El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 60
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Capítulo 60

A l bajar por la pasarela del barco en Meriva, advierto que las calles de Los Comunes se ven igual que cualquier otra noche.

Algunas personas caminan solas por las calles adoquinadas, los mercaderes cierran sus tiendas y el aroma familiar del canal de agua salada me pica la nariz cuando paso junto a él.

Siento frío y busco en mi mochila una túnica de manga larga. Es de poca ayuda; supongo que debería disfrutar esta frescura porque me hace sentir algo. Me recuerda que sigo aquí, que aún soy capaz de corregir la situación.

Alguien avanza a mi lado, a mi ritmo. Miro a la izquierda, Thane asiente y luego desaparece por completo, con un hechizo de opacidad mejorado. Lo mejor es que nadie en el reino lo vea. No quiero que Seferin reciba ninguna advertencia o información sobre la presencia de Thane.

Disminuyo el paso cuando me acerco a un callejón familiar y me dirijo hacia él . Aquí está más oscuro debido a las casas apretujadas de varios pisos que dan a la calle. No es precisamente Los Despojos, pero se parece bastante.

Al final del callejón hay una puerta abierta, de cuya parte inferior salen volutas de humo rosa que lamen el piso.

Entro a la botica de la hechicera y veo a una mujer detrás del mostrador que lleva una pañoleta gris en la cabeza.

En su hombro está posado un búho blanco con ojos pequeños y brillantes que me mira igual que la mujer.

—Bienvenida otra vez —me saluda la hechicera con voz rasposa.

Asiento a modo de saludo.

Vine varias veces con Analla, casi siempre para adquirir elíxires curativos, medicinas y cosas por el estilo.

La tienda está abarrotada con todo tipo de cristales y baratijas.

En una pared se alinean pieles de animales y bestias, y en el techo flotan esferas rosas.

El olor a azufre apenas se oculta detrás de una fuerte fragancia floral.

Detrás de ella hay un estante con muchos frascos llenos de líquidos de todos los colores.

Me acerco al mostrador, meto la mano en mi bolso y le pido uno de los frascos. Curiosa, me mira arqueando una ceja antes de dar media vuelta para tomar uno que contiene un líquido morado oscuro.

—Tienes grandes planes, ¿verdad? —pregunta deslizando el frasco sobre el mostrador.

Pongo las monedas en su mano.

—Sí.

Tomo el pequeño frasco y examino el brebaje que se arremolina en su interior.

Ella cierra el puño sobre las monedas y las mete en un saquito que lleva atado a la cintura.

—Gracias —agrego.

—Úsalo con prudencia, pequeña mortal —me advierte cuando doy media vuelta para salir.

Miro por encima de mi hombro y veo que sonríe con suficiencia mientras acaricia el pecho del búho con un dedo.

Thane pasa a mi lado cuando salgo de la tienda de la hechicera. Nuestras miradas se encuentran y meto el frasco en mi bolso. Espero a que reúna todo lo que necesita y luego nos dirigimos a Los Despojos.

Cuando llegamos a la zona marginada del reino tengo la nariz entumecida.

Hay varias personas, pero casi ninguna de ellas se molesta en mirarme.

Por suerte, tampoco aparece ningún skrellin.

Hubo una época en la que me daba mucho miedo caminar por aquí, pero ahora nada puede asustarme más que Aguas Poco Profundas.

En fin, nada salvo perder a mi hermana por ese maldito hechizo.

Una línea de árboles y matorrales marca el final de Los Despojos; me abro paso entre ellos, saltando las gruesas raíces y apartando las telarañas.

Cuando por fin me detengo en el bosque, fuera de la vista, Thane se quita el hechizo de opacidad y le doy el frasco.

De inmediato pone manos a la obra: se agacha sobre una rodilla y en el suelo coloca el frasco y los otros objetos que adquirió.

Con una mano sobre el frasco, murmura un encantamiento en voz baja dos veces hasta que el elíxir brilla en la oscuridad.

Recoge el frasco y me lo ofrece.

—Su efecto se acabará media hora después de que se active, así que no lo uses hasta que hayamos llegado a la fortaleza.

Asiento, apretando el frasco en mi mano.

Caminamos como una hora por el sendero que ya me es familiar; mis párpados se vuelven más pesados y mi cuerpo está agotado, pero me niego a parar hasta que veo el Nido de la Sombra.

Cuando me acerco, escucho música rápida de cuerdas y gente que platica. El lugar está animado, como cada noche. No puedo evitar pensar que solo un hechicero corrupto como Seferin elegiría vivir en un sitio que alguna vez fue conocido como Acre Hueco.

Las leyendas dicen que un hechicero negro realizó aquí un ritual hace siglos, en un intento por convertirse en dios.

El ritual salió mal y abrió un agujero entre el Reino de Cristal y el de la Sombra que mató a todos los seres que vivían en el área.

En un pilar de piedra a poca distancia del Nido de la Sombra grabaron una advertencia: «Quienquiera que reclame esta tierra caerá en quince días».

