4
Markus
—Estamos aquí. Vuelve en ti, por favor, vuelve.
¿Mamá?
—La intervención ha salido bien.
—… esas posibles secuelas…
¿Papá?
—… una operación que…
Un popurrí de voces me abraza dentro del pozo oscuro en el que floto. Algunas me resultan desconocidas y otras, no tanto.
—Ahora yo seré el más guapo de los dos.
—Maximilian, no digas esas cosas con tu hermano en este estado, por favor.
—Pero es la verdad, mamá. Y ya nunca más te costará reconocernos.
—Siempre tienes que bromear con todo, ¿verdad?
—¿Max? —Noto la lengua seca y la garganta muy irritada. No obstante, vuelvo a intentarlo—: Max…
Lucho por abrir los ojos, pero los párpados me pesan demasiado.
—Tu hermano te está llamando. —Mamá parece alarmada.
—Markus, soy yo. Max.
—Max.
—Estoy aquí. Venga, mírame.
Por fin lo consigo. Los veo, uno a cada lado de la cama.
—¿Estáis bien?
—Eso deberíamos preguntártelo a ti, ¿no crees? —me responde él, con las lágrimas a punto de desbordar su mirada plateada.
—¿Qué ha pasado?
Parpadeo.
—Te la has pegado con el coche. Estás en el hospital y han tenido que operarte.
—¿Recuerdas qué te ocurrió? —Mi madre me agarra de la mano y entonces empiezo a recordar.
—Tengo sed.
—Mamá, no lo agobies, dale tiempo.
—Ya, sí, tienes razón… Avisaré a una enfermera.
Mi madre sale de la estancia, seguida por mi padre, y entonces mi gemelo se centra en mí.
—¿Qué cojones ocurrió, Markus? ¿A cuánta velocidad ibas, hermano?
—No tan rápido… Pero en una curva… había un cervatillo.
—¿Todo esto por un bicho? No me jodas.
Se lleva las manos a la cabeza y se revuelve el cabello, de un rubio pajizo oscuro, que siempre lleva peinado con pulcritud.
—¿Es muy grave?
Miro hacia abajo y me espanto al ver mi pierna izquierda. No pinta nada bien. Sin embargo, me llamo a la calma.
—Te recuperarás, aunque no será pronto. —Max intenta tranquilizarme.
—¿Qué me han hecho?
—Tuvieron que operarte y digamos que ahora llevas algo de metal dentro, así que cuidado en los controles de seguridad.
—Joder.
—Es broma, no creo que eso pite en un aeropuerto.
—Eres un gilipollas… Quiero ver a un médico que me lo explique bien.
—Seguro que nuestra madre está en ello ahora mismo.
Me estrecha fuerte la mano; en el fondo parece aliviado, hasta que decido romper el silencio.
—He visto a Isabella. Parecía estar… bien.
Max palidece.
—Sabes que eso no es posible. Hace años que murió.
—La he visto —reitero.
La puerta de la habitación se abre y aparece mamá, seguida de mi padre, una doctora y una enfermera.
—Buenos días, señor Schröder, ¿cómo se encuentra?
—Como si hubiera sufrido un terrible accidente de tráfico.
—Si bromea es que está bien —dice Max mientras se acaricia la barba, perfectamente recortada, igual que la mía. La punta de la corbata sobresale por el bolsillo de la americana de su traje azul, lo cual delata que ha estado inquieto y agobiado.
—¿Algún dolor? —La doctora formula la pregunta rutinaria, desviando mis pensamientos y obligándome a centrarme en el ahora.
—Sí, pero supongo que es normal.
—¿Del uno al diez?
—Tal vez un seis…
—Bien, está bien. Aun así le aumentaremos un poco la dosis de analgésicos. No vamos a sufrir innecesariamente en el siglo en el que estamos.
—Gracias…
La mujer, de pelo corto y negro, esboza una sonrisa tranquilizadora antes de colocar un par de radiografías en el negatoscopio que hay frente a mi cama. Y yo no soy médico, pero sé lo que es un hueso, y me alarmo al ver el aspecto del mío en la imagen.
—¿Eso es mi pierna?
—Más concretamente, su fémur.
—Puede beber, pero a sorbitos, ¿de acuerdo? —La enfermera me tiende un vaso de cartón con agua.
Lo cojo sin saber qué decir. Estoy impactado.
—Gracias… —logro articular por fin.
—No hay de qué.
—Hijo, ¿estás bien? —Mi padre se acerca a mí. Parece ir a colocar su mano sobre mi hombro, pero lo piensa mejor y se queda ahí, mirándome preocupado.
—Ayer ingresó en un estado muy delicado. —La doctora habla con voz pausada pero firme—. La pierna izquierda estaba rota en varios puntos, y uno de los fragmentos dañó la arteria femoral.
Trago saliva y me sudan las manos. No entiendo nada.
—¿Eso significa…? —pregunto, aunque empiezo a intuir la gravedad del asunto.
Ella examina la radiografía y vuelve a hablar. Yo aprovecho para beber un sorbo de agua e intentar disipar la sensación tan horrible que me embarga.
—Lo operamos de urgencia y fijamos los huesos con clavos internos para que se regeneren. Es un procedimiento habitual, y, con rehabilitación, debería recuperarse.
—¿Clavos… dentro? —La palabra se me atraganta. Siento la boca seca otra vez.
—Es un procedimiento seguro, se lo garantizo. Lo importante es que su estructura ósea ya está consolidada.
—¿Y me los quitarán después de…?
—Más adelante valoraremos si se retiran. Depende de cómo evolucione.
Asiento. La cabeza me pesa. Todo me pesa.
—En unas semanas —añade—, comenzaremos la fase de rehabilitación. Fortaleceremos la musculatura y trabajaremos en la movilidad. Será lento pero eficaz.
Asiento, abrumado por tanta información.
Mi madre comienza a bombardear a la doctora con cientos de preguntas y yo dejo de prestar atención, al menos de momento; todo lo que me han dicho ya me ha superado.
Papá me dedica un gesto que conozco demasiado bien: está decepcionado.
—¿En qué estabas pensando?
No me molesto en contestar. Aunque le explique lo que pasó, le va a dar igual.
—Has destrozado un coche de más de doscientos mil euros, Markus. Y todo, por andar por ahí como un insensato, ¿me equivoco?
—Pues sí, estás confundido. No tienes ni idea de lo que ocurrió. Fue un accidente, y no iba tan rápido, créeme.
—Ya, bueno…
Me sorprende verlo dudar. Por un segundo, creo que está a punto de derrumbarse. Ese hombre, tan parecido a mi hermano y a mí, al que siempre vemos mostrarse fuerte; el cabeza de familia. Cuando me mira de nuevo, sus ojos azules están llorosos.
—No vuelvas a darme un susto así en la vida, ¿me oyes?
Trago saliva, conmovido.
—Sí, papá. Lo intentaré.