Capítulo 61
N o se puede negar que Seferin es un hombre apuesto. Puedo ver por qué Analla se sintió tan atraída por él, sobre todo porque le gustan los hombres poderosos con rasgos enigmáticos.
Seferin tiene una mandíbula fuerte, labios carnosos rosados y las orejas un poco puntiagudas.
Parece joven, aunque todos sus ademanes son practicados y tranquilos, como si llevara años, muchos años deambulando por Thelanor.
Es posible que su aspecto joven tenga algo que ver con su práctica de magia negra.
Sin embargo, en sus ojos no hay más que maldad pura. No puedo creer que Analla no percibiera esa malevolencia a primera vista. Este hombre es un xerven andante.
—Vaya, vaya. Hola. —La sonrisa de Seferin, con dientes afilados, me pone la piel de gallina—. Eres Zaira, ¿cierto?
Trato de no reaccionar por el hecho de que conoce mi nombre y levanto más la daga.
—Sé que tienes a mi hermana en tus mazmorras y quiero que salga.
Uno de los guardias se abalanza sobre mí, pero agito la daga en un movimiento que Rynthea me enseñó y lanzo una cuchillada hacia su rostro. La sangre que brota escurre por su mejilla.
—¡Perra! —vocifera y me toma por el brazo para jalarme hacia él—. Voy a disfrutar cuando te mate, maldita —me escupe en la cara.
—No, no. Suéltala. —La voz de Seferin suena demasiado relajada, si consideramos que acabo de atacar a uno de sus guardias.
Me alejo del guardia con una mueca y me concentro otra vez en Seferin, con la punta de mi daga hacia él.
Seferin da un paso adelante y ladea la cabeza, estudiando mi arma.
—¿Un regalo?
—¿Qué? —pregunto confundida.
—Esa es una daga de los Divinos, ¿o no?
Levanta una mano y la daga sale volando de la mía para aterrizar en la suya. La atrapa por el filo de la hoja y envuelve el metal en su mano para examinar la empuñadura. No sangra, a pesar de lo afilada que está.
—Ah. —Seferin ríe para sus adentros—. Sí. Puedo sentir su magia. Perteneció a Thane Valkor.
Mi corazón se acelera al escuchar el nombre de Thane. ¿Puede percibir su magia? ¿Significa que sabe que Thane está cerca o solo lo percibe en el arma porque le perteneció?
—Ustedes dos —dice Seferin dirigiéndose a los hombres, sin quitarme la mirada de encima—. Váyanse.
Los guardias se alejan por el corredor sin dudarlo. Luego, Seferin aparta la vista para dirigirse a la puerta de doble hoja y abre una de ellas por completo.
—Pasa. —Hace un gesto hacia el interior—. Hablemos sobre tu querida hermana… y aquello que tienes y que yo necesito.
Tengo la garganta seca y trago saliva para humedecerla.
El pulso me retumba en los oídos, avanzo arrastrando los pies y paso frente a él para entrar a la sala. Sin embargo, tan pronto como estoy dentro, todo el aire abandona mis pulmones. De pie cerca de la ventana con el ceño fruncido, se encuentra Maliek.
Cruza los brazos sobre el pecho; lleva el rostro cubierto y entrecierra los ojos azules. Si las miradas mataran, sin duda yo estaría muerta, igual que se supone que él debería estarlo.
Carajo.
Su presencia arruina mi plan. No contaba con él. Por todas las sombras, ¿cómo es posible que esté aquí?
Me paso una mano por la frente; siento que el calor aumenta en el centro cuando se activa el hechizo de Thane para ampliar la mente. «Thane, tenemos un problema. Maliek está aquí».
La desventaja de este hechizo es que él puede oírme, pero yo no a él.
—Siéntate, por favor.
Seferin pasa a mi lado y se sienta en una gran silla forrada de piel que está detrás del único escritorio en la habitación. Su andar es lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
No me atrevo a moverme. Solo miro a Maliek fijamente, esperando que cruce la sala a toda carrera para acuchillarme igual que yo lo acuchillé en el templo. ¿Cómo pudo Seferin traer su cuerpo hasta aquí desde Aguas Poco Profundas tan rápido? ¿Cómo es posible que siquiera esté aquí de pie?
—No te preocupes. No te hará daño —me informa Seferin.
—¿Cómo está aquí? —Me alegra que mi voz no vacile.
—Te sorprendería lo que mi magia puede hacer.
Seferin señala una de las sillas al otro lado de su escritorio.
Miro otra vez a Maliek antes de moverme con cuidado y sentarme. Las puertas del despacho se vuelven a abrir y dos Doncellas de la Noche enmascaradas entran contoneándose. Una se acerca seductora a Maliek, mientras la otra camina provocativa, como un felino, en dirección de Seferin.
—Necesitamos más —dice la chica, cayendo de rodillas junto a la silla de Seferin.
Tiene las pupilas dilatadas y también parece como uno de los xerven de Xaimur.
—Ahora no. Vete —responde Seferin despidiéndola con un gesto de la mano.
Hace un puchero y luego me fulmina con la mirada, como si yo fuera el motivo por el que le niegan su dosis.
Cuando se levanta y se reúne con la otra chica, abrazan a Maliek como serpientes seductoras. Él no reacciona, ni siquiera baja los brazos. Está muy ocupado en mirarme con furia.
