El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 64
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Capítulo 64

E l barco se balancea y se inclina; ayudo a Analla a llegar al camarote y la llevo a la cama que Conred preparó para ella.

También le ofreció una barra de jabón y una de sus túnicas, para que pudiera lavarse y cambiarse ese vestido sucio de Doncella de la Noche que llevaba en las mazmorras de Seferin.

Conred es más alto, así que, por supuesto, la túnica es muy grande, el faldón le llega debajo de las rodillas y por el cuello se le ve la clavícula, pero es mejor que nada.

—Toma. —Regreso con Analla después de sacar agua fresca de un barril en una taza de estaño para ofrecérsela—. Bebe, necesitas hidratarte.

Sujeta la taza y toma el agua tan rápido que se le escurre por las comisuras hasta la barbilla. Vuelvo a llenarla y, esta vez, la bebe más despacio. Cuando acaba, deja la taza vacía y deja escapar un suspiro de satisfacción.

—El tipo que nos salvó —dice, mirándome a los ojos—, ¿quién es?

Mi corazón se salta un latido al pensar en Thane.

—Solo… un amigo.

—Los amigos no se abrazan como ustedes lo hicieron —replica, mirándome con sospecha.

—Me ayudó en el viaje, cuando buscaba las piedras de prosperidad —explico, agitando la mano como si no tuviera importancia.

Sin embargo, sí tiene mucha importancia. Una importancia capital, si considero que está sentado justo afuera del camarote.

—Como te dije, es una larga historia. Te contaré todo cuando te hayas recuperado un poco.

Analla me observa con los ojos entrecerrados, como hace siempre cuando quiere averiguar qué me traigo entre manos.

—Lo amas.

No es una pregunta, es una afirmación que hace que mi corazón palpite un poco más rápido.

—¿Qu… qué? —tartamudeo.

Analla se limita a sonreír, tendida de costado con la cabeza en la almohada.

—No… no creo que sea eso…

No puede serlo, ¿o sí? ¿Amar a un asesino, a un asesino de la Sombra? No…

—Por favor. Por la manera en la que te mira y cómo te pusiste al verlo… —reprime una risa—. Reconozco el amor cuando lo veo, hermanita.

Me quedo helada un momento, no sé qué responderle.

—Dioses, odio sentirme tan débil —masculla mientras la tapo con una cobija.

Agradezco que cambie el tema. Me siento en el borde de la cama y ella toma mi mano.

— ¿Estarás bien hasta que lleguemos a Junsho? —pregunto dándole la mano—. Puedo traerte algo de comer.

—No, no. —Parpadea despacio y se acurruca más en la almohada—. Creo que ahora solo necesito dormir.

—Okey.

Aprieto su mano.

—Gracias, Zaira —murmura con lágrimas en los ojos—. Por todo. No sé qué haría sin ti. Te quiero tanto.

Siento una calidez que me hace sonreírle; en ese momento me doy perfecta cuenta de que está de vuelta, que la salvé de Seferin, que ya no tiene la maldición y que se va a recuperar.

Aún hay cosas con las que tendremos que lidiar después, como el gremio de la Sombra y la ira de Seferin, pero por ahora estamos más seguras. Juntas. Era todo lo que quería.

—Yo también te quiero —digo, inclinándome para abrazarla.

—¿Para siempre? —pregunta entre mi cabello.

Me aparto un poco y cierra los párpados despacio, sucumbiendo al sueño.

—Por toda la eternidad —murmuro.

Deja escapar un suspiro largo y satisfecho, y la miro un momento; los músculos de su rostro se relajan poco a poco y cae en un dulce sueño. Me levanto, le doy un beso en la mejilla y volteo hacia la puerta del camarote. Al instante, mi mente regresa a Thane.

Salgo a cubierta y lo veo sentado en una de las bancas; se está curando una herida en el muslo. No tiene puesto el pañuelo ni la coraza, solo lleva una túnica negra con las mangas dobladas hasta los codos, pantalones negros y botas.

