Capítulo 52
E sta es la criatura de la que debemos cuidarnos. No las serpientes, no las bestias de seis ojos.
Esta.
Esta cosa gigante, toda negra, con garras afiladas y ojos rojos como brasas. Volutas de sombras negras se desprenden de su cuerpo en lugar de pelaje.
Un lobo.
Debe ser un lobo… solo que tres veces más grande que uno normal, con los dientes tan largos y afilados como espadas.
—Un sabueso de las sombras —murmura Thane, incrédulo.
Levanta una mano y jala a Algar para sacarlo del camino antes de que el sabueso de las sombras lo golpee también. Algar gruñe, al caer se golpea la cabeza contra una roca y se queda inmóvil.
El sabueso de las sombras vuelve a rugir, baja los cuartos traseros y fulmina a Thane con la mirada.
—Dioses —murmullo.
—Escóndete, Zaira. Ahora.
Thane toma una posición defensiva y se prepara para el ataque de la criatura. Corro hacia Rynthea, quien se queja cuando llego a su lado.
—Por Orvena, ¿Rynthea? ¿Estás bien?
Me arrodillo y evalúo el daño. Se presiona la cintura con la mano para tratar de parar, sin lograrlo, la sangre que brota de tres tajos profundos.
Se me hiela la sangre. Si no encuentro la manera de frenar la hemorragia se desangrará.
Miro por encima de mi hombro. Thane está en un punto muerto con el sabueso de las sombras, camina despacio en un semicírculo con una espada en cada mano. Algar permanece inconsciente en el piso. Pero así es mejor; solo espero que se esté haciendo el muerto, que es mejor que sí estarlo.
—Okey, veamos…
Bajo mi mochila y busco en ella hasta que encuentro una vieja camisola.
Es muy pequeña como para envolver la cintura de Rynthea, así que la doblo a la mitad y la presiono sobre sus heridas.
Ella resopla entre dientes. No puedo evitar pensar que sus lesiones son inquietantemente similares a las cicatrices en el rostro del rey Draedor.
—También tengo un elíxir curativo —digo hurgando otra vez en la mochila—. No me juzgues, pero lo robé en Immalon.
—¿Tú robas? —masculla Rynthea rechinando los dientes.
Me doy cuenta de que quiere sonreír, pero el dolor es mucho. Su mirada se empieza a nublar.
—No es mi costumbre. Toma. —Quito el corcho y llevo el elíxir a sus labios—. Es muy potente, así que funcionará rápido.
Hace una mueca al tragarlo.
—Puaj. Es asqueroso.
Un rugido rasga el aire. Por el rabillo del ojo puedo ver que el sabueso de las sombras se abalanza hacia adelante. Volteo cuando Thane alza una mano y obliga a la bestia a retroceder con una poderosa espiral dorada. El animal sale volando de espaldas, pero aterriza en cuatro patas.
Se agacha con las fosas nasales dilatadas, evalúa otra vez a Thane antes de lanzar el próximo ataque. Esta vez anticipa el golpe mágico de Thane y lo esquiva a la derecha. Cuando describe un círculo para regresar, golpea a Thane en la parte posterior de la cabeza.
Thane cae con un gruñido. La bestia trata de morderlo, pero él gira sobre la espalda y le dispara una ráfaga dorada al hocico. La bestia gimotea y retrocede, lo que le da tiempo suficiente a Thane para ponerse de pie.
Sin embargo, mientras pelea contra ese sabueso de las sombras, llega otro. El animal mira a Algar y muestra los dientes amarillos ante una comida fácil.
—¡Algar! —grito.
Otro sabueso de las sombras aparece a poca distancia de mí y de Rynthea. Gruñe bajo, con los ojos rojos centelleantes y volutas de humo gris alrededor de su cabeza. Un solo salto hacia adelante y el almuerzo seremos nosotras.
—Mi espada guadaña —dice Rynthea con voz tensa, señalando detrás de mí.
De inmediato tomo el arma.
El sabueso de las sombras gruñe y se lanza hacia nosotras al tiempo que le lanzo el arma a Rynthea.
Un grito de agonía desgarra el aire cuando Rynthea ruge al blandir la espada guadaña contra la bestia.
Lo golpea directamente en el pecho y el sabueso de las sombras se desploma.
Con otro gruñido, lo empuja con la pezuña para liberar su espada.
La bestia cae junto a ella como un pedazo de carne, con los dientes a pocos centímetros de su muslo.
La punta de su espada guadaña está empapada de sangre negra.
—Ve por Algar —dice con voz ronca.
Claro. Algar. El sabueso de las sombras ya está encima de él.
—¡Ey! —grito poniéndome de pie—. ¡Aléjate de él!
La bestia levanta la cabeza y su hocico tiembla hasta mostrar unos dientes brillantes y encías color magenta. Dejo que su atención se fije en mí.
«¿Ahora qué, Zaira?»
Thane no puede ayudarme, sigue peleando con su propio sabueso de las sombras, y Rynthea apenas puede moverse.
La criatura avanza hacia mí y entro en pánico.
Desesperada, busco en mi entorno algo que pueda ayudarme a defenderme de la bestia.
Hay una cueva a la izquierda lo suficientemente grande para que yo quepa.
Corro hacia ella, las patas del sabueso de las sombras golpean el suelo con fuerza al avanzar con ladridos salvajes.
Siento que se acerca cada vez más, el calor de sus jadeos salvajes me calienta la espalda.
Me lanzo en un clavado a la cueva justo cuando la criatura se precipita hacia ella con los dientes al descubierto.
