El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 51
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Capítulo 51

M ás adelante aumenta la espesura del aire y la temperatura, la humedad es agobiante. La tela de mi túnica se pega a mi espalda y muero de sed.

Avanzamos con dificultad por la arena, esperando que algo salga por ahí, pero la Esfera de Kelvanita nos ayuda a no toparnos con ningún otro peligro.

Seguimos a Algar, quien se aferra al artefacto.

Mis botas se hunden a cada paso y en ocasiones tengo que jalar la pierna con fuerza para poder sacar el pie.

Algar cojea unos metros más antes de detenerse.

—Orvena nos bendiga —digo entre dientes, apoyando las manos sobre las rodillas para recobrar el aliento.

Mientras Algar estudia la esfera, Rynthea y yo nos acercamos a él. Sacamos nuestras cantimploras y bebemos unos tragos de agua. Me limpio la boca con el dorso de la mano y Thane se reúne con nosotros; todos soltamos un suspiro al ver el siguiente desafío extenuante que nos espera.

Los árboles ya no se yerguen rectos, sino que están inclinados hacia adelante, como velas apagadas con un soplido. Veo otra arboleda al fondo de un cráter ancho y profundo que solo puede ser producto de varias explosiones poderosas.

Estamos al borde de la cuenca del terreno. Ahora entiendo a qué le debe la isla su nombre, por el foso poco profundo que hay en medio.

Aquí es donde se encuentra el Templo de Elfar, en silencio, siniestro.

Es donde tenemos que estar.

—Ahí. —Thane señala los bordes resquebrajados de una construcción de piedra café engullida por unos árboles a lo lejos—. Ese es el Templo de Elfar.

Los latidos de mi corazón se aceleran. Estamos tan cerca. No puedo creerlo. ¿En verdad vamos a lograrlo? Orvena debe estar escuchando mis plegarias.

Por el rabillo del ojo veo que destella algo rojo, es la esfera que Algar tiene en la mano. La flecha señala a la izquierda, en advertencia.

—¿Qué está haciendo esta cosa? —dice Algar sacudiendo la esfera—. Quizá ya se acabó su efecto.

Thane le quita la esfera de la mano y voltea hacia el lugar donde apunta.

—Nos está advirtiendo. —Thane da un paso más y entrecierra los ojos—. Por ahí hay escaleras, pero no deberíamos tomarlas. —La esfera vuelve a ponerse verde y Thane voltea hacia el cráter—. Apunta hacia adelante. Tenemos que bajar.

—Bueno, pues vamos. —Rynthea se sube más la mochila sobre la espalda y empieza a entrar al cráter.

Esta vez, Thane me pasa la esfera a mí.

—¿La puedes llevar?

—Claro.

La tomo en mis manos y lo sigo por la colina empinada.

—Con cuidado —me dice Thane sobre el hombro—. Fíjate por dónde pisas.

—Okey.

Camino despacio, clavando los talones de mis botas en la tierra a cada paso para mantener el equilibrio.

Sostengo la esfera junto a mi pecho, mi corazón late con fuerza por la esperanza.

Entre más bajamos, más plano es el terreno, pero luego cometo el estúpido error de alzar la vista para ver qué tan cerca estamos del templo y me resbalo.

Lanzo un grito agudo y caigo sobre una rodilla antes de salir rodando colina abajo.

—¡Zaira! —grita Thane.

Trato de detenerme clavando los dedos en la tierra, pero con cada giro mis esfuerzos se vuelven más inútiles.

Estoy cayendo con demasiada fuerza, con demasiada rapidez.

Mi cabeza golpea el suelo varias veces. Escucho un crac estruendoso y cierro los párpados.

En ese momento, una mano que me parece familiar envuelve la parte superior de mi cuerpo y hace que me pare en seco.

Gruño y permanezco tirada en el suelo un segundo, mirando el cielo gris lechoso y brumoso. Espero que el dolor invada mi cuerpo, pero no sucede nada. Ese crujido debió ser un hueso roto, ¿no?

Segundos después, Thane y Rynthea están de pie sobre mí.

—¿Estás bien? —pregunta Rynthea tomando mi mano con cara de preocupación.

—Yo… Sí. Eso creo.

Me ayuda a levantarme y trastabillo un poco. Thane presiona su mano en la parte baja de mi espalda para equilibrarme.

—¿Zaira? —dice Algar jadeando por correr hasta nosotros—. Gracias a Orvena, Thane te detuvo a tiempo.

—Estoy bien. En serio.

—¿Sientes algo roto? —pregunta Thane, tocando con cuidado un chichón que tengo en la frente.

