El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

—Okey —respondo con un resoplido. Para que siga hablando y me distraiga del dolor en el muslo, pregunto—: Pero ¿eso qué tiene que ver con Xaimur?

—Cuando Xaimur supo que ella empoderaba a los mortales, se enojó.

Después de todo, ¿cómo podía corromperlos si tenían magia?

—Evitamos un charco de entrañas de lobo—.

Entonces, usó su magia para tratar de destruir la isla, de ahí el inmenso cráter en el que estamos.

Pero Orvena escondió a Azidel en un templo bendito.

Ese templo. —Señala con un gesto de la cabeza el Templo de Elfar, que está a poca distancia—.

Elfar era el hijo de Azidel y también poseía magia.

Venía a menudo para traerle mucha comida, bienes y un tesoro como agradecimiento a Orvena por protegerlo.

Pero supongo que fue demasiado. Xaimur no dejaba de enviar a sus criaturas en contra de Azidel y esperaba robarle su poder.

Mató a muchos mortales en el intento, así que Azidel decidió que Elfar no regresara a Noreven nunca más.

Nadie sabe en verdad lo que pasó entre Orvena y Azidel después, pero lo que sí sabemos es que nada que Xaimur haya creado puede entrar en el templo.

—¿Y tú estudiaste todo esto? —pregunto mirándolo de reojo.

Thane me ayuda a sentarme junto a Algar, quien apoya la cabeza en una piedra larga, con los ojos cerrados. Tiene el rostro ceniciento, desprovisto de su color acostumbrado.

—Sí. —Thane quita la tela de mi muslo—. Está sanando. Bien.

Yo también miro mi pierna; la piel empieza a unirse poco a poco.

Rynthea levanta la cabeza. Su pecho está cubierto de sangre, pero sus primeras heridas empiezan a sanar.

—Rynthea, ¿estás bien? —pregunto.

—El estúpido sabueso me lastimó de nuevo, pero estaré bien.

Se le escapa un gruñido cuando se limpia un poco de sangre de la coraza.

—¿Algar? —pregunto dirigiendo mi atención hacia él.

No se mueve. Me preocupa.

—¿Algar? —insisto.

Rynthea frunce el ceño y se acerca a mí.

—Oye, Algar.

Lo sacude por el hombro y hace que su cabeza cuelgue hacia un lado.

—¿Qué le pasó? —Me acerco a él, ignorando el dolor del muslo.

—No sé. Estaba bien —responde Rynthea con pánico en la voz.

Thane se arrodilla sobre una pierna y examina a Algar. Luego lo jala de la camisa y observa su nuca. Lanzo un grito ahogado, Rynthea y yo nos echamos hacia atrás cuando vemos la cosa babosa, gris e hinchada que tiene pegada a la piel.

—Mierda, es una sanguijuela —Thane levanta una mano sobre la nuca de Algar y la piel de la sanguijuela chisporrotea antes de caer y enroscarse en el suelo de la selva. Retrocedo cuando Thane usa su magia para alejarla de nosotros.

—He visto sanguijuelas —dice Rynthea, negando con la cabeza—. Nunca de ese tamaño ni de ese color.

—Bienvenida a Aguas Poco Profundas —masculla Thane—. Ayúdame a acostarlo.

Rynthea le ayuda a acomodar a Algar sobre la espalda. Sus labios se están poniendo azules y palidece cada vez más.

—Debe ser venenosa —Thane abre la boca de Algar, una espuma amarilla se acumula en el perímetro de su lengua.

—No. —Siento una opresión en el pecho—. ¿Cómo se lo sacamos?

El pánico empieza a asentarse cuando nos damos cuenta de la gravedad de su situación.

Thane suspira y deja caer la cabeza.

—Puedo sacárselo…

—Entonces, ¡hazlo! —ordena Rynthea, quien ya está de rodillas.

—No es tan sencillo —replica Thane—. Está al borde de la muerte. Para regresarlo tendré que usar magia negra pura.

— ¿No es lo que siempre usas? —pregunta Rynthea sorprendida—. Con todas las sombras que salen de ti cuando combates, ¡a mí me parece bastante negra!

—Esa no es magia negra pura —replica—. Para hacerlo se necesita una fuente. Lo que me han visto usar es magia gris; es decir, uso poca magia negra y la combino con la blanca, es mucho más seguro. Eso nos lo enseñaron en el gremio de la Sombra.

