Capítulo 59
C uando la tripulación del capitán Solyen sube en fila por la pasarela del barco ya es pasada la medianoche. A bordo, entre risas, se reúnen para prepararse a zarpar.
Rynthea y Algar duermen a pierna suelta en la posada de Irina.
Antes, en la taberna, era obvio que estaban preocupados por mí, pero mientras ellos comían estofado y bebían cerveza, yo me senté en el porche, hundida en mis pensamientos.
Y cuando llegó la hora de volver a la posada, les dije que me quedaría afuera un poco más para ver el amanecer en el puerto.
Odio mentirles, no me hace mejor que Thane. Pero mis mentiras son para protegerlos, no para usarlos. Para mí, eso es muy diferente.
Mientras repaso mi plan mentalmente por enésima vez, Enver se aproxima y me saluda con amabilidad.
Se disculpa por dudar de mí y luego me ofrece té y mi pan de miel favorito.
Esta es la primera vez que rechazo ese pan dulce.
No estoy de humor para hablar con él y lo entiende, me da un abrazo y se marcha.
Cuando veo que el capitán Solyen se dirige trastabillando hacia su barco, recojo mis pertenencias y corro hacia el puerto.
—Tome. —Me paro en la cubierta del Emellie y pongo un puñado de monedas en su palma—. Necesito ir a Meriva, ahora.
Me observa con cuidado, frunciendo el ceño, tratando de entender la urgencia.
—Por favor —agrego en voz baja.
—¿Y los otros tres?
—Aguas Poco Profundas fue muy difícil para ellos. No tienen la fuerza suficiente para viajar todavía.
Y van a estar furiosos cuando se enteren de que me fui sin ellos. La culpa me hace un nudo en el estómago. El viaje en barco a Meriva llevará aproximadamente catorce horas. Si quiero llegar a tiempo, debo salir de inmediato.
—Quizá pueda llevarlos en unos días —agrego.
—Sí, está bien.
Solyen le grita a su tripulación que se preparen para zarpar.
Mientras camino hacia el camarote, advierto una silueta oscura a lo lejos.
Sentado en la playa, cerca del mar, está Thane.
Tiene ese estúpido libro en el regazo y mira en mi dirección.
No distingo su expresión, pero sí veo que sus ojos brillan con ese destello dorado tan familiar cuando cierra el tomo y se pone de pie.
Entro al camarote y me siento en una de las sillas frente a la mesa; mentalmente repaso otra vez mi plan.
Cuando el barco empieza a moverse, una ráfaga dorada aparece a unos pasos de mí. Contengo el aliento cuando veo a Thane, con las aletas de la nariz un poco dilatadas. Avanza a grandes zancadas hacia mí con el ceño fruncido.
—¿Qué crees que estás haciendo, Zaira? —pregunta con voz grave.
—¿Qué parece? Regreso al imperio de Meriva.
—¿A medianoche?
—Sí, necesito volver para negociar con Seferin y salvar a mi hermana —le digo, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Te matará —replica con tono irritado, como si fuera algo evidente.
—No si cambio mi vida por la de Analla. Mi sangre liberó el libro. Quizá pueda usar eso.
—La matará y luego exprimirá cada gramo de vida que hay en ti —dice entre dientes—. Ir a verlo es temerario y estúpido, lo sabes. En fin, es lo que has hecho desde el principio.
—Exacto —respondo. Me mira de arriba abajo, confundido—. Y por eso hay algo más en mi nuevo plan… pero no puedo hacerlo sin tu magia.
Entrecierra un poco los ojos.
— ¿Por qué entonces no acudiste primero a mí? —pregunta—. Te dije que te ayudaría.
Me cuesta trabajo tragar saliva.
—Porque necesitaba saber que estabas cien por ciento dispuesto a embarcarte conmigo, que por una vez no solo pensabas en ti mismo. Si no lo hubieras estado, de todas formas lo habría intentado y sí, habría sido un fracaso, pero al menos sabría que hice todo lo que pude por Analla.
Examina mi rostro al tiempo que reflexiona en mis palabras. Luego relaja los hombros.
—Dije que te ayudaría a salvarla, Zaira. Sé que no quieres creerlo después de todo lo que ha pasado, pero hablaba en serio. Estoy aquí. Ponme a trabajar.
Mi corazón traidor revolotea. Esperaba un poco más de resistencia de su parte, pero esa mirada en sus ojos… esa certeza mezclada con un dejo de desesperación.
Aunque siento que me estoy ablandando, niego con la cabeza.
—Esto no cambia nada entre nosotros —agrego, señalándolo con el dedo—.
Me gustaría seguir enojada contigo y nunca volver a hablarte otra vez, pero eso sería egoísta de mi parte, sobre todo cuando sé que tienes algo que puedes usar.
—Señalo el libro que sigue bajo su brazo—.
¿Hay ahí algún hechizo que te permita escucharme si estamos en distintos lugares?
—Hay un hechizo para ampliar la mente —responde—, pero para eso no necesito el libro. Es un hechizo común. Solo necesito un mechón de tu cabello o una gota de sangre para que funcione.
—¿Y qué tal un hechizo para mejorar las propiedades de un elíxir?
Al escucharme, entrecierra los ojos.
—Estoy seguro de que hay algo en el libro que me pueda ayudar. ¿Por qué? —Ladea un poco la cabeza—. ¿Qué estás planeando, Zaira?
Señalo la silla que está a mi lado.
—Siéntate, te lo explicaré.
Toma asiento. Conforme explico todo lo que tengo en mente, sus ojos se abren cada vez más grandes. Este plan es peligroso y las probabilidades de salir vivos son muy pocas; pero si lo hacemos bien, si nos preparamos, hasta él sabe que podría funcionar.