El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

P ermanecemos sentados varios minutos para volver a orientarnos; sin embargo, escuchamos unos aullidos a lo lejos. Más sabuesos de las sombras están en camino.

—Tenemos que entrar antes de que esas cosas nos huelan. —Thane se ha recuperado lo suficiente como para concentrarse y guiar el camino hacia el templo.

Me echo la mochila a la espalda y ajusto las correas. Mi muslo sigue adolorido e hinchado, pero veo que está sanando.

Seguimos a Thane hasta la entrada. Conforme nos acercamos a la imponente construcción, tomo consciencia de que lo hemos logrado. Este es un lugar con el que muchas personas solo han soñado, pero yo estoy aquí.

De cerca, puedo ver que el templo está cubierto de una fina capa de polvo rojo y envuelto en enredaderas espinosas verde oscuro. Unos veinte escalones derruidos abren el camino hasta el arco de la entrada. Los barandales de piedra están adornados con esculturas de palomas.

Subimos los peldaños de dos en dos y nos paramos en seco en la entrada, cuando Thane levanta una mano.

—Hay runas —murmura, examinando el arco—. Escuché que las habría.

Lo miro y advierto los símbolos que están grabados en la piedra, en la parte superior del arco de entrada.

—¿Qué dice? —pregunto.

—«La abundancia se obtiene solo con sabiduría y sangre» —responde Thane, leyendo las runas en voz alta.

—¿Qué se supone que significa? —pregunta Rynthea, sobándose el pecho con la vista también en lo alto.

La sangre sigue brotando de los orificios de su chaleco, donde la hirieron la segunda vez.

—Significa que solo podemos entrar con una ofrenda de sangre. —Thane extiende el brazo para tocar la runa y esta desprende chispas de color blanco plateado; luego inhala profundo—. Siente mi magia.

Al decir esto, el túnel brilla con la misma luz blanca que las runas, antes de perderse en la oscuridad otra vez.

Thane retrocede, parece perplejo.

—Creo que sé cómo entrar. Tendremos que hacerlo con algo pequeño a cambio, pero podría funcionar. —Thane saca una daga y se la ofrece a Rynthea por la empuñadura—. Graba el tercer símbolo en la palma de mi mano.

Rynthea frunce el ceño y mira de la daga a los símbolos en lo alto.

—¿Okey? —Toma la daga, aún confundida—. Y luego ¿qué?

—El tercer símbolo significa sabiduría —explica él señalando hacia arriba—. Este templo busca sabiduría y sangre de quienes desean entrar en él. No aclara cómo. Si todos nos grabamos el tercer símbolo en la palma y nos marcamos con sabiduría, quizá tengamos acceso.

—Dioses —exclama Algar, poniendo los ojos en blanco—. ¿Más sangre?

—Sí —dice Thane—. Y esperemos que esta sea la última vez que derramemos sangre en esta isla.

Rynthea entrecierra los ojos para mirar las runas.

—¿Y si nos quedamos atrapados adentro? ¿O si hacemos algo mal y este templo nos mata tan pronto entremos?

—Yo iré primero —dice Thane mirando la entrada—. Si muero o me pasa algo, lo sabrán. Pero es muy probable que el tesoro que buscas esté ahí dentro, porque no lo percibo afuera.

Rynthea sigue con el ceño adusto, pero sus hombros se relajan al mirarme, luego a Algar y por último a Thane.

—Bien —masculla.

Thane posa la mirada en mí.

—¿Estás de acuerdo en que te corten la mano?

—Si es lo que se necesita para entrar, sí.

Los sabuesos vuelven a aullar y las hojas de los árboles crujen; es un susurro que nos advierte que se avecinan problemas.

Thane extiende la mano con la palma hacia arriba y mira a Rynthea a los ojos.

—Hazlo.

Rynthea suspira, se yergue y coloca la punta de la daga sobre la piel de Thane. Le echa un vistazo rápido a la runa y luego mueve la hoja del arma sobre la palma.

Evito hacer una mueca de dolor cuando la sangre se acumula en la superficie. Por supuesto, Thane no reacciona, sencillamente mira su mano mientras Rynthea observa de la palma a la tercera runa.

—Listo —dice Rynthea bajando la mano y da un paso atrás.

Thane la examina y asiente.

—Bastante bien. —Thane gira hacia la entrada. Los aullidos se van acercando.

—Apurémonos, por favor —suplica Algar, mirando nervioso por encima de su hombro.

