Capítulo 47 #2
Pasa la lengua sobre su labio inferior sin apartar la mirada de la mía y jala mis caderas hasta el borde del lavabo. Antes de que me dé cuenta, su lengua caliente me recorre.
—Dioses —jadeo.
A pesar de su aviso, la sensación es por completo inesperada. Nunca había sentido algo así, es nuevo, intenso… maravilloso.
Mis jadeos se aceleran, caóticos, conforme su lengua dibuja círculos sobre mi clítoris y hace que todo mi cuerpo vibre de satisfacción. Aprieto los párpados y suelto unos gemidos de impotencia conforme se adentra más.
—Abre los ojos, Zaira —me ordena entre una lengüetada y otra—. Mírame.
Obedezco, jadeando con dificultad. Me sujeta por las caderas y me devora como si yo fuera la fruta más dulce. Cada roce de su lengua ejerce la presión perfecta. Cada uno de sus gemidos hace que los míos aumenten de volumen.
Siento que las ataduras alrededor de mis muñecas desaparecen entre más me mira. Lo observo y él desliza una mano por mi túnica para acariciar mis pezones.
—Thane… —Muevo las caderas mientras él sigue acariciando y chupando—. Thane, por favor.
Su siguiente gemido es más profundo. La manera en la que acaricia y manipula mis pezones solo aumenta las sensaciones. Nunca había estado tan excitada, tan inundada por el placer hasta el punto de tener miedo de dejarme llevar.
Sin embargo, al final no tengo más remedio. En este momento, el único objetivo de Thane es satisfacerme. Y sin duda lo ha logrado.
Agarro un puñado de su espeso cabello y echo la cabeza hacia atrás para gritar de placer.
Sin embargo, ¿se detiene ahí? No, sigue dibujando suaves círculos con la lengua que me hacen estremecer, una y otra vez.
—Carajo —gimo entre jadeos.
—Dioses, Zaira —dice antes de besar mi pelvis—. Juro que nunca me cansaré de ver cómo te vienes.
Cuando se pone de pie, jalo los cordones de su pantalón; lo quiero dentro de mí.
—Insaciable —exclama soltando una risita.
Tiene razón: soy insaciable. Con este hombre soy insaciable. Nunca me había sentido tan atraída a alguien, hasta el punto de que todo lo que quiero de él es que me tome una y otra vez. Esta conexión entre nosotros es electrizante, a la vez que aterradora.
Thane se baja el pantalón y toma su miembro en una mano. Ya está duro como piedra. Se acaricia despacio y con la otra mano acomoda mis caderas en la posición correcta. Presiono las palmas sobre la superficie del lavabo para equilibrarme; me besa y saboreo mi esencia.
Sigue besándome poco a poco al tiempo que me penetra centímetro a centímetro.
—Carajo —maldice en mi boca—. Estás tan apretada.
Empieza con caricias suaves y besos apasionados. Me sujeta la cadera con una mano y con la otra me toma por la nuca. Sus gemidos guturales llenan toda la habitación al tragarse los míos.
—Es delicioso perderme dentro de ti —dice sobre mi cuello—. Si pudiera quedarme aquí el resto de mis días… la vida sería en verdad maravillosa.
—No sabes cuánto deseo lo mismo —respondo mientras sus caricias firmes se convierten en duras penetraciones.
Maldice otra vez y chupa la suave piel de mi cuello.
Sus penetraciones se aceleran y sus gemidos roncos aumentan de volumen.
Sus manos iluminadas de dorado alumbran todo el lugar; las mismas manos que sostienen mi rostro.
Rodeo su cintura con las piernas para guiarlo más adentro; amo la luz ardiente de su excitación y su placer.
Lo siento hincharse dentro de mí, al borde del orgasmo, cuando me deslizo hasta el borde del lavabo.
La luz resplandece conforme su respiración se vuelve más pesada, hasta el punto en que casi es enceguecedora; pero no se detiene, no, hasta que siento ese calor familiar que sube desde los dedos de mis pies hasta estallar en todo mi cuerpo. No puedo evitar gritar su nombre en mi orgasmo.
Con un movimiento repentino suelta mi boca, retrocede y se separa de mí. Extiendo la mano y aprieto su verga hasta que él también llega a ese precipicio con un gemido y eyacula sobre mi muslo.
—Por todas las sombras —exclama entre jadeos. El brillo se apaga poco a poco hasta dejarnos de nuevo bajo la luz tenue de la vela—. Eres muy buena.
Me sonrojo cuando me ofrece una sonrisa relajada. Permanecemos así un momento, disfrutando la dicha de lo que acabamos de hacer, hasta que sale del trance, se sube el pantalón y toma una toalla de manos que está en el mueble debajo del lavabo para limpiarme.
Bajo de un salto y le sonrío mientras acomodo mi túnica arrugada, luego, me pongo los lentes. Me devuelve la sonrisa, toma mi rostro entre sus enormes manos y me besa despacio.
—Odio que esto tenga que terminar —digo en voz baja.
Observa con cuidado mis rasgos y con el pulgar acaricia el lóbulo de mi oreja.
—Será lo mejor, pequeña mortal. Lo sabes.
Suspiro y descanso la frente sobre su pecho; en ese momento advierto su collar otra vez. Alzo la cabeza y tomo en la mano el dije con forma de escorpión. Es irregular y la cola es gruesa.
—¿Esto significa algo? —pregunto.
Sus ojos se oscurecen un poco.
—Fue un regalo para mi hermano. Se lo di unos meses antes de que muriera.
—Ah. —Suelto el pendiente—. ¿Por qué un escorpión? Si no te molesta que pregunte.
Permanece un momento en silencio y luego levanta el dije para observarlo.
—Un día lloró porque perdió una pelea durante un entrenamiento.
Se sentía culpable por no haber dado cierto golpe, pero no quería lastimar mucho a la otra persona y por eso se contuvo.
Cuando le di esto, le dije: «Koa, no podemos permitirnos ser palomas.
No tenemos el privilegio de volar alto y en paz».
—Traga saliva—. Le dije que como no nos criaron con misericordia, teníamos que ser escorpiones.
Si no golpeamos primero, si no picamos para protegernos, perdemos todo.
—¡Guau! —Me tomo un momento para asimilar esas palabras—. Eso es muy profundo.
—Al parecer, no fue lo suficientemente profundo —replica, metiendo el dije bajo la túnica.
Salimos del baño, pero antes de regresar al camarote, Thane se acerca a la borda para aventar la toalla al mar.
—Buena idea —digo entre risitas.
Nadie se merece encontrar esa toalla sucia.
Thane se sienta en la banca y mira el horizonte interminable. Me siento a su lado y me acurruco contra su cuerpo para disfrutar su calor. El sonido del mar es tranquilizador, casi lo suficiente como para adormilarme otra vez.
—Lo quiero muerto, tanto como tú —dice después de un rato—. Lo sabes, ¿verdad?
Me aparto de él y lo miro a la cara, que está bañada por la luz de la luna.
—¿Seferin? —pregunto.
Tensa la mandíbula.
—Me quitó todo.
Se me pone la piel de gallina al darme cuenta de que está a punto de abrirse de nuevo. Esta vez, mi reacción no es producto del frío.
—En otra época, Seferin fue uno de los mayores defensores de los Divinos. ¿Lo sabías?
Niego con la cabeza.