Una bruma marina me rocía la piel y mi cabello se mece en la brisa cuando me acerco a él. Levanta la mirada y la fija en la mía.

—Zaira… —dice poniéndose de pie cuando me acerco.

Sin embargo, lo detengo poniendo una mano en su hombro para que vuelva a sentarse.

—No —murmuro—. Estás lastimado.

—No es nada que no haya sentido antes —dice, mirándome con dulzura.

Observo sus otras lesiones. La tajada en el bíceps, la herida en la oreja que ahora está cubierta de sangre. La marca roja en su mejilla, que seguramente se hará un moretón, la mancha carmesí en el ojo izquierdo.

Me mira mientras lo examino y nuestras miradas vuelven a cruzarse.

—Lamento haberte lastimado, Zaira —dice, poniendo una mano sobre mi mejilla.

—Sí. —Pongo la mano sobre la suya y bajo los ojos para evitar la oleada de tristeza que amenaza con inundarme—. Me dolió. Mucho.

Separa las piernas y me acerco para ponerme entre ellas, acariciando su rostro también, tocando la vieja cicatriz que corre sobre sus labios carnosos.

—Pensé que habías muerto —digo con voz temblorosa—. No quería que murieras.

—Hubiera muerto por ti —responde—. Seferin no te hubiera dejado vivir, al menos, no en paz. Si iba a tomar una vida, yo me aseguraría de que fuera la mía. Es lo mínimo que podía hacer para arreglar las cosas.

Paso los dedos despacio por su oreja herida.

—¿En qué habría arreglado las cosas que tú ya no estuvieras? —pregunto tomando su rostro con ambas manos, tratando de que me entienda—. Habría vivido con esa culpa para siempre.

—No habría importado. —Pone una mano en mi cadera—. Tu vida sería mejor sin mí, Zaira, y ambos lo sabemos.

—No digas eso.

—Es verdad.

Mi visión se nubla y me tiembla la boca cuando la emoción me oprime la garganta.

—Pero como ahora estoy aquí —continúa—, como tengo la oportunidad de ver otra vez tu hermoso rostro, de respirar el aire que respiras y de sentir tu piel suave en la mía, pienso pasar todo el tiempo que sea necesario demostrándote que soy digno de tu confianza.

Se levanta con un ligero gemido y ahora se alza imponente por encima de mí. Dejo caer los brazos cuando él toma mi rostro entre sus manos y levanto la cabeza lo suficiente para encontrar sus ojos ámbar.

—Y ojalá, algún día, puedas perdonarme —agrega con voz ronca.

Su aliento cálido se desliza sobre mis labios como una provocación que hace que me arda la sangre en las venas—.

Todo lo que sé es que no puedo seguir mi vida sin ti.

El tiempo que hemos pasado juntos, por breve que haya sido, cambió algo en mi interior, Zaira.

Creía que ya no había nada bueno en este mundo, que no quedaba nada bueno en mí.

Pero entonces, te conocí… esta maldita luz brillante —resopla con una risita—.

Eres el sol que irradia esa luz tan deslumbrante en las partes más oscuras de mi corazón y de mi alma.

—Thane —digo entre dientes, conteniendo las lágrimas.

Mis rodillas se debilitan, mi cuerpo se ablanda, todo porque estoy entre sus brazos; por su voz y el poder de sus palabras.

—Si me das otra oportunidad —continúa—, si me dejas entrar en tu vida otra vez, lo arreglaré, ¿okey? Lo haré mejor, seré mejor por ti.

Las lágrimas se acumulan en las comisuras de mis ojos, haciendo que lo vea borroso.

Este es uno de esos momentos en los que deseo maldecir mi corazón tan sensible, por ablandarse con tanta facilidad, por creer en el poder de la confianza. Mi corazón indulgente que ahora late como un tambor, cada vez más rápido. El corazón que…

Lo ama.

« Lo amas».

Analla tenía razón. No importa cuánto trate de negarlo, de rechazarlo o de fingir que no significa nada para mí, es inevitable porque es imposible rechazar lo que mi corazón desea. Su ausencia me provocó un dolor que nunca había sentido, y una vida sin él se me antoja vacía, deslucida.