—Espera un minuto, ¿qué? —exclama Rynthea.

Thane la mira.

—Eso no importa ahora. Necesitamos concentrarnos en Algar.

Me doy cuenta de que Rynthea hace un gran esfuerzo por no explotar. Pero él tiene razón, Algar es más importante ahora que cualquier estupidez del pasado de Thane.

—¿Qué pasa si la usas? —le pregunto.

—Mis pensamientos se corrompen —responde en voz más baja—.

Puedo perder el control. Una vez que la magia negra drena toda mi energía, me veo obligado a sacar energía de otro lugar.

En general de otro hechicero… o de un mortal, por eso dije que necesito una fuente para seguir usando la magia negra —calla un momento y mira a Algar—, cuando pierdo el control sobre mí mismo es más fácil que alguien más poderoso me controle a mí también.

Frunzo el ceño.

—¿Como quién?

—Tú sabes quién.

Callo y parpadeo. Sé exactamente quién.

—Bueno, Algar nos necesita —afirmo—. No podemos dejarlo morir. Tendrás que usarla, solo esta vez.

—Estoy de acuerdo —dice Rynthea—. Eres fuerte. Estoy segura de que podrás controlarlo.

Thane vuelve a mirar a Algar, con el ceño adusto, aprieta los puños. Agita la cabeza de izquierda a derecha, como si luchara con sus propios pensamientos. Entonces, con un suspiro, cierra los ojos y exhala.

—Rynthea y tú tienen que alejarse —ordena.

Hacemos lo que nos dice y nos alejamos de ellos. Él pone su mano sobre el pecho de Algar y, en lugar de que sus ojos brillen dorados como de costumbre, se oscurecen. El dorado brillante se vuelve negro y unas venas oscuras reptan por el blanco de sus ojos.

El color ámbar de sus palmas se desdibuja para ser reemplazado por rizos negros. No es como las sombras que salen de él cuando pelea o se defiende. Este es un humo denso, oscuro; podría sofocar a una persona si quisiera.

Thane mueve los labios, pero habla tan bajito que no puedo escucharlo.

Debe ser algún tipo de cántico de hechicero.

Entre más mueve los labios, más humo se arremolina en sus manos y serpentea por sus antebrazos.

Mientras repite el encantamiento, unas gotas salen del pecho de Algar, que se acumulan para formar una pelota amarillenta no más grande que una cereza.

Thane deja de murmurar; lanza el veneno a una gran distancia de nosotros y salpica con fuerza en el suelo al caer.

Luego, baja las manos con un gruñido cansado.

Las sombras desaparecen, como si su cuerpo las hubiera absorbido.

—¿Thane? —digo en voz baja.

Me mira con la mandíbula tensa y contengo el aliento. Sus ojos siguen negros y hay algo helado en su mirada, algo en verdad amenazador.

Me aterra.

Rynthea se inclina hacia adelante y lo mira, protegiéndome con un brazo sobre mi pecho; la otra mano la lleva a la daga que cuelga de su cintura.

—Recupérate, hechicero —le advierte Rynthea.

Thane cierra los ojos y respira por la nariz. Cuando exhala, los vuelve a abrir. Han recuperado su aspecto normal, casi.

—¿Estás… estás bien? —pregunto recelosa.

—Sí —dice entre dientes, apartando la mirada.

Algar se incorpora jadeando; de inmediato saca una de sus dagas y balbucea incoherencias.

—Cálmate —le dice Rynthea.

Lo obliga a bajar el brazo, pero no puede evitar reír.

—Por todas las sombras, ¿qué pasó? —dice entre jadeos.

—Thane acaba de salvarte la vida —le informa Rynthea.

—¿En serio? Sabía que todavía se preocupaba por mí.

Algar busca a Thane con la mirada, pero este ya se aleja.

Apoyo las manos en una piedra cercana para ponerme de pie, pero no puedo dejar de observar a Thane. Le tiemblan las manos mientras las mira fijamente, con la frente surcada de preocupación.

Sí, Thane le salvó la vida a Algar. Casi no dudó en hacerlo, a pesar de los riesgos que pudo correr por usar magia negra.

¿Fue lo correcto? ¿Lo presionamos demasiado?

Lo miro y recuerdo su mirada fría y malévola; me pregunto cuánto le habrá costado salvar a nuestro amigo.