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Elise
Me gusta salir a correr por las mañanas, aunque solo puedo hacerlo en fines de semana y festivos.
En los días laborables me conformo con ir cuarenta y cinco minutos al gimnasio que queda cerca de mi casa para hacer algo de cinta y fortalecer un poco con diferentes entrenamientos.
El ejercicio consigue que me sienta bien, y no solo físicamente.
Me ayuda a descansar por las noches y a mantener mi mente más sana.
A llevar las circunstancias un poquito mejor…
Como todos los días, he madrugado. No recuerdo cuándo fue la última vez que pude remolonear en la cama o dormir un poco más, pero puedo asegurar que ya hace demasiados años.
Hoy es el primer sábado de diciembre, y no trabajo, así que he aprovechado para salir.
Y corro.
Avanzo bajo una llovizna que me enfría la piel pero que, de algún modo, me despeja. Como si Londres me susurrase que siga, aunque a veces la vida duela tanto que cuesta hasta despertar.
Haciendo ya el trayecto de vuelta, a través de mis auriculares de diadema comienza a sonar Love will tear us apart , de Joy Division.
Subo el volumen, como si la música ejerciera de coraza, ya que necesito protegerme de alguna manera mientras atravieso las calles de Beaconsfield Road, en Southall.
El barrio en el que he crecido, aunque cada vez lo siento menos como mi hogar.
Ahora hay demasiada gente y, desde luego, mucho más ruido. Tiendas que antes no existían parecen brotar de la noche a la mañana, siempre repletas de clientes, y me abruma no poder caminar sin tener que esquivar constantemente personas cargadas con bolsas y que hablan demasiado alto.
Tal vez el problema sea mío y no del barrio.
Tal vez Londres ya no sea el refugio que necesito.
O quizá… todo esté solo en mi cabeza.
Aun así, no me iré. Porque estoy a pocos minutos en metro de mi trabajo, en Hounslow, cerca del aeropuerto, y porque mi padre me necesita. No puedo plantearme un traslado mientras él siga dependiendo de mí. No sería justo. No soy ese tipo de persona…
Al traspasar la puerta de entrada, dirijo la vista hacia el salón, reconvertido desde hace años en su dormitorio.
—¡Hola! —anuncio antes de quitarme las deportivas.
Mientras me desato los cordones, lo veo a través de un resquicio.
Está de espaldas, sentado en la silla de ruedas, y tiene sobre las piernas la manta azul marino que le tejí hace años.
Su cabello, ahora totalmente blanco, es diferente al del hombre joven y risueño que cuidaba de mí cuando yo era pequeña.
Un halo de humo lo rodea al espirar, interrumpido por una condenada tos que me preocupa cada día más.
—Papá, ¿qué estás haciendo? El médico te prohibió fumar.
Me pongo las pantuflas y me paro frente a él con los brazos en jarras.
—¡Bah! A mi edad, un cigarrillo más no va a hacerme ningún daño.
—Llevas con esa tos demasiado tiempo y no mejoras a pesar del tratamiento que te puso el doctor. Tal vez deberíamos acercarnos al hospital. Y, por supuesto, nada de tabaco.
—Maldita sea, Elise, ¿pretendes quitarle a tu padre el único placer que puede permitirse en la vida?
Me veo reflejada en su mirada azul, idéntica a la mía, mientras expresa su frustración.
—No es eso. Simplemente, no quiero perder a mi única familia. Así que te lo pido por favor: olvídate de esta mierda.
Pongo la cajetilla sobre un armario alejado de su alcance, a pesar de que sé que esconde otras por ahí, a las que tendrá acceso en cuanto me dé la vuelta.
—Voy a ducharme, ¿vale?
Solo recibo un gruñido como respuesta, el cual resulta interrumpido de nuevo por esa maldita tos. Lo miro con desaprobación antes de subir las escaleras que dan a mi dormitorio, pero sé que de nada sirve mostrarme severa.
Una vez arriba, un gato negro como la noche, y con ojos de un verde mágico, sale a recibirme, ronroneando mientras cruza por entre mis piernas.
—Menos mal que te tengo a ti, Linux.
Él me dedica un maullido amistoso.
Me doy una ducha que me proporciona un breve respiro.
Al salir del cuarto de baño, envuelta en una toalla tan rosa como el pelo que llevo recogido en un improvisado moño, me tumbo rendida sobre la cama deshecha, sin importarme que algo de humedad pueda traspasar a las sábanas de florecitas.
Necesito un par de minutos antes de vestirme y bajar.
Observo el exterior ceniciento a través de la ventana. La lluvia es ahora más intensa, y las gotas forman finos regueros que resbalan por el cristal.
Linux trepa hasta mi regazo, agradecido por los mimos que le doy entre las orejas.
De pronto me asalta la impresión de que algo terrible ha ocurrido.
El gato levanta la cabeza y me mira, atento.
¿Acaso él también puede percibirlo? Un escalofrío, junto con una horrorosa sensación de angustia, me invade, y me sorprenden las lágrimas que se deslizan por mis mejillas.
Tardo casi diez minutos en recomponerme, en volver a ser yo.
Me digo que no debo darle más vueltas, que estoy sometida a demasiada presión últimamente: el trabajo, mi padre, su situación… Las preocupaciones son las que desequilibran mi estado de ánimo. Estoy segura de eso.
Me pongo en pie resuelta, para vestirme y preparar un par de tazas de café.
No voy a darle importancia a lo que acaba de suceder.
Café. Eso es lo que necesito.