Hago una mueca cuando presiona.

—No lo creo.

Agito los brazos. Las costillas no me duelen, mis piernas parecen estables. No siento nada roto.

—Estás sangrando.

Rynthea se quita la mochila y busca algo en ella. Saca un paño blanco y me limpia la mejilla. Me arde, pero aguanto el dolor. Rynthea suelta un suspiro y me da el paño. Vuelvo a limpiar mi mejilla y en ese momento lo veo.

El corazón se me desploma al estómago.

La esfera está a mis pies y ya no brilla. Una grieta enorme serpentea en ella. Presa del pánico, me agacho para recogerla.

—No. —La froto cuatro veces y pronuncio « drusako », como nos dijo Frevella. Todavía nos quedaba tiempo—. No, vamos, por favor — suplico—. ¡Estamos tan cerca!

Miro a Thane, quien observa la esfera con la mandíbula apretada.

—Maldición —resopla Rynthea.

Algar se lleva las manos a la cabeza con una mirada de pánico en los ojos.

—¡Lo… lo siento! —me lamento—. Todo es mi culpa.

—No, no lo es. —Thane cierra los ojos una fracción de segundo, exhala y los vuelve a abrir—. Es mía. Yo te di la esfera. Debí llevarla yo.

—Pero yo me caí con ella. Escuché un crujido.

Trago saliva para pasar la emoción que se forma en mi garganta. Demonios, estamos muy cerca del templo como para ponerme a llorar ahora.

—Está bien —nos asegura Rynthea alzando las manos y mirándonos a cada uno como si lidiara con niños—. El templo no debe estar muy lejos. Podemos llegar hasta ahí, tomar lo que necesitamos y regresar por donde vinimos hasta llegar a la costa. Estaremos bien. No perdamos la esperanza ahora.

—No sabremos qué camino tomar o qué peligro corremos —digo con la voz temblorosa.

—Escucharé y oleré cualquier cosa antes de que nos ataque —asegura Rynthea irguiéndose, pero sus palabras no me dan mucha esperanza.

No sabemos qué nos espera ni qué partes de la jungla evitar.

Rynthea deja escapar una risita—: Llevamos días cruzando Thelanor sin la esfera mágica.

¿Qué son unos pasos más? —Hace un gesto hacia el fondo del valle—.

Y podemos ver el templo. Ya no debe estar muy lejos. Podemos hacerlo.

Nadie habla, pero no tenemos que hacerlo para saber lo que cada uno está pensando. Sin la esfera que nos guíe, nuestra posibilidad de salir vivos de la selva es muy remota.

Thane se aclara la garganta.

—La minotauro tiene razón. —Rynthea pone los ojos en blanco, pero él continúa—. Tenemos que seguir. Estaremos alerta y con armas en mano. Avanzaremos despacio. Aún tenemos mucho tiempo para obtener lo que necesitamos y volver al barco.

«No si nos vuelven a atacar», pienso.

Thane toma la esfera de mis manos y la mete en su bolsillo.

—Seguimos —repite mirándome a los ojos—. Por Analla.

Escuchar el nombre de mi hermana en sus labios me renueva el ánimo. Sigo teniendo dudas, pero durante una fracción de segundo permití que mi miedo me distrajera de mi propósito principal: salvar a Analla.

—¿Estás bien? —Thane coloca una mano empática en mi brazo.

Mis labios tiemblan y asiento.

Cuando dirige su atención a Algar, este último suspira y deja caer la cabeza.

—Podemos hacerlo —agrega Rynthea con una sonrisa y los ojos llorosos—. Siempre y cuando nos cuidemos unos a otros y luchemos como guerreros, llegaremos al maldito templo. Está bien, Zaira. Ya no te castigues más por eso.

Sonrío y ella me da un apretón en el hombro. Cuando empieza a caminar, la alcanzo hasta llegar a su lado, tragándome la angustia.

—Necesito una distracción —mascullo.

—¿De qué tipo? —pregunta Rynthea.

—No sé. Solo habla de algo, de lo que sea, para no pensar cosas malas de mí.

—Okey… mmm… —Hace una pausa y mira alrededor en la jungla—. ¿Sabías que Torjack es el último minotauro varón en Thelanor?

Parpadeo rápido, sorprendida.

—¿En serio?

—Sí. Por lo que he escuchado, en Thelanor hay otras tres minotauros hembras. Pero Torjack es el último macho. Si muere antes de que tenga un hijo no habrá nadie más que continúe el linaje.

—¡Guau! —exclamo al tiempo que salto un charco humeante—. Entonces sí necesitas mantenerlo sano y vivo.