Desde entonces, ningún reino ha osado reivindicar ese terreno, porque creen que quienquiera que lo haga recibirá la maldición y caerá. Ni siquiera los salvajes líderes de Ruvain son lo suficientemente insensatos como para intentarlo.

Pero Seferin… en fin, no me sorprende que él, un hombre con hambre de poder que piensa que puede desafiar las adversidades, haya echado raíces aquí.

En esta tierra pasan muchas cosas malas, inenarrables, según mi hermana. A menudo se encuentran personas que cuelgan de las ramas de los árboles cuando pasan la noche aquí. Nadie sabe cómo terminan ahí, puesto que ninguna estuvo de visita en el Nido de la Sombra.

Son solo cadáveres al azar.

De pie en un terreno que palpita oscuridad, observo de nuevo esta fortaleza e imagino a Thane y a su hermano, Koa.

Apuesto que fue aquí donde Seferin los tuvo esas últimas noches, e incluso la noche en la que los ayudó a escapar del Palacio de Cristal después de que robaran la Piedra Partida de la bóveda.

Siento una opresión en el pecho cuando pienso en Thane, quien se adelantó, cubierto por su hechizo de opacidad. «Orvena, por favor, haz que esto funcione».

Por el rabillo del ojo advierto a dos guardias enmascarados que patrullan a lo largo del puente pavimentado que conecta a la fortaleza. No están armados porque, siendo hechiceros, sus manos son sus armas.

Cerca de ellos veo un destello de luz dorada y, tras varios gemidos de dolor, Thane aparece en el lugar donde antes estaban los guardias. Levanta el pulgar para confirmar que los apartó del camino y que la vía está despejada.

Bien. Ahora debo entrar.

Cruzo corriendo el campo hasta llegar a la fortaleza, donde presiono la espalda contra un muro. Trato de utilizar la puerta de la cocina otra vez, pero está cerrada con llave.

—Demonios —mascullo.

Rodeo un poco más el edificio y me encuentro una pequeña ventana que está a pocos metros sobre el nivel del suelo; estoy segura de que lleva a las mazmorras o al menos me acercará a ellas.

Rompo el vidrio de un codazo y espero un momento, mirando alrededor para asegurarme de que nadie lo escuchó. Thane debe estar manteniendo el área despejada. Cuando no veo a nadie, alejo el resto de los vidrios con el pie y me escabullo en el interior.

Me apresuro hacia la celda de Analla y mi corazón se estruja cuando la veo. Está tendida sobre un costado y respira con dificultad. Casi todo su cabello es gris, tiene la piel seca y los labios partidos.

—Analla —murmuro.

Ella no se mueve. Mi corazón empieza a latir con más fuerza.

—Analla —repito con los ojos ardiendo por las ganas de llorar.

Un gemido débil sale de su boca y se mueve un poco. Lanzo un suspiro de alivio. Aún no ha muerto. Gracias, diosa.

Se mueve con lentitud y cuando sus ojos cansados me miran, se abren enormes por la sorpresa.

—Zaira. —Su voz es ronca, débil.

Me sujeto de los barrotes mientras veo cómo recurre a todas sus fuerzas para incorporarse. Gatea hacia mí haciendo un gran esfuerzo. Cuando se desploma lanzo un gritito, pero trata de levantarse de inmediato, hasta que al fin llega a los barrotes y tomo su mano. Está helada.

—¿Qué haces aquí? —pregunta en un murmullo seco.

—Vine a salvarte —respondo, dejando escapar una risa triste.

Ella no sonríe. No creo que tenga energía para hacerlo.

Está muy delgada, su rostro está demacrado y unos círculos negros rodean sus ojos.

Alrededor del cuello tiene moretones púrpuras del tamaño de huellas dactilares.

Siento escalofríos al verlos, odio pensar que la han maltratado, que la han torturado.

Por suerte, sus ojos siguen teniendo un poco de calidez, con el mismo color castaño hermoso.

Miro el cristal de lifanet en un rincón, el que contiene el desgraciado maleficio que le lanzó Seferin. Lo observo durante mucho tiempo y mi labio empieza a temblar.

—Traté de encontrar una piedra de la prosperidad, pero hace mucho que ya no existen.

—Mi voz se quiebra y miro nuestras manos; las suyas están flojas entre las mías.

Mis lágrimas empiezan a brotar cuando siento su peso mientras recuerdo todo lo que sucedió en el templo—.

Pensé que funcionaría. Fui una tonta optimista.

—Ey, no. —Traga saliva con fuerza—. No llores —agrega en un gemido pasando ambas manos por los barrotes para tomar mi rostro—.

Debí renunciar a mi empleo cuando me lo dijiste, ¿verdad?

—ríe, pero sin alegría, sin humor. Sus labios tiemblan y deja caer las manos, sin fuerza—.

No es tu responsabilidad salvarme. Es momento de irme.