—El Maliek al que mataste en esa isla está muerto —explica Seferin.
Volteo a ver al hechicero que está detrás del escritorio.
Está recargado en el respaldo de su silla y me examina con una mirada oscura e intensa—.
Pero es bueno que tenga un frasco de su sangre para crear uno nuevo.
Perder un soldado tan dotado como él sería un gran desperdicio.
Y nada menos que por culpa de una mortal.
Alzo la barbilla.
Las comisuras de los labios de Seferin se levantan en una suerte de sonrisa sarcástica.
—Me intrigas, Zaira Quinlocke.
Me cuesta mucho trabajo tragarme el sabor amargo en la lengua.
—Ah, ¿sí?
—Por completo. No conozco a muchos mortales que arriesgarían su vida para conseguir una piedra en Aguas Poco Profundas, que ni siquiera saben con certeza que se encuentra ahí.
—Era mejor que no hacer nada.
—¿Y cómo te sentiste cuando te enteraste de que ya se las habían llevado? ¿Cuando te diste cuenta de que Valkor te ocultó esa información desde el principio?
Estúpida. Patética. Furiosa. Con el corazón roto.
Aprieto el puño sobre mi regazo.
—No cambies el tema. Quiero que liberes a Analla.
—Si no fuera una puta ladrona, no estaría en esta situación.
Tengo que hacer un gran esfuerzo para no replicar. Está tratando de sacarme de quicio. Lo sé por la manera en la que se ensancha su sonrisa socarrona, por cómo me mira esperando una reacción.
Me niego a hacerlo.
—Me informé de todo lo que hay que saber de ti en el momento en el que supe que viajarías con Valkor.
—Seferin se levanta de la silla y rodea el escritorio; no camina, es como si se deslizara con las manos encontradas mientras presiona las yemas de sus dedos —.
Una niña tan simple con un pasado tan trágico.
Solo quieres cosas buenas para ti y para tu hermana.
Una niña refugiada. Una huérfana. Horneas pan y pasteles para vivir, por los dioses.
No deberías enredarte en el caos que él ha creado.
Pero al final casi consigues lo que él quería, ¿verdad? ¿El libro de Azidel?
Aprieto los labios, me niego a responder.
—No te preocupes. Sabía que eso era lo que buscaba.
Y creo que sé por qué estás aquí. —Se detiene a mis espaldas; huele a vino y metal.
Es extraño, considerando que no lleva nada de metal encima.
Luego me doy cuenta de que se trata de un metal en particular: cobre.
El olor de la sangre. Trago saliva—. Pero no quiero adelantarme; mejor, dime por qué viniste hasta aquí, Zaira.
—Puedo darte el libro —respondo con voz firme—. A cambio, tú liberas a mi hermana.
—¿Dónde está el libro?
—Lo escondí, pero si la liberas, puedo llevarte a él.
—Mmm…
Seferin se hace a un lado. Lo miro. Él observa el librero que está detrás del escritorio, lleno hasta el tope de libros encuadernados en piel. En un abrir y cerrar de ojos se aparta de mí y se teletransporta al otro extremo de la habitación antes de que me dé cuenta.
—¿Sabes? Durante un tiempo no pude averiguar qué pensaba Valkor yendo a Aguas Poco Profundas.
Luego comprendí que iba por el libro. Imaginé que, seguramente, no tendría éxito.
Ningún hechicero en sus cabales consideraría que el riesgo valía la pena, y no creía que existiera un mortal cuya sangre fuera lo suficientemente valiosa como para obtener el libro de Azidel.
Incluso si hubiera alguno, ese mortal tendría que estar cien por ciento dispuesto a ofrecer su sangre para conseguirlo. ¿Sabes lo que eso significa, Zaira?
Giro en mi silla.
—No.
—Significa que no se puede obligar a un mortal a que entre al Templo de Elfar y lo obtenga para dárselo al hechicero.
El mortal debe entrar voluntariamente y debe confiar en el hechicero que lo llev ó hasta ahí.
Si cualquier persona fuera capaz de conseguirlo, se habrían llevado el libro hace mucho tiempo.
Pero no. —Seferin agita el índice en el aire con una sonrisa maliciosa—.
Esta persona debe estar ahí porque es lo que desea con toda su alma.
Esta persona debe tener más esperanza que miedo en su corazón, y aún menos odio.
El libro buscaba la sangre de un mortal que se preocupara por otro mucho más de lo que se preocupaba por sí mismo, como lo hizo la esposa de Azidel.
Frunzo el ceño, confundida. Al percibirlo, Seferin continúa.
—Por si no lo sabías, la esposa de Azidel era una mujer altruista.
Arriesgó su vida para poder salvar la de Azidel, para que tuviera tiempo para poner a salvo el volumen en el templo antes de que Xaimur fuera por él.
Gracias a su sacrificio, Azidel triunfó.
Y todo este tiempo, tú estuviste a su mismo nivel.
—Seferin emite una risita malévola—. Si hay algo que tiene Valkor es que siempre ha sido un alumno perfecto.
Siempre ha entendido las situaciones más complejas y ha recordado los más mínimos detalles.
También es excelente cuando se trata de hacer que la gente confíe en él.
Después de todo, lo dejamos pasearse con libertad entre nosotros, solo para que de pronto masacrara a casi la mitad de nuestro gremio.