Capítulo 63
E scapar con mi hermana es tanto aterrador como emocionante. Saber que la tengo al alcance de la mano y que corremos hacia un lugar seguro, me brinda más paz de la que debería en este momento tan peligroso.
Supongo que todos los peligros que enfrentamos antes hacen que esta loca carrera me parezca insignificante en comparación.
Incluso las ramas de los árboles que rasguñan mi cara, los arbustos espinosos que raspan mis brazos, las hojas que se enredan en mi cabello y las telarañas que se pegan a mi piel… no me importan en absoluto.
—¡Por aquí! —grito, dando vuelta bruscamente a la derecha en un claro.
No estoy segura cuánto tiempo hemos corrido, quizá diez o quince minutos, hasta que al final veo a lo lejos un rastro de linternas que marca el camino a Meriva. Ya casi llegamos.
—¡Espera! —jadea Analla.
Se detiene para apoyar una mano en el tronco de un árbol.
—Analla, no podemos parar. Tenemos que salir de esta tierra maldita ya.
—Lo… lo sé. Es solo que… Mi cuerpo sigue débil, Zaira.
Me mira, sus ojos castaños están nublados y respira con dificultad. Trago saliva, volteo a ver alrededor y corro a su lado.
—¿Por lo menos puedes caminar? —pregunto, pasando uno de sus brazos sobre mis hombros.
—Sí —responde asintiendo.
—Bien, porque no podemos quedarnos aquí. Es probable que Seferin haya mandado a gente a perseguirnos en este momento.
—Sombras del demonio —maldice.
Sombras del demonio, tiene razón. Si no nos alejamos del Nido de la Sombra y nos acercamos a Meriva, ambas moriremos, si no a manos de Seferin, entonces a manos de uno de sus secuaces.
Por fortuna, Analla puede continuar. No tomamos el sendero alumbrado.
Es demasiado obvio y para nosotras es mejor permanecer escondidas en lo profundo del bosque.
Me mantengo alerta y tomo un camino por la espesura, paralelo al sendero iluminado.
La sostengo con firmeza conforme serpenteamos entre los gruesos troncos de los árboles.
Los búhos ululan y el menor ruido la hace soltar un gritito, pero yo continúo.
No miro hacia atrás, eso solo nos retrasaría.
Continuamos conforme pasan los minutos. Sé que estamos más cerca de Meriva cuando un fuerte gong resuena en mis huesos: el reloj que marca la siguiente hora. El camino de linternas termina y, al salir de los árboles, podemos ver casas y otras construcciones.
—Ya casi llegamos —digo—. Solo tenemos que llegar al puerto.
Analla aparta el brazo de mis hombros y tomo su mano.
Se aferra a ella y avanzamos sobre los adoquines resbaladizos con la mirada atenta.
Al adentrarnos en la ciudad, pasamos frente al Cristal Inclinado; por el escaparate veo a Bolivar, está de pie detrás de la barra, limpiando un tarro con un trapo.
Habla con un cliente que está sentado en un banco frente a él y hace gestos animados con las manos.
No se da cuenta de que pasamos delante, pero Migaja sí.
Me siento muy culpable por tener que ahuyentarlo, pero debemos pasar inadvertidas.
Luego llegamos a la Torre de Harina y, en ese momento, cuando pasamos el oscuro edificio de piedra, siento una opresión en el pecho. Imagino el aroma del pan caliente, del té infusionado y la luz del sol sobre mi piel cuando entra por el vitral.
Mis ojos se nublan, pero no tanto como cuando pasamos frente al centro para refugiados.
Por una fracción de segundo me detengo y observo la enorme puerta doble de madera; deseo tanto entrar y abrazar a cada uno de los niños.
Abrazar a la directora y despedirme de ella, porque eso es: una despedida.
Arriesgué todo para salvar a Analla y ahora un poderoso hechicero Sombrío y el gremio de la Sombra harán de nuestra cacería su misión.
Alzo la vista hacia el techo alto, desde el que Thane saltó al día siguiente de que nos conocimos. Parpadeo deprisa y respiro hondo. Gracias a él ahora puedo estar aquí con mi hermana. Mi plan no hubiera funcionado sin él. Sin duda, más guardias escucharon la pelea y pululan por el lugar.
¿Y si lo mataron ? ¿Y si no puede ganar la pelea esta vez?