—No puedo perderte a ti también —digo aferrándome a su brazo—. Me quedaré sin nadie.

—Eso no importa, tú tienes un espíritu brillante. Muchas personas acudirán a ti. —Me ofrece una sonrisa débil—. Eres la hermanita más adorable y más inteligente que existe, hasta cuando eres un verdadero dolor de cabeza.

Dejo escapar una risita y presiono la frente contra los barrotes, igual que ella. Nos quedamos un momento en silencio, salvo por mis leves sollozos.

Como si fuera un ancla, siento el peso de mi plan y me enjugo las lágrimas.

—Como te dije, no puedo perderte. Prometí que te sacaría de esto y yo nunca rompo una promesa.

Frunce el ceño, yo me alejo y me pongo de pie.

—¿Qué estás diciendo? —carraspea—. Ya no hay nada que puedas hacer, Z. Es el fin.

—No.

Miro a un extremo de las mazmorras. Creo que puedo encontrar otra vez la puerta roja y escabullirme por ahí.

Busco en mi bolso y saco el frasco que la magia de Thane mejoró.

Le quito el corcho y me tomo el líquido de un trago.

Baja por mi garganta, viscoso, asqueroso. Miro a Analla, parece confundida.

—¿Qué acabas de tomar? —pregunta. Luego abre los ojos muy grandes, aterrada—. No. ¿Qué acabas de hacer? —dice en un quejido.

—Tengo un plan para sacarte de aquí, pero no tengo tiempo para explicártelo. Tendrás que confiar en mí.

—¿Qué plan? —pregunta con los ojos llorosos—. ¡Por favor, no hagas nada impulsivo! ¡Yo también te necesito!

—Solo confía en mí —insisto.

—Zaira, escúchame, por favor —suplica, recurriendo a la poca fuerza que le queda para pasar el brazo entre los barrotes y sujetar la parte inferior de mi pantalón.

Me niego a escucharla. La aparto y corro hasta el final del calabozo mientras ella repite mi nombre con voz ronca.

Encuentro la escalera y mi pulso se acelera cuando subo los peldaños de dos en dos.

Debo moverme rápido porque de lo contrario el miedo se apoderará de mí y perderé la confianza.

Voy a hacerlo. Vamos a hacerlo.

Tomo la manija de la puerta roja y la abro. Los goznes rechinan y me preparo para entrar en el corredor. Una música sensual serpentea en el aire, pero está despejado. Cuando mi corazón recobra su ritmo, avanzo por el pasillo y me dirijo hacia el lugar de donde proviene la música.

La atmósfera se hace más pesada conforme avanzo y me envuelve una sensación extraña. Es como si alguien controlara la energía en la habitación y me alejara cada vez más de mi conciencia. Cierro los ojos con fuerza y vuelvo a abrirlos, tratando de enfocar la mirada.

La primera habitación que paso está poco iluminada por el débil parpadeo de unas velas y está llena de humo.

Doncellas de la Noche, cubiertas con máscara de seda negras o rojas, bailan sobre hombres medio desnudos que están acostados sobre alfombras de colores vivos.

Los rozan para provocar su excitación con movimientos lentos, deliberados, seductores.

Todos parecen estar en un trance… o bajo un hechizo.

Paso a la siguiente habitación, donde dos acróbatas desnudos cuelgan del techo mientras que un grupo de personas sentadas en el piso consume kopa. Sus pupilas están dilatadas y esbozan sonrisas ridículas mientras se ven unos a otros.

Advierto una escalera de caracol más adelante y me apresuro a subirla. En el rellano, dos guardias están de pie frente a una puerta enorme de doble hoja al final del corredor; cuando me ven, hacen una mueca y reafirman su postura.

—No puedes estar aquí —grita uno de ellos—. Regresa por donde viniste.

—Tengo que hablar con Seferin —exijo—. Tengo algo que él quiere.

Los guardias se miran entre ellos y ríen.

—Lárgate, mortal.

Saco la daga que me dio Thane y apunto hacia ellos.

—Díganle que necesito verlo. ¡Ahora! —Mi voz es firme, segura, pero mis manos tiemblan.

El guardia de la derecha me mira con desdén. El de la izquierda arquea una ceja con severidad.

—Te sugiero que te vayas o te cortaremos esa garganta tan linda. Ahora.

Esa amenaza debería asustarme, pero después de sobrevivir a Aguas Poco Profundas se necesita mucho más que un par de guardias hechiceros para asustarme.

—No iré a ningún lado hasta que hable con él. Sé que está ahí y estoy segura de que le interesa lo que tengo que decir.

Mis palabras hacen eco en las paredes de piedra y una de las puertas detrás de los guardias se abre de par en par.

Un hombre sale. Sé exactamente quién es tan pronto se encuentran nuestras miradas. Túnica negra con ribetes en rojo; piel color marfil; cabello negro brillante peinado hacia atrás; ojos negros, pequeños y brillantes.

« Seferin ».