Capítulo 45
—Q uédate adentro, Zaira —dice Thane y sale disparado detrás de Rynthea antes de que yo pueda responder.
En un abrir y cerrar de ojos está fuera del camarote, en cubierta; Algar pasa junto a él y entra trastabillando; Zefra revolotea detrás de él. Algo vuelve a golpear el banco y me tambaleo hacia un lado hasta que me golpeo el hombro contra la pared.
—¿Qué hay ahí afuera? —grito, mientras Algar se sostiene de una repisa.
—¡Un maldito dragón de agua, eso es! ¿Dónde está su almacén? ¡Las alacenas! ¡Algo!
Algar se apresura a cruzar la habitación hasta la cocineta y de inmediato empieza a buscar en las alacenas.
—¿Qué haces? —pregunto presa del pánico.
No me contesta, solo sigue registrando los armarios.
Corro a la puerta y doy unos pasos en la cubierta… lo que veo me provoca un miedo escalofriante.
Frente a nosotros, elevándose sobre el barco, hay un verdadero dragón.
Tiene dientes afilados y puntiagudos, sus ojos azules brillan feroces.
Tiene branquias a ambos lados de la cabeza y su vientre rugoso es gris pálido.
El resto es del color del hielo, como si su piel estuviera diseñada para camuflarse en el agua, eso es lo más aterrador de todo.
No los colmillos, no sus ojos intensos: el camuflaje.
Pensar en esa enorme bestia que nada cerca de las costas sin que nadie lo sepa…
Me estremezco.
—¡Saquen los cañones! —grita Solyen a lo lejos.
Está parado al otro lado de la cubierta con un machete en la mano. Como una araña, Thane sube la escalera hasta el puesto de vigía mientras Rynthea monta guardia junto a Solyen, sujetando la empuñadura de su espada guadaña, preparándose para el ataque.
Cuando Thane llega al puesto de vigía en el mástil, enfunda una de sus espadas. En la palma de la mano libre, crea una bola de luz dorada. El dragón lo advierte y ruge, abre más la boca y lanza un torrente azul en su dirección.
Thane salta y aterriza en la cubierta con una voltereta antes de que el agua lo alcance. Y vaya que tiene suerte, porque el puesto de vigía chisporrotea, como si el líquido fuera ácido.
—¡Zaire, métete! —grita Thane cuando me ve.
Regreso corriendo a la puerta, pero escucho un rugido salvaje y volteo a ver al dragón, que lanza la cabeza hacia adelante, listo para escupir otro torrente de agua venenosa. Cuando lo hace, Thane levanta las manos y lo bloquea con un gran escudo dorado que saca chispas con el impacto.
Claramente enojado, el dragón se hunde bajo el nivel del agua y azota el cuerpo contra el barco otra vez.
Rynthea se cae, Thane se tambalea hacia un lado y veo que Conred y otros dos miembros de la tripulación de Solyen tratan de asegurar los cañones que ruedan.
Esta es mi señal para regresar corriendo al camarote.
Azoto la puerta detrás de mí; Algar está en el almacén, cerca de la cocineta. Basura de todo tipo rodea sus pies y él está agachado hurgando en ella como enloquecido.
Algo rosa, probablemente la punta del ala de Zefra, sobresale de debajo de una almohada en una de las camas. Debe sentirse mucho más aterrada que yo, considerando su tamaño.
—Algar, por todas las sombras, ¿qué haces? —pregunto, mirando la canasta de pescado en la barra.
—Sé algo sobre ellos —dice apresurado, arrodillándose para buscar en la parte inferior de las alacenas—. Sobre los dragones de agua. Mi padre estudió las grandes criaturas marinas, las raras, y sus favoritos eran los dragones de agua. No me preguntes por qué. Estaba loco. Sin duda de él lo aprendí.
—¿Y? —pregunto desconcertada mientras él se mete más en el armario.
Maldice entre dientes, se levanta y pasa al siguiente armario.
—Los dragones de agua solo atacan cuando sienten que amenazan su nido —explica—.
Esta es una madre. Lo sé por los cuernos.
Los dragones machos tienen cuatro, las hembras, dos.
Créeme, no nos conviene enfrentarnos a un papá dragón enojado.
En fin, para que esta madre se vaya y demostrarle que no estamos aquí para meternos con sus bebés dragones, huevos o lo que sea, tenemos que enviar una señal de paz.
—Okey. —Me paso los labios por la lengua, nerviosa—. ¿Y cómo hacemos eso?
—¡Ajá! —Es como si hubiera encontrado alvanita. Algar se aparta del armario con un bote de pintura en una mano—. ¡Carajo, sí! Sabía que tenían pintura por aquí.
—Algar, ¿cómo le enviamos la señal? —pregunto de nuevo, tratando de mantener la calma.
—¿Cómo se llega al corazón de una mujer? —pregunta al tiempo que saca una brocha del armario.
«¿Perlas? ¿Oro? ¿Amor incondicional?».
—¿Amor?
—No. Comida.
Corre a la puerta con la canasta de pescado y los suministros de pintura.
Algar sale cojeando y yo me quedo en el marco de la puerta abierta, mirando cómo grita el nombre de Thane.
El dragón vuelve a golpear el barco, esta vez hace que los platos salgan volando de los armarios abiertos y se estrellen en el piso.
Grito y me aferro al barandal que está junto a la pared.