« Orvena, por favor, que sobreviva».
—¿Z? —me llama Analla, jalando mi mano—. ¿Estás bien?
Volteo a verla, pero apenas puedo distinguirla entre las lágrimas. Sorbiéndome la nariz, las enjugo con el dorso de la mano.
—Sí. Estoy bien. Solo…
Cierro los ojos y el dolor en mi pecho se acentúa hasta llegarme al corazón.
—Ay, hermanita —murmura abrazándome—. Perdóname por haberte metido en todo este lío.
—No pasa nada. Estoy bien. —Levanto la barbilla y puedo ver adelante el barco de Solyen; sus velas se hinchan al viento—. Vamos. Debemos irnos.
El barco rápido de Solyen está amarrado en el mismo lugar. La pasarela sigue puesta, así que tomo la mano de Analla y nos apresuramos a abordar. Conred está sentado en una de las bancas, tallando un pedazo de madera.
—¡Zaira, ahí estás! —dice, colocando el cuchillo y la madera en la banca.
—Hola, Conred. ¿Solyen está a bordo? Necesitamos irnos ahora. Ahora mismo.
—Solyen fue a una de las tabernas. —Conred voltea a ver a Analla y la examina rápido con el ceño fruncido—. ¿Quién es ella?
—Mi hermana, Analla. ¿Cuándo volverá Solyen? —pregunto.
—No estoy seguro.
—Dioses, no. Dijo que estaría aquí cuando yo regresara. Sabía que teníamos que irnos de inmediato.
—Sí, bueno, ya sabes cómo se pone cuando necesita un trago —responde Conred encogiéndose de hombros como si no fuera gran cosa.
—¿Qué taberna? —pregunto.
La dureza en mi tono hace que Conrad vuelva a fruncir el ceño.
—Zaira, ¿estás bien?
—¿Qué taberna, Conred?
Traga saliva.
—No estoy seguro. ¿Todo está bien?
—No, nada está bien. Necesitamos salir de aquí tan pronto como sea posible, de lo contrario…
Un momento. ¿Y si Thane estuviera justo detrás de nosotros? Quizá podamos esperar un minuto o dos solo para asegurarnos.
Busco en los muelles su silueta familiar, un destello dorado, cualquier cosa que pueda probar que está cerca. Pero no veo nada. Mi corazón se encoge tanto que creo que se va a colapsar.
Quería que me ayudara, pero no quiero que muera. No importa cuán enojada esté, me devastaría si muriera.
—¡Ahí estás, pequeñita! —resuena la voz de Solyen.
«Gracias, Orvena » —. ¡Estábamos a punto de irnos sin ti!
¡Dijiste dos horas máximo! ¡Me dieron ganas de tomar un trago!
—Tiene un tarro en la mano y, conforme se acerca a nosotros, un poco de cerveza se derrama del borde—.
Conred, hay dos barriles de cerveza al otro lado de la pasarela. Ruédalos a bordo, ¿sí?
Cambio el peso de un pie a otro. Por más que deseo esperar a Thane, no puedo arriesgarme. Por otro lado, lo más probable es que él tampoco quiera que lo haga.
—Solyen, tenemos que irnos ya —suplico, temiendo que los hombres de Seferin ataquen el muelle en cualquier momento.
—Sí, sí. Te oigo. ¿Esta quién es? —pregunta con los ojos fijos en Analla.
—Mi hermana, Analla.
Solyen nos mira como si quisiera preguntar algo, pero no tiene la paciencia para escuchar la respuesta.
—Bien —dice avanzando con pesadez, dándole un trago a su cerveza—. ¿Adónde ahora?
—Junsho, por favor.
—Serán más monedas, ¿entendido?
—Sí, claro. Solo vámonos rápido, por favor.
Me sujeto de la barandilla áspera del barco para dejar de temblar. Por mucho que necesitemos huir antes de que Seferin nos encuentre, algo en mí se aferra a la esperanza de que el único hombre capaz de desarmarme por completo siga con vida y aparezca caminando tranquilamente por la pasarela.
Sigo sin ver nada a lo lejos. Suspiro y Solyen empieza a gritar órdenes a su tripulación.
—¿Debería manejar un barco si está borracho? —pregunta Analla.
—Confía en mí, siempre está borracho —explico—. Estaría más preocupada si estuviera sobrio.
