Capítulo 49
C onforme nos acercamos, la protuberancia difusa en el horizonte se convierte en una masa de copas de árboles oscuras y montañas con cumbres afiladas que parecen volcanes negros, por los remolinos de humo que salen de sus cráteres.
Una neblina repentina nos envuelve, como si la isla traicionera nos diera la bienvenida a una masacre.
Mantengo mi respiración acompasada mientras Thane disminuye la velocidad del bote, haciendo girar el casco un poco a la izquierda.
«Silencio».
Es todo en lo que puedo pensar mientras navegamos. Ni siquiera el mar hace ruido. El agua se vuelve más turbia, pero aún puedo ver peces brillantes con dientes afilados que se escabullen por ahí. Es irónico que eviten la luz intensa que emana de la mano de Thane.
Nos acercamos y un olor a azufre impregna el aire. También hay otro olor: a podrido. Es posible que sean cadáveres. Me estremezco al pensarlo.
Cuando vemos el litoral a través de la neblina, Thane vuelve a meter la mano al bote.
Nos deslizamos por la costa hasta golpear tierra.
Recelosos, miramos alrededor antes de bajar del bote y jalarlo sobre la arena.
Al examinar la playa me doy cuenta de que nuestro bote no es el único.
Hay muchos otros, todos alineados de manera aleatoria sobre la costa; tienen la pintura descascarada y la madera rota, sus propietarios ya son fantasmas.
Un cementerio de botes. Verlos me aterra, me hace dudar.
¿Cuántas personas han venido aquí para hacer exactamente lo mismo que estamos a punto de hacer nosotros? ¿Cuántos han llegado desbordando de ambición y de sueños? ¿Cuántos pensaron que tendrían la suerte de sobrevivir?
—Trata de no pensar en eso —dice Rynthea, haciendo una seña con la cabeza hacia los botes, como si leyera mi mente.
Me aclaro la garganta y volteo como ella hacia la selva amenazadora que tenemos delante.
Las copas de los árboles no son verdes, sino negras, como si las hojas estuvieran permanentemente calcinadas.
A nuestros pies, la arena se entrelaza con gruesas venas negras de lava solidificada, como si esta isla fuera de carne y sangre.
—Por lo que recuerdo del mapa, el Templo de Elfar está directamente en el centro de Aguas Poco Profundas —anuncia Thane lanzando al aire una brújula brillante.
Planea frente a él y muestra la ubicación donde nos encontramos, así como el lugar donde se encuentra el templo: un punto dorado parpadeante que está muy, muy lejos. Hay mucho terreno que cubrir.
—¿Y el tesoro? —pregunta Rynthea.
—Lo más probable es que esté en algún lugar cercano al templo o en su interior. Podré detectarlo mejor cuando nos acerquemos. —Thane mete la mano en su bolsillo y saca la Esfera de Kelvanita de Frevella—. Drusako —murmura frotándola cuatro veces.
La esfera cobra vida e irradia una intensa luz verde. Cuando me acerco, veo que la luz forma una flecha que apunta hacia adelante… hacia la jungla.
«Por supuesto».
—Vamos —ordena Thane, quien ya está en marcha.
Rynthea y yo nos miramos al mismo tiempo. Ella sacude la cabeza, pero lo sigue. Yo permanezco cerca de Algar con los dedos alrededor de la empuñadura de la daga que llevo en la cadera.
Cuando llegamos al borde de la jungla, Thane levanta una mano, de la cual brota un rayo dorado que atraviesa un grueso manojo de enredaderas y hojas húmedas, dejando tras de sí un gran agujero oscuro.
Los demás desaparecen en el nuevo camino.
Yo no puedo evitar echar un último vistazo al mar; quizá sea la última vez que lo vea.
Respiro hondo y los sigo en la oscuridad.
—Algar, necesito que lleves esto. —Thane la pasa la esfera.