Escucho el fuerte chasquido de sus colmillos en la entrada.
Recupero el aliento y me deslizo hacia atrás, al fondo de la cueva. Bendito Cristal, no puedo creer que lo logré.
Los gruñidos del animal hacen eco y mete una pata que desliza a izquierda y derecha. Me adentro lo más que puedo y presiono la espalda contra la piedra, pero es una cueva poco profunda. Aún puede alcanzarme.
El sabueso de las sombras sigue tanteando el interior con sus gruñidos feroces. Mientras lo hace, saco mi daga. Casi no hay luz, así que no puedo ver exactamente donde asestar el golpe, pero de todas maneras lo intento.
Levanto el brazo y grito cuando la dejo caer. La daga penetra la carne y el sabueso de las sombras aúlla como un cachorro lastimado. Saco la daga y de inmediato aleja la pata.
Jadeo y el corazón se me sale del pecho, espero para ver si huye. Saca la pata de la cueva y veo cómo se aleja cojeando, pero aunque se marcha, yo no me atrevo a moverme.
Cierro los ojos un segundo para calmarme y respirar con normalidad. Los pulmones me queman y siento que el corazón me va a estallar en el pecho. Mis manos tiemblan y mis venas bombean por la adrenalina más que nunca.
Por ahora estoy segura.
De pronto, algo perfora mi piel y siento un dolor enceguecedor en el muslo. Abro los ojos de par en par y lanzo un grito agudo. En silencio, el sabueso de las sombras metió la otra pata a la cueva y me atravesó el muslo… la garra se quedó clavada.
Lanzo un alarido cuando trata de jalar la pata hacia atrás, arrastrándome con ella. Sin duda hice enojar a esta cosa.
Vuelvo a alzar la daga a pesar del dolor que me hace agonizar y acuchillo varias veces la otra pata. El sabueso de las sombras aúlla y se aparta desgarrándome la piel. Duele más ahora que saca la garra que cuando la metió.
—¡Carajo! —gimo—. Dioses. Orvena, ayúdame. —Con manos temblorosas examino mi pierna lo mejor que puedo bajo la tenue luz. La sangre brota de un enorme tajo hasta caer sobre la grava—. Por la diosa. Okey. Okey, respira, Z. Piensa.
Las manos me tiemblan cuando me quito la mochila y saco un par de pantalones; los rasgo en tres secciones con la daga, pongo un pedazo de tela bajo mi muslo para absorber el charco de sangre que se está formando; luego muerdo otro pedazo, preparándome para lo que va a venir: el torniquete.
Mi grito amortiguado rebota en las paredes de la cueva cuando aprieto el otro pedazo de tela sobre la herida y lo amarro con la mayor fuerza posible. Con los ojos llenos de lágrimas, miro mi pierna. El torniquete es inútil. La sangre empapa la tela de inmediato.
—Demonios —me lamento.
Busco otra vez en mi bolso y saco la última botella de elíxir curativo que tomé en Immalon. Lo descorcho y me lo trago. Sabe a mierda y quema como ácido.
—¡Zaira! —Escucho a Thane.
Mi respiración es entrecortada. La sangre empapa todo el torniquete. Una sombra aparece en la entrada de la cueva.
« Dioses. Por favor, que no sea ese sabueso otra vez » .
—Zaira. —la voz de Thane hace eco en la cueva y casi grito de alivio.
« Oh, gracias Orvena » .
—¡Estoy… estoy aquí!
Se agacha de inmediato y entra.
—Dioses, ¿qué te pasó?
Extiende la mano para tocar mi pierna, pero luego la aparta, inseguro de qué hacer.
—Uno de esos sabuesos de las sombras me clavó las garras.
Lanza una esfera de luz dorada para iluminar la cueva. Grito al ver un cadáver a su izquierda, recargado contra una de las paredes.
—Este cadáver tendrá un amigo si no te saco de aquí —dice mirando mi muslo.
—Está sangrando mucho —digo—. Pero, me tomé un elíxir curativo, así que debería detenerse pronto. ¿Dónde están Rynthea y Algar?
—Lo que le diste a Rynthea funcionó. Acaba de matar a dos sabuesos más… aunque no fue fácil. Volvieron a lastimarla. Por suerte, no fue tan malo como el primer golpe.
—¿Y Algar?
—Está bien. Aún está un poco conmocionado, pero bien. Necesitamos sacarte de aquí.
Reprimo un grito de dolor cuando Thane pasa mi brazo sobre sus hombros y me levanta hacia él. Se inclina para ayudarme a salir de la cueva, sosteniéndome a su lado.
Veo a Rynthea, que está sentada junto a Algar cerca del templo. En el centro del campo hay cinco sabuesos de las sombras muertos. Uno está tan mutilado que no sabría decir qué parte es la cabeza y cuál es la cola.
— ¿Cómo sabías qué eran esas cosas? —le pregunto a Thane mientras me lleva con nuestros amigos.
—Son una de las creaciones de Xaimur —responde—. Lo leí durante mis estudios cuando estuve con los Divinos. La mayoría de la gente piensa que son un mito. Estoy seguro de que has oído historias sobre cómo Xaimur creó criaturas maléficas para combatir la virtud de Orvena.
—Sí, las he oído.
—Bueno, Aguas Poco Profundas no siempre fue un mal lugar, según los libros. Alguna vez, este lugar se llamó Noreven. Era un paraíso y Orvena pasó mucho tiempo aquí entre los mortales. Aquí vivió Azidel.