El caos que nos une (Lo que nos une 1)
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Markus
Estoy eufórico: hoy va a ser un gran día.
Después de meses de reuniones entre Londres y Berlín, con planificaciones imposibles y unos cuantos quebraderos de cabeza, parece que el acuerdo con el inglés va a salir adelante.
John Williams es un tipo duro de roer, además de un tanto excéntrico, pero es un genio, y ambos sabemos que juntos podemos hacer cosas alucinantes.
Mi propuesta para implementar la realidad virtual a la simulación aérea y al entrenamiento de las tripulaciones le encantó, lo que significa que, si trabajamos mano a mano, por fin podré expandir mi empresa y desarrollar otras tantas ideas.
Invertir en este proyecto nos beneficiará a los dos.
Si todo sale bien, podremos formalizar la firma de un contrato para la semana que viene.
Me recoloco los tirantes que he escogido, a juego con el traje y la corbata gris oscuro, y después busco mi iPhone para proponerle cenar esta noche a Elke, una amiga sin compromiso con la que estoy quedando últimamente.
Su respuesta no tarda en llegar: antes de tomarme el primer café del día, ya he recibido su confirmación.
Continúo con el ritual matutino, ajustándome los gemelos en las mangas de la camisa blanca.
Me pongo la chaqueta y busco mis gafas de sol Ray-Ban Clubmaster.
Las necesitaré para conducir hasta el campo de golf de Wilkendorf, a una hora de aquí.
A Williams le encanta jugar, y no me va a poner las cosas fáciles reuniéndonos en un cómodo hotel de Berlín.
Tampoco me importa: a pesar de que es sábado, cualquier excusa es buena para ponerme al volante de mi espectacular coche nuevo, de ese color verde oscuro que tanto me gustó cuando lo vi, con el techo retráctil en negro.
Este último detalle fue una cortesía que le añadió mi hermano, el que más sabe de automóviles de los dos. ¿Qué más se puede pedir?
Decido dar un ligero rodeo para incorporarme a la Autobahn A10, ya que ahí solo hay recomendación de velocidad, no obligatoriedad, y me encanta hacer correr un poco a esta maravilla.
Disfruto del recorrido por la autopista, también conocida como Berliner Ring, con música tecno de fondo, y, cuando la travesía está llegando a su fin, tomo una salida entre bosques.
A medida que voy aminorando, lo veo, pero no lo bastante pronto.
Pese a que no circulo tan rápido, tampoco puedo frenar de golpe.
Cruza la carretera, pero, en lugar de continuar hasta el otro lado, se queda petrificado en medio de la calzada, probablemente asustado al verme. El cervatillo parece mirarme directamente a los ojos, sin entender lo que está a punto de ocurrirle.
Doy un volantazo para esquivarlo, lo que provoca que me salga de la calzada. Me encuentro con un árbol que sorteo como puedo.
A esta velocidad, y en este entorno, pierdo el control del vehículo.
Un golpe.
Otro.
Y otro más.
El puto airbag me pega en la cara.
Siento como si estuviera dando vueltas de campana, o girando sobre mi eje. Tal vez las dos cosas. Todo ocurre muy deprisa, aunque, al mismo tiempo, tan despacio que puedo percibir como vuelan a mi alrededor los cristales que se rompen. Hasta que, por fin, parece que la vida se detiene.
Se hace un silencio sordo y muy doloroso, en el que apenas puedo moverme.
Dirijo los ojos hacia el espejo retrovisor, que, increíblemente, sigue en su sitio, y los clavo en la mirada inocente del cervatillo.
Por suerte, está a salvo. Decide entonces continuar su camino, mientras yo me voy sumiendo en una niebla cada vez más densa y blanquecina, que me aleja de mi propio cuerpo.