Recuerdo la noche cuando lo conocí en el Cristal Inclinado, el vínculo exacto que sentí tan solo verlo.

La necesidad de acercarme a él, como si él fuera la llama y yo la polilla.

Un peligro, sí, pero también un imán. Había muchos otros en la taberna a quienes podría haber pedido ayuda, pero lo elegí a él.

El viaje en la carroza en Bernwood, cuando sentí que mi corazón cobraba vida por primera vez en el momento en el que me besó.

Y en Gadonia, cuando mi corazón volvió a sobresaltarse con su beso en la galería de arte; y cuando estalló después mientras nos abrazábamos entre sábanas suaves y cobijas, sin desear nada más que uno al otro.

Su risa y los raros momentos en los que me mostró su lado vulnerable y yo el mío.

La manera en la que su mirada se suaviza y yo bajo la guardia entre más tiempo pasamos juntos…

Y ahora esto, los dos de pie, uno frente al otro. No deseo nada más que besarlo mil veces y gritar: « ¡ Sí! ». Lo que siento por este hombre es pasión real, cruda y profunda. Mi alma anhela la suya; ansía cada parte de él.

¿Cómo puedo alejarme de él otra vez cuando provoca es te hermoso caos en mi interior? ¿Cómo puedo huir del hombre que tiene en sus manos mi corazón desnudo y está tan desesperado por sanarlo?

Todos cometemos errores.

Lo sé, y aun así fui muy dura con él. Ni siquiera le di la oportunidad de que se disculpara correctamente, aunque sabía cuánto quería hacerlo.

Deseo creer que tenía buenas intenciones al no decirme lo de las piedras, que solo actuó de forma equivocada. ¿Y cómo culparlo? Después de todo lo que ha vivido y toda la oscuridad que ha enfrentado, todo lo que ha perdido, ¿cómo puedo culparlo por algo que probablemente era instinto?

—Júrame que nunca me volverás a mentir —le pido, agarrándolo con fuerza por la túnica—. Júrame que nunca me traicionarás otra vez, Thane. Si lo que quieres es recuperar mi confianza, necesito que lo digas ahora.

—Nunca te volveré a mentir, Zaira. —Mi corazón da un vuelco cuando me toma por la barbilla para levantar mi cabeza un poco más—. Preferiría sufrir una muerte miserable que siquiera pensar en romperte el corazón otra vez.

Cada una de sus palabras me hace sentir mariposas en el estómago y calor en el pecho. Suspiro cuando se inclina para besarme con mucha suavidad; pero cuando me dice en los labios «Por favor, perdóname, sol mío», me derrito.

Su sol. Su luz.

Cierro los ojos y lágrimas calientes ruedan por mis mejillas mientras le devuelvo el beso con urgencia; rodeo su cuello con mis brazos y nuestros cuerpos se fusionan.

El mar ruge a nuestro alrededor, y a pesar del balanceo del Emellie, nos mantenemos firmes.

Sus manos recorren las curvas de mi cuerpo, bajan desde mi cintura y aprietan mis caderas; gimo cuando nuestras lenguas se encuentran.

El barco se mece con más fuerza y Thane trastabilla un poco. La parte posterior de sus piernas golpea contra la banca y lo obliga a sentarse. Aun así, nuestros labios apenas se separan.

Me siento a horcajadas sobre él; amo su sabor, sentir sus manos largas y cálidas, la manera en la que mi corazón se inflama y se siente renovado solo por tenerlo cerca.

Por más que quiero continuar y buscar la primera habitación vacía, recurro a toda mi voluntad para calmarme. Me alejo de su beso y aparto sus manos de mis nalgas.

—Bien. Te daré otra oportunidad. Pero esta vez haremos las cosas despacio.

—Sí. —Traga saliva y asiente con los labios hinchados y húmedos—. Te daré todo el tiempo que necesites, el resto de mi vida si me lo permites, dulzura.

Sonrío y le doy otro beso en los labios; creo en la verdad de cada una de sus palabras.