El caos que nos une (Lo que nos une 1) 6
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Markus

—Sigo pensando que todo esto es una exageración. Puedo trasladarme solo —gruño.

Mi hermano se coloca las gafas de sol al salir del portal, imitando mi gesto. El portero está junto al chófer, cargando nuestro equipaje en el maletero del lujoso coche negro que nos espera para llevarnos al aeropuerto.

—Vamos, admítelo —dice Max, con esa media sonrisa que solo esboza cuando sabe que tiene razón—. Soy tu mejor opción. Si no, ahora mismo estarías aguantando a mamá preguntándote cada treinta segundos si necesitas algo o si de verdad estás bien.

Resoplo. Me llevo la mano a la cicatriz que me baja desde la línea del pelo hasta la ceja derecha en línea recta, secuela del accidente. No duele, pero a veces necesito tocarla; un mecanismo de defensa para no tirar de ella.

—Eres insufrible.

—Y eso lo dice precisamente el que peor humor tiene de los dos. Siempre.

—Sabes que podría patearte el culo aquí y ahora. Así que, si no quieres que te acribille la espinilla con este estúpido bastón, deja de sacarme de quicio. Alegaría defensa propia.

—Y tú sabes que mamá me creería a mí sin dudarlo. Además, piensa en la suerte que tienes de poder volar en mi avión por ser yo tu acompañante.

—Te encanta restregarme que tienes un jet privado.

—Cuando ganes tanto dinero como yo, tú también podrás tener uno. —De nuevo, su sonrisa—. Mira, Markus, cargas demasiada rabia… Deberías soltarla en el tatami. Una hora de krav magá conmigo, y se te pasa.

—Créeme, estoy deseando derribarte otra vez. No hay nada mejor que ver cómo tú y tu ego aterrizáis de espaldas.

—Yo también tengo muchas ganas de volver a entrenar contigo, porque eso significará que ya estás al cien por cien.

Max me pasa el brazo por los hombros como cuando éramos críos, acercándome a él. Esta vez el que sonríe soy yo.

—Venga, vamos…

El chófer nos abre la portezuela del coche y mi hermano sube primero para que yo lo tenga más fácil.

Lo sigo, todavía con cierta torpeza, y, hasta que no estamos dentro los dos, no habla de lo que yo he estado evitando las últimas semanas.

—Creo que estás haciendo lo correcto.

—¿Qué de todo, exactamente? Porque la lista debe de ser muy larga… —Intento ironizar para evadir el tema que le ronda la cabeza, pero él me lanza una de esas miradas que lo dicen todo. Spoiler : Max nunca se anda con rodeos.

—La idea de usar realidad virtual para entrenar tripulaciones me parece genial, pero hace años que no te sientas a programar ni a analizar todas esas mierdas.

Decirnos que quieres centrarte en ti y tomarte las cosas con calma, y acto seguido ponerte a desarrollar personalmente, junto con un equipo ajeno a tu empresa, es una excusa perfecta para engañar a mamá y papá y no preocuparlos.

Sin embargo, conmigo no cuela, lo sabes.

Aun así, creo que te vendrá bien un cambio de aires.

Londres no es mi destino ideal, pero… hay sitios peores, supongo.

—No pretendo engañar a nadie. Es solo que… necesito hacer algo que no me duela. Algo que me recuerde quién era antes.

—Lo sé, y por eso te animo a seguir adelante con todo esto. Pero dime, ¿cómo convenciste a John Williams para hacerte un hueco en su oficina? Porque ese inglés es duro de pelar.

Resoplo. Cómo se nota que es mi hermano…

—Solo voy en calidad de consultor externo. Esta vez, en lugar de enviar a alguien de mi equipo, me involucraré yo en persona. He invertido en otro de sus proyectos, para contentarlo y terminar de convencerlo… Supervisaré todo desde dentro, a mi ritmo, y, cuando mi parte esté hecha, volveré a casa.

—Vale. E Inglaterra te ha parecido el refugio perfecto… Pero ¿en qué otra cosa has metido pasta?

—Pues… aparte del proyecto de realidad virtual, la opción de mudarme una temporada derivó de otra ocurrencia.

Ya sabes que a Williams le flipa la robótica.

Bromeamos con la idea de una secretaria digital, y a mí se me ocurrió que podríamos crearla a ver qué pasaba.

A los dos minutos él ya estaba hablando de patentarla.

La secretaria en cuestión gestionaría las agendas mediante inteligencia artificial; coordinaría las reservas de las salas del edificio; optimizaría la entrega de paquetes, conectándola a unos casilleros que los usuarios abrirían mediante códigos que ella enviaría automáticamente por e-mail ; transferiría llamadas con voz personalizada…

Incluso podríamos aportarle un toque humano: darle la capacidad de detectar la edad y el estado de ánimo de los empleados, analizando sus gestos mediante detección facial, para adaptarse a ellos a la hora de tratarlos.

Y eso… solo es el principio. Porque estoy convencido de que, si sale bien, poco a poco y con los años se podrá ir mejorando.

—Joder, eso es… espeluznante.

—Eso es optimizar.

—Eres un puto friki que a veces me da miedo. Prométeme que no te vas a construir a tu mujer ideal así.

—No digas estupideces.

—Estás loco, pero eres un genio, no te lo voy a discutir. Eso sí, dirigir tu empresa desde allí, y además bajarte al barro al mismo tiempo, va a suponer todo un desafío y te va a mantener muy ocupado.

—Lo sé, y ese es mi objetivo. Me ayudará a no pensar.

—Y, si te sale bien, ganarás mucho dinero.

—Pues sí. Tal vez hasta logre mi propio jet antes de lo que imaginas.

Max se troncha con mi comentario.

—Ya sabía yo que, aunque lo niegues, también quieres uno. ¡Por lo menos lo has reconocido!

Le sonrío. Y, casi sin darnos cuenta, hemos llegado al aeropuerto y el coche se detiene. Estoy listo para empezar una nueva etapa en mi vida.