Thane presiona su palma ensangrentada en el muro y las runas parpadean como un latido débil. Echa los hombros hacia atrás, baja la mano y cruza el umbral.

Se me hace un nudo en la garganta mientras espero ver qué tipo de amenaza se cernirá sobre él.

sin duda, algo pasará si se equivocó sobre grabar la runa en nuestras manos.

¿Y si entra y algo lo despedaza? ¿O si miles de flechas salen volando de las paredes al mismo tiempo y lo atraviesan de pies a cabeza?

Mi corazón late más rápido conforme Thane se interna en el túnel. Cuando desaparece en la oscuridad, espero conteniendo el aliento.

«Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Cuatro segundos».

Cinco segundos después escuchamos unos pasos rápidos que golpean el suelo y Thane vuelve a aparecer.

—Funcionó —dice jadeando.

Para mi sorpresa, estoy segura de que sonríe bajo el pañuelo.

—Oh, gracias, Orvena —suspiro—. Rynthea, ¿quieres que te haga la tuya?

—Claro.

Hace girar la daga y me ofrece la empuñadura. Le echo un vistazo a la runa y presiono la punta de la daga sobre su palma, para cortar dos líneas rectas hacia abajo y una sola curva entre ellas. Dilata las fosas nasales, pero aguanta, con la otra mano presionada contra su pecho.

Cuando acabo, volteo hacia Algar. Se tapa los ojos con una mano y la otra la extiende con la palma hacia arriba.

—Acaba rápido —gime.

Reprimo una sonrisa y empiezo a marcar su mano.

—Estamos muy cerca —le recuerdo—. Ya casi acaba.

—Sí. —Hace una mueca cuando hundo más la hoja en su piel y silba entre dientes por el dolor—. Espera a que la gente escuche los relatos. Nunca creerán nada de esto.

Aunque los aullidos se hacen cada vez más fuertes, sonrío y termino con su mano.

—Bien, ustedes dos entren. Veamos si pueden encontrar algún tesoro —ordena Thane.

—Tengan cuidado —digo cuando presionan sus manos ensangrentadas en el muro exterior del templo.

Una vez que están adentro y la oscuridad los envuelve, me vuelvo hacia Thane y le ofrezco mi mano.

—No sentirás nada —me asegura, envolviendo mi muñeca con sus dedos largos.

El calor de su mano aumenta y de la mía salen chispas doradas. Luego clava la daga en mi palma para empezar el símbolo. Tiene razón, no siento el corte.

—Sabes mucho de hechicería —digo mientras observo cómo traza la primera línea.

—No hubiera podido salvar tu valiosa vida mortal tantas veces si no me supiera algunos trucos.

Me río.

—Supongo que es cierto.

Suspiro y alzo la vista hacia el templo. Una luz lechosa brilla en un hueco entre las copas de los árboles y baña la mitad de mi rostro. Me tomo un momento para disfrutarlo. Hasta donde sé, esta podría ser la última vez que vea cualquier clase de luz natural.

—¿Listo? —pregunto, mirando a Thane a los ojos.

Asiente, pero advierto cierta reticencia. Quizá en secreto, como yo, no desea que termine nuestro tiempo juntos. Tal vez sabe que una vez que obtenga una de las piedras de prosperidad y regresemos a Gadonia, nos separaremos.

Para siempre.

Le doy un abrazo fuerte. Él se paraliza durante una fracción de segundo, antes de envolverme en sus brazos.

— ¿Y esto a qué se debe? —pregunta por encima de mi hombro.

—Por ser fiel a tu palabra. —Me aparto un poco y lo tomo por la cintura con la mano buena—. Me protegiste. No estaba muy segura al principio, pero… valió la pena.

Baja la cabeza y la mirada.

—Te dije que no me gusta fallar.

—Lo hiciste. —Le planto un beso en la mejilla—. Gracias otra vez, no solo por esto, sino por ayudarme a salvar la vida de mi hermana.

No sonríe detrás del pañuelo. Si acaso, sus ojos parecen entristecerse.

—Zaira, tengo que decirte algo. Traté de comentártelo antes, pero…

Un aullido cercano, muy cercano, lo interrumpe.

—Lo que sea que me quieras decir tendrá que esperar. Tenemos que entrar —digo, al tiempo que presiono la mano en el templo como hicieron los otros.

Thane me sigue mientras yo avanzo trastabillando por el túnel oscuro. No me detengo hasta que llego a una enorme sala donde los rayos de luz que se filtran por el techo roto iluminan las ruinas y los escombros que hay debajo.