Algar tuerce el gesto.
—¿Por qué yo?
—Porque necesito mis dos manos. Una para la espada y la otra para la magia, por si algo sucede.
—Ah, sí. Supongo que tiene sentido. —Algar sujeta la esfera con fuerza y mira al frente—. Bueno, nos está diciendo que continuemos derecho.
—Tenemos que apurarnos —murmura Rynthea, examinando los agujeros oscuros de la jungla—. Recuerden, Frevella te dijo que la esfera solo dura una hora.
—¿Cuánto tiempo nos llevará llegar al templo? —pregunto.
—Como una hora… si tenemos suerte.
Thane lanza cuatro esferas de luz que nos rodean. Se mueve con precaución, con la espada desenvainada frente a él, el pañuelo sobre el rostro, los ojos vigilantes.
La luz se extiende por la jungla, dejando a la vista criaturas desconocidas que se esconden en gruesos troncos negros y otras que acechan en las copas oscuras de los árboles.
Muchas tienen pelaje fino, ojos enormes y dedos largos.
Nos observan pasar sin moverse, como si supieran que somos unos tontos.
Continuamos durante no sé cuántos kilómetros y avanzamos al menos veinte minutos sin problemas, hasta que la Esfera de Kelvanita empieza a parpadear con luz roja y Algar se detiene en seco.
Cuando vuelve a brillar de color verde, Algar dice:
—La flecha cambió de dirección. —Mira hacia la derecha—. El camino más seguro es por allá —agrega, señalando en la misma dirección que la flecha.
Lo seguimos, pasamos por un arroyo negro y viscoso y sobre un muro de lava solidificada. Entre más nos adentramos en la jungla, más insoportable se vuelve el calor. Más adelante, el suelo se cuartea con grietas finas y, entre ellas, corren riachuelos de lava ardiente color naranja.
Las plantas de mis pies empiezan a calentarse, pero conservo el equilibrio y me aseguro de permanecer firme en el suelo y evitar la lava, hasta que choco con la espalda sólida de Rynthea.
—¿Por qué nos detenemos? —pregunto poniéndome a su lado.
Frente a nosotros, el suelo es pura lava.
Hay un camino de plataformas elevadas de piedra que lleva al otro lado de la jungla.
Entre cada una hay una separación de al menos sesenta o noventa centímetros.
Es indudable que hay que saltar esas distancias para continuar; siendo tan largas, tendremos suerte si llegamos a la roca siguiente.
Además, las plataformas son lo suficientemente grandes para una sola persona.
Un resbalón y estaremos prácticamente muertos.
Como si la lava no fuera suficiente, también hay criaturas con escamas café oscuro, múltiples ojos y garras tan afiladas como para cortar una roca. Sus vientres están pegados a las paredes de los pilares. Por suerte, tienen los ojos cerrados, ojalá estén dormidos.
—Algar, vas a tener que teletransportar a Zaira y a Rynthea al otro lado —dice Thane en voz baja, enfundando su espada—. Yo cruzaré a pie.
Algar inhala profundo y me mira. Tomo su mano. En un parpadeo, estamos al otro lado de la parte elevada del camino.
Algar regresa por Rynthea, pero antes de que puedan teletransportarse de vuelta, ella alza una mano para detenerlo. Intercambian palabras y Algar asiente reticente. Luego se teletransporta a mi lado, solo.
—¿Qué te dijo? —pregunto.
—Quiere que conserve mis fuerzas, porque teletransportarme me quita mucha energía. Ella cruzará sola.
Trago saliva para deshacer el nudo que tengo en la garganta y veo cómo Thane salta de tierra firme a la primera plataforma. Brinca otras tres más mientras Rynthea pasa a la primera. Mi corazón se acelera cuando Thane aterriza en la antepenúltima elevación y algunas de las piedras se derrumban.
—Con cuidado —murmullo, mordiéndome la uña del pulgar.