Doy media vuelta y me recargo contra la barandilla; veo a Conred, va a media pasarela con el segundo barril.
—Oh, no —dice Analla tras un momento de silencio. Me jala de una manga y abre mucho los ojos—. Creo… creo que nos encontraron, Z.
Contengo el aliento y volteo para ver una silueta oscura que sube corriendo por la pasarela. Por un segundo creo que tiene razón, que es un asesino del gremio de la Sombra.
En ese momento, sus manos giran, doradas, y sus ojos brillan mientras impulsa a Conred y al barril por la pasarela hasta el barco con una ráfaga de magia. Conred cae sobre el barril de cerveza y rueda sobre la cubierta del barco al tiempo que maldice a Thane a gritos.
Me sorprende que puedo mantenerme lo suficientemente firme para no desplomarme del alivio.
«Santo Cristal». Lo logró. Thane ha vuelto. Sobrevivió.
—Pero, por Xaimur, ¡qué demonios…! —Solyen ni siquiera puede terminar la frase porque una estrella arrojadiza se clava en la viga de madera justo sobre su cabeza.
Thane lanza una enorme espiral dorada al grupo de hechiceros con capuchas negras y corazas que están en el muelle y se dirigen a toda carrera hacia el barco, luego crea un grueso muro de fuego que se eleva hasta el cielo y los hechiceros dan un salto hacia atrás, mirando con furia las llamas que iluminan sus ojos.
Pero uno de ellos, en el centro, se mantiene firme y con los puños apretados. Unas volutas moradas envuelven sus manos y se arremolinan en sus ojos; es de complexión más delgada que la de los otros seis del gremio.
—¡Ey! —grita alguien.
Volteo y dos guardias de Meriva corren hacia el caos, espadas en ristre.
La persona con la esencia morada gira despacio la cabeza y en ese momento veo una trenza gruesa y sedosa sobre su hombro.
Es una mujer. Alza una mano y lanza una ráfaga hacia los guardias que los desintegra hasta convertirlos en cenizas.
Cenizas, literalmente. Así nada más. Sin ningún esfuerzo.
No tengo mucho tiempo para pensar en el hecho de que hay muchos más miembros del gremio de la Sombra al otro lado del fuego creciente que produce Thane, ya que en ese momento él grita:
—¡No puedo detenerlos más tiempo! ¡Mueve este maldito barco!
Podría jurar que Solyen recobra la sobriedad al instante, deja caer su cerveza y corre hacia el timón. De inmediato, el barco se sacude; Analla se estrella contra mí y salimos volando hacia el camarote central, donde golpeo la puerta con la espalda.
—Mierda —masculla, jalándome del brazo.
Me acerca a su lado justo antes de que el barril de cerveza ruede en nuestra dirección y se estampe contra la puerta del camarote.
—Por el Cristal —jadeo al ver que la madera se astilla y el líquido empapa la cubierta en todas direcciones.
Escucho que Thane se queja y veo que sus brazos tiemblan mientras los sostiene en el aire, tratando de mantener el fuego. Desde donde estoy, puedo ver un reflejo color lavanda que corta las llamas, y la mujer pasa entre ellas, espada en mano.
Thane ruge con más fuerza y mantiene su postura.
El fuego la envuelve, pero ella lo combate con un escudo color lavanda.
Luego, cuando ya estamos muy lejos y nuestros atacantes no son más que manchitas, Thane baja los brazos y deja caer con brusquedad las palmas en la barandilla del barco.
Jadea con la cabeza agachada, tratando de respirar hondo.
Aturdida, me paro en medio de la cubierta conforme Meriva se aleja cada vez más; los capiteles del Palacio de Cristal brillan bajo la luz de la luna.
El gremio de la Sombra no parece ser más que hormigas que se dise minan, probablemente para regresar a la fortaleza de Seferin.
Saben que no pueden quedarse en Meriva mucho tiempo, sobre todo después de matar a dos guardias.
Cuando ya estamos seguros y lejos del reino, Thane baja las defensas y da media vuelta para verme a los ojos.
Nos miramos fijamente.
El alivio y la euforia me invaden, mi sangre palpita por la adrenalina; cruzo corriendo la cubierta y rodeo su cuello con los brazos.
Me abraza y me estrecha con fuerza, suspirando satisfecho sobre mi hombro.
—Aquí estoy. Te tengo —dice.