Hay túneles que se extienden en todas direcciones, como los radios de una rueda.

Algunos están bloqueados por piedras derrumbadas, pero otros pasajes llevan a túneles por los que se filtran delgadas franjas de luz.

En el centro del templo hay una estatua de Orvena, junto con imponentes columnas de cristal dentado.

Unas enredaderas envuelven a Orvena, empiezan por los pies y se elevan hasta su cabeza.

Uno de los brazos de la estatua está roto, pero en la mano que aún tiene intacta sostiene una espada.

Fue esculpida con una túnica y sandalias con correas, y en la espalda tiene un par de grandes alas.

Nunca había visto una estatua de nuestra diosa con alas. ¿Será ese su verdadero aspecto?

De las grietas del techo se filtra agua que salpica sobre los pisos de mármol fracturado y se acumulan en varios charcos.

Huele a rancio. Más enredaderas trepan por las paredes y otras cuelgan del techo.

En la sala hay un altar con un trono de mármol que está reducido a escombros.

Es probable que los escalones altos que llevan al trono sean lo único en este templo que no está dañado.

A pesar de todo, el templo posee una gracia majestuosa. Parece estar lleno de vida y energía, a pesar de lo dañado que está. Es un faro de esperanza en medio del caos, una sensación que solo Orvena podría brindar. Xaimur trató de destruir sus creaciones y no lo logró.

Veo a Rynthea y a Algar, están de pie junto a una vieja fuente.

—No veo ningún tesoro —dice Rynthea con ceño adusto cuando voltea a ver a Thane.

Él pasa a mi lado y lanza varias esferas de luz, una para cada túnel transitable. Las esferas avanzan flotando, iluminando las paredes hasta que su luz desaparece. Solo una regresa; supongo que el resto se perdió en la oscuridad.

—Por ahí —dice Thane cuando la esfera se disuelve en la palma de su mano.

No espera a que lo alcancemos y avanza. Lo sigo, sobre mi hombro gotea agua y tengo que agacharme y esquivar las telarañas.

Este túnel en particular lleva a una torre cuyo techo ha desaparecido por completo y está en ruinas. Sin embargo, lo que hay en el interior es suficiente para llenarme de alegría y alivio.

La sala está repleta de baúles de madera llenos hasta el tope de monedas de oro, copas, cristales y perlas.

—Santa Orvena —dice Algar asombrado.

—Guau. El hechicero no mentía —murmura Rynthea.

Sin otra palabra, ella y Algar se adelantan; se quitan la mochila de la espalda, caen de rodillas frente a uno de los baúles y empiezan a guardar el tesoro.

Sonrío al verlos llenar sus mochilas y luego río cuando Algar dice:

—Deberíamos llevarnos un baúl, ¿no? ¡No vamos a dejar tanto atrás!

—Eso solo nos retrasará —responde Rynthea—. Llena tu mochila lo más que puedas. —Me mira—. Zaira, ¿lleno la tuya? Si está muy pesada puedo cargarla por ti.

—Ah, sí, claro.

Me vendrían bien algunas monedas cuando Analla y yo recuperemos la estabilidad.

Me quito la mochila y se la doy. Cuando la toma, busco a Thane con la mirada. Está de pie cerca de la entrada; su mirada es inexpresiva mientras observa a Rynthea y a Algar reír y alabar a Orvena.

—Ven conmigo —dice cuando encuentra mi mirada.

Se marcha antes de que pueda preguntarle adónde vamos. Cuando regreso a la zona principal veo que se acerca a otro túnel al otro extremo que está iluminado por una de sus esferas.

—Espera… Thane.

Camino lo más rápido que puedo, pero mi muslo sigue un poco sensible. Se detiene para esperar a que lo alcance. Luego continúa y, por alguna razón, mi corazón late dos veces más rápido, no por correr o apurarme, sino porque su actitud ha cambiado por completo.

Está nervioso. Thane nunca se pone nervioso.

Sigue a la esfera de luz que dobla en otra esquina. Cuando se detiene, permanece flotando frente a una pared sólida. Thane se para frente a ella y pasa las yemas de los dedos sobre una grieta vertical. Sus dedos se encienden cuando presiona y luego la pared se abre.

Las paredes rechinan al separarse y dejar al descubierto una habitación mucho más pequeña que la que contiene el tesoro. Contra la pared hay dos sillas de madera y en una de ellas hay un cadáver sentado, con una túnica beige hecha girones que cuelga de los huesos.