El caos que nos une (Lo que nos une 1) 5
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Elise

—Tal vez deberíamos ir a urgencias. Puedo llamar a Bridget para que nos acompañe.

—Es sábado, no la hagas venir para eso. Bastante tiene con cuidarme de lunes a viernes.

—Te recuerdo que le pago para que lo haga… y que se preocupa por ti. Además, las cosas hay que atajarlas antes de que se compliquen. Seguro que solo necesitas que te cambien el antibiótico, porque está claro que este no está funcionando. Así que, venga, no seas tan cabezota.

Insisto, y justo papá vuelve a tener un ataque de tos. Esta vez es más duradero, más seco; casi parece arrancarle algo dentro.

Sé que va a rechazar mi propuesta, como siempre, porque es terco como él solo, pero la tos se intensifica tanto que ni siquiera logra articular una negativa a mi sugerencia.

Dejo la labor a un lado del sofá; ando tejiendo un jersey blanco perla en mohair, el cual, de repente, ya no tiene la menor importancia para mí.

Me levanto deprisa para ir a la cocina, tan nerviosa que siento que el agua tarda una eternidad en caer del grifo al vaso de cristal que me tiembla en las manos.

Regreso con rapidez, derramando un poco sobre el suelo de madera, pero tampoco me importa.

Linux rodea mis piernas y emite un maullido pesaroso, pues él también está intranquilo, alerta; lo sé.

—Papá… —Poso una mano en su hombro mientras le acerco el vaso. Él sigue tosiendo, tapándose la boca con un viejo pañuelo de cuadros celestes, de esos que hemos lavado tantas veces que ya casi no tiene color.

Extiende la otra mano para coger el vaso y, cuando aparta la tela de sus labios para beber, lo vemos los dos. Una mancha de un rojo brillante y húmedo, como una advertencia.

—Sangre —susurro. Todo mi alrededor cambia con esa sola imagen.

—Seguro que es por el esfuerzo —murmura papá, intentando restarle importancia, no muy convencido de sus propias palabras.

—¿Te había pasado antes?

Niega con la cabeza y, sin decir nada más, bebe agua despacio.

Por primera vez atisbo en sus ojos el reflejo del miedo.

El mismo terror que se ha instalado en mi pecho.

El mismo que sentí hace años, de niña, cuando perdimos a mamá.

O tal vez ahora sea mucho peor. Él es todo lo que me queda, la única familia que tengo.

Y algo dentro de mí se ahoga, tiembla, quiere correr, y un millón de sentimientos más que ni siquiera puedo describir.

Necesito creer que esto es solo uno de esos sustos tras los que luego respiras, aliviada.

Necesito escuchar que no es nada y que todo va a estar bien.

—Nos vamos al hospital. Ahora mismo —digo, o más bien es una orden.

Papá no responde y, la verdad, tampoco hace falta.

Esa misma tarde, saltan todas las alarmas con frases como «masa sospechosa», «no podemos descartar nada» o «hay que realizar más pruebas».

Y así comienza el declive hacia mi averno personal.

Los días se vuelven eternos, mientras el cansancio y la preocupación cavan sin descanso un foso en mi pecho, uno cada vez más profundo, más terrible…

Hasta que, tras la tormenta, en lugar de la calma anhelada, llega el golpe que, en el fondo, todos temíamos pero nadie se atrevía a confirmar.

El término brota de labios del médico con una frialdad que hiela la sangre.

Retumba en todo mi ser.

Papá tiene cáncer.

Bridget me toma de la mano y dice algo. Sin embargo, sus palabras no llegan a mis oídos. Solo veo como gesticula, y el mundo, de pronto, se vuelve irreal. Como si yo me observara desde fuera de mi cuerpo, de mí misma, desde un lugar donde ya nada es lo mismo.

Y es que todo a mi alrededor se derrumba. El miedo me inunda a través de una grieta que se ha reabierto en lo más profundo de mi ser, avanzando poco a poco por mi razón.

—Elise, cariño… —Bridget me acaricia el rostro, tratando de borrar mis lágrimas. Las de ella comienzan a descender por sus mejillas; algunas quedan atrapadas en la montura de sus grandes gafas de pasta.

—¿Se encuentra bien? —pregunta el médico.

—Elise… —Al otro lado siento la mano de mi amiga Nora agarrándome con fuerza, aunque las lágrimas me impiden ver de forma nítida su rostro.

—Sí. No. Quiero decir…, tengo que asimilarlo.

Mi amiga me pasa un brazo por la espalda, como si así fuera a protegerme de la situación. El doctor pronuncia otras palabras, esta vez de esperanza, camufladas entre tratamientos que suenan aterradores. Las acompaña de alternativas, posibilidades, porcentajes, efectos secundarios…

Y, aunque quiero aferrarme a ellas y soñar que puede salvarse, el miedo es más fuerte. Más pesado en mi pecho. Más real.

Y, en algún punto, me desconecto.

Mi cabeza ya no puede más. Todo se torna borroso, blanco…

Hasta que solo queda la paz de… ninguna parte, en realidad.