo estoy y estaré siempre contigo.
Él continúa sin mirarme y yo me fijo en el poco pelo que le queda, apenas una pelusilla suave. Al verlo así, me invade un malestar acompañado de… culpabilidad, tal vez, que me hace sentir todavía peor.
—Hija… —Lentamente, gira su rostro hacia el mío—. Estoy cansado…, agotado, más bien. Ya no soporto los pinchazos, los vómitos, las tediosas salas de espera ni el ir y venir constante del hospital a casa. No puedo más.
—Papá…
—No, déjame terminar. —Ejerce una ligera presión sobre la mano que agarra la suya—. Solo quiero quedarme en un lugar donde no cause más problemas. Porque ya llevo doce años en esta silla, y ahora… esto.
Las lágrimas que siempre trato de evitar en su presencia comienzan a descender por mis mejillas.
—Un padre no debería robarle a su hija los mejores años de su vida —prosigue—.
Y tú, mi queridísima Elise, no deberías pedirme que siga soportando este infierno.
Así que espero que comprendas que lo único que deseo ya en este mundo es no alargar un tratamiento que ambos sabemos que no está funcionando y que, además, solo me causa más dolor del que cualquier ser humano debería soportar.
Guardo silencio un segundo, mirándolo a esos ojos tristes, derrotados. Niego con la cabeza.
—Tú puedes estar cansado, pero yo no lo estoy. Y no me estás robando nada, así que no vuelvas a insinuar algo tan feo. Esto es solo un momento de debilidad y lo vamos a superar, ¿vale? Vamos a salir de esta juntos, como siempre.
—Elise…
Su réplica se ve interrumpida por el ruido de unas llaves encajando en la cerradura de la puerta principal. El gato va como una bala hacia la entrada.
—¡Buenos días! —saluda la voz cantarina de Bridget. Se quita los zapatos y los reemplaza por unas zapatillas más cómodas. No tarda en aparecer en el salón-dormitorio de papá, ajustándose la chaqueta de lino morada que le tejí hace un par de años, y que tanto le gusta.
El rostro rosado y redondeado de la mujer se alarma al vernos a los dos tan serios. Yo me pongo de pie, tratando de eliminar con el dorso de mis manos cualquier rastro de las lágrimas que sigo derramando.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta, colocándose detrás de las orejas los cortos mechones de pelo rubio que le ha revuelto el viento de la calle.
—Nada, solo estábamos hablando. —Me esfuerzo en sonreír, aunque no engaño a nadie.
Linux se me acerca y le rasco con cariño el hueco entre las orejas—.
Bueno…, será mejor que me marche ya o volveré a llegar tarde a la oficina.
Esta mañana tengo asuntos importantes que atender, así que no puedo permitirme algo así.
—Vale, cielo, te vemos luego —añade Bridget.
—Sí, pretendo estar en Sudbury Hill a las cuatro, como tarde, así que llegaré a tiempo al hospital para la cita de las cuatro y veinte. No te preocupes.
—Nos vemos allí entonces. Que tengas un buen día.
Bridget me abraza y, cuando voy a despedirme de mi padre, parece más apagado todavía, si es que eso es posible.
—Adiós, papá. Pasa el día lo mejor posible. Te quiero.
Él me hace un gesto con la mano. Yo recojo mis cosas en la entrada y me marcho a la oficina, sin poder quitarme la cita de esta tarde de la cabeza. Sin duda, va a ser un día largo e intenso.