Algar le dice algo a Thane y luego se lo repite a Rynthea y a Solyen.
—¿Estás loco? —vocifera Solyen.
—Créeme, ¡funcionará! —responde Algar con un grito—. ¡No disparen los cañones! ¡Eso solo la enojará más!
Solyen no está contento. Sin embargo, alza las manos para indicarle a su tripulación que se detenga; todos obedecen y dejan de cargar los cañones. Algar renquea hasta el centro de la cubierta con los objetos que sacó de los armarios.
Quita la tapa del bote de pintura y mete la brocha. La espesa pintura plateada gotea de las cerdas. Pone de inmediato manos a la obra, tropezándose por los movimientos del barco.
De manera apresurada, dibuja un círculo y al interior una ola. El trabajo es descuidado, pero al parecer Algar lo considera aceptable porque se levanta, masculla para sí mismo y asiente en aprobación.
El dragón sale otra vez a la superficie y su enorme cabeza se cierne sobre el barco. De su barbilla caen chorros de agua. Abre una boca inmensa, lista para lanzar más veneno ácido.
—¡Algar, apúrate! —le grita Rynthea.
Las fosas nasales del dragón se dilatan y el líquido se acumula en el fondo de su garganta. Thane alza las manos iluminadas de dorado, listo para bloquearla con otro escudo, mientras Rynthea observa con una postura defensiva, espada guadaña en mano.
—¡Ey! —llama Algar agitando las manos en el aire.
El dragón ruge y baja la cabeza hasta quedar cara a cara con Algar. Sus brillantes ojos azules se arremolinan como las pozas de marea en Costa de las Brasas, el agua escurre por sus escamas relucientes.
—¡Eso! ¡Aquí! —Algar trata de erguirse lo más posible—. ¡No queremos lastimarte! —Señala el símbolo que pintó en la cubierta—. ¡No estamos aquí para lastimarte a ti o a tu familia! ¡Es nuestra señal de paz! ¡Nos rendimos ante ti! ¡Solo queremos pasar!
Con el pie, hace avanzar la canasta de pescado.
Al fin, el dragón cierra la boca. Mira a Algar, luego la pintura, la canasta de pescado y de vuelta a Algar. Ladea la cabeza a la derecha y de su garganta salen una especie de graznido.
La sangre me sube a los oídos y contengo el aliento, esperando la reacción de la bestia.
Parpadea mirando a Algar pero sin perder de vista la pintura, que ya empieza a embadurnarse en los bordes, y la canasta llena de pescado. Después, abre la boca y se dirige directo a él.
Grito, pero él se queda ahí parado. En ese momento me doy cuenta de que no lo va a atacar, lo que le interesa es el pescado. Engulle la canasta entera y se la traga sin masticarla, luego resopla de satisfacción y mira a Algar en espera de más.
Algar deja escapar un suspiro y se acerca a ella. Se arrodilla y pone la mano en su hocico.
Contengo el aliento.
—¿Nos dejas pasar? ¿Por favor? —solicita con voz temblorosa.
Un gruñido de satisfacción sale de la garganta del dragón, parpadea y gira la cabeza para mirar a todos a bordo. Luego se aleja con otro resoplido y se aparta del barco. Con un último vistazo, se escabulle y desaparece bajo las olas.
Todos exhalamos de alivio al unísono, incrédulos al ver la mancha en el mar en donde se sumergió, esperando a ver si regresa.
Tras otro momento de calma, Thane se vuelve hacia Algar y dice:
—¿Qué pasó? ¿Adónde se fue?
—Lo más probable es que haya regresado a su nido —responde Algar jadeando—. Carajo, fue aterrador —agrega con un silbido—. Casi me orino encima.
—¿Va a volver? —pregunta Thane.
—Lo dudo. En los viejos tiempos, los mortales acostumbraban compartir símbolos de paz con los dragones de agua cuando viajaban —explica Algar—.
Estos símbolos les ayudaban a pasar cuando se los encontraban en su camino.
Ella reconoció mi símbolo de paz, que pinté tan mal, se comió el pescado de ofrenda y me dejó tocarla.
—Sonríe, orgulloso de esa hazaña—. Son increíblemente inteligentes, pero cuando se trata de territorio, atacan primero y juzgan después.
Pensó que éramos intrusos y por eso estaba a punto de destruir el barco.
Teníamos que demostrarle que no queríamos causarle ningún problema.
—Déjame entender. —Solyen avanza con la mano levantada—. Si ella no te hubiera visto hacer el ridículo, y no se hubiera comido la mitad de nuestras provisiones de pescado, ¿mi dulce Emellie estaría en este momento hundiéndose hasta el fondo del mar?
—Así es —responde—. Más vale pasar un poco de hambre a hundirnos o que nos rociara con su veneno, ¿no?
Solyen presiona una palma contra su cabeza.
—Orvena, ayúdame. Necesito otra copa —se queja—. ¡Busquen una camisa para este hombre, para que no apeste a pescado, y quiten esa pintura de mi cubierta! Pronto pasaremos por el Vacío y todos tenemos que meter el trasero en los camarotes.
—Por una vez, Algar sale al rescate —dice Rynthea cuando se acerca a él. Le da una palmada en el hombro y sonríe—. Estoy orgullosa de ti.
Algar le guiña un ojo.
—¿Ves? A veces, un ladrón encantador resulta útil.