—Así es. No puedo permitir que esto termine con nosotros —dice—.

Si se cruza con una de las otras hembras, nuestra especie seguirá existiendo.

Cuando consiga el tesoro, podremos construir nuestro propio santuario para minotauros.

Torjack puede tener muchísimos hijos y yo tendré los míos, mestizos de algún tipo, puesto que ya no hay más machos; así volveremos a ser más.

Podemos enseñarles a los jóvenes cómo pelear y protegerse, como me enseñaron a mí, para que puedan crecer y sepan defenderse.

No más robo de cuernos, no más abuso, no más vivir con miedo.

En vez de eso, la gente aprenderá a respetarnos.

—Sería maravilloso para los minotauros.

—Así es. A menudo sueño con eso —suspira alegre—. Un sitio donde estemos seguros, un lugar propio, un refugio. Puedo imaginarlo como Immalon, apartado del resto del mundo. Un lugar de paz y felicidad.

Sonrío, y veo cómo su mirada se pierde en sus pensamientos.

—Lo primero que compraré es una casa propia —interviene Algar, colocándose entre nosotras—. Tendrá una de esas pequeñas piletas empotradas para que Zefra pueda nadar, y compraré todas sus comidas y bocadillos favoritos. Vivirá la buena vida.

Me río.

—¿Y qué hay de tu vida?

—Pagaré algunas deudas que tengo. ¿Quién sabe? Siempre y cuando mi Zefra sea feliz, yo soy feliz. Todo lo que necesito es un techo sobre mi cabeza y comida en la barriga. Nada más importa… pero tener una buena cantidad de dinero ayuda.

Una de las esferas de Thane levita sobre mi cabeza y hace resaltar el vapor que se eleva del suelo de la jungla. ¿Por qué hace tanto calor en esta área? Todos los volcanes están fuera del cráter, sin embargo, siento como si estuviéramos caminando justo sobre uno.

—Yo solo quiero una de esas piedras —digo, después de un momento.

Rynthea gira a la izquierda.

—Y pronto tendrás una.

Caminamos un tiempo perdidos en nuestros propios pensamientos, hasta que Rynthea rompe el silencio.

—Miren.

Señala hacia adelante: a través de una pequeña hendidura en los árboles se encuentra el templo.

La mitad está en ruinas, montones de piedras color café están derrumbadas en el piso y el techo está en peor estado. Conforme nos acercamos, veo un arco oscuro y hueco que debe llevar al interior del templo.

Este punto de referencia debería ser una escena oscura, deprimente. Pero hay un rayo de luz que brilla sobre él que lo convierte en un faro en la oscuridad, como si incluso los cielos supieran que este es un lugar especial.

Sin otra palabra, Rynthea corre hacia el templo. Algar la sigue, cojeando. No puedo evitar quedarme un momento inmóvil, para asimilar el logro de haber llegado hasta aquí y prepararme para lo que está por venir.

Encontraré la piedra.

Liberaré a Analla.

Regresaré a mi antigua vida pacífica.

Beberé té. Leeré libros. Hornearé. Descansaré.

La sola idea me tranquiliza.

Thane llega a mi lado y el calor de su cuerpo irradia hacia el mío.

—Las cosas cambiarán cuando entremos ahí —murmura en mi oído.

Volteo para mirarlo a los ojos.

—Todo cambia.

Se baja el pañuelo, dejando al descubierto sus labios rosados y bien delineados.

Estudia mis rasgos como siempre lo hace, pero hay algo extraño en su comportamiento.

Sus hombros parecen más tensos. ¿No se siente al menos un poco aliviado de que hayamos llegado hasta aquí? Y sus ojos parecen… preocupados.

Ha estado así toda la mañana: un poco distante y callado. Supuse que era porque se preparaba mentalmente para Aguas Poco Profundas, pero ahora no estoy segura.

—Hay algo que debo decirte antes de que entremos —murmura—. Te hablé del libro de Azidel y de lo que puede hacer. Es muy poderoso y por eso yo…

Un gruñido profundo retumba a lo lejos. De inmediato, Thane deja de hablar y recorre la jungla con la mirada mientras se sube el pañuelo.

El gruñido se hace más fuerte, más cercano. Lo puedo sentir retumbar en mi pecho.

Algo nos acecha… y parece enorme.

Rynthea y Algar están a unos metros del templo cuando una masa negra aparece frente a ellos. La criatura no pierde tiempo: con una garra gigante golpea a Rynthea, quien sale volando hasta azotar contra el tronco de un árbol.

Grito su nombre cuando cae al suelo, inmóvil, mientras la criatura se dirige a Algar con un rugido, listo para atacar.