Se incorpora de inmediato y eso hace que caigan más piedras. Mi angustia aumenta al ver que la superficie de la plataforma está disminuyendo y Rynthea tiene que ocupar ese espacio para luego saltar una piedra más hasta llegar a un terreno más seguro.
—Trata de caer lo más suave que puedas en esta —le dice Thane sobre el hombro.
Rynthea está tres plataformas atrás, asiente, aprieta los puños y se prepara para el siguiente salto.
Thane hace su último esfuerzo con vigor: salta desde la plataforma que se desintegra, llega a la última piedra y luego se lanza para aterrizar con las piernas flexionadas frente a nosotros.
—¿Todo bien? —pregunta Algar extendiendo la mano para ayudarlo a levantarse.
Thane la toma y se pone de pie.
—Todo bien.
Todos volteamos a ver a Rynthea. Está evaluando el salto hasta la plataforma que se desmorona. Mide casi la mitad que en la que está parada, así que tendrá menos espacio para aterrizar. Con su tamaño, la idea es aterradora.
—Vamos, Rynthea —murmuro—. Tú puedes.
Respira hondo y toma impulso para saltar por los aires y caer a la plataforma que no deja de desmoronarse; los pedazos caen en la lava con un chisporroteo.
Rynthea extiende los brazos para equilibrarse.
Dilata las fosas nasales mientras observa el último bloque que está frente a ella y salta; el último brinco para llegar a terreno seguro es el más largo de todos.
Rynthea da un paso atrás y vuelve a apretar los puños con fuerza y se lanza al frente.
Se eleva por los aires y siento la boca seca.
La angustia se apodera de mí, porque sé que a pesar de sus esfuerzos no lo va a lograr.
Cuando aterriza, una de sus pezuñas resbala hacia atrás y se desliza por el borde.
—¡No! —exclamo conteniendo un grito.
—Carajo —dice Thane al tiempo que corre a toda velocidad hacia ella con ambas manos extendidas de las que salen remolinos dorados.
La atrapa antes de que caiga a la lava y deja escapar un gruñido por el esfuerzo al levantarla.
Se agacha para ayudarla a incorporarse. Cuando Rynthea ya está sobre sus dos pezuñas, sus ojos están llorosos.
Su respiración es entrecortada y cierra los ojos un segundo. Cuando vuelve a abrirlos, el brillo de las lágrimas ha desaparecido. Voltea hacia Thane, lo toma por los hombros y asiente con agradecimiento. Él le devuelve el gesto en mutuo entendimiento.
—Rynthea, ¿estás bien? —pregunto cuando se dirige hacia mí con las manos en las caderas y la cabeza echada hacia atrás; lo más probable es que esté asimilando el hecho de que casi se derrite viva.
—Estoy bien. Todo está bien. —Baja la cabeza, toma su espada guadaña y la empuña con fuerza entre sus manos—. Sigamos.
Me inunda un ligero sentimiento de alivio, sin embargo, cuando Algar empieza a seguirla juraría que algo se escabullía detrás de un árbol más adelante.
—Bien. Nos manda por ah í —dice Algar señalando a ciegas mientras observa la esfera.
Avanza mirando con recelo alrededor, con la esfera en palma de la mano.
De pronto sopla una ráfaga fría, que hace que me detenga en seco y se me pongan los pelos de punta. Rynthea también siente el cambio súbito en la atmósfera y levanta su espada guadaña.
Alguien nos observa… o algo.
En ese momento, un silbido agudo llena el aire y Rynthea gira sobre sí misma justo a tiempo para partir en dos a una víbora gigante.
No, es más que una víbora. Es una serpiente enorme con escamas afiladas y dentadas que sobresalen por todo su cuerpo como una armadura mortal. Sus ojos inyectados de sangre están divididos por pupilas verticales que nos miran directamente.
—¡Detrás de ti, Thane! —grita Rynthea.