Capítulo 44
E l interior del Emellie huele a madera húmeda y canela.
Las camas están empotradas en el casco del barco, sostenidas por vigas de metal. Todas están bien tendidas con sábanas blancas y cobijas grises. En un rincón al otro extremo hay una pequeña cocineta en la que Conred prepara el té y los bollos.
Me siento frente a una de las dos mesas cuadradas y disfruto el aroma a canela que sale de unas galletas recién horneadas que están en una charola.
—¿Quieres una? —pregunta Conred señalando con la cabeza las galletas que están en la barra mientras prepara el té—. Las hace Beka. Es el callado, con el corte en la oreja. Es buen chef, pero mucho mejor panadero.
Conred se acerca a la mesa con una charola de bollos en una mano y la tetera humeante en la otra.
—Está bien —respondo tomando un bollo dulce—. Este bollo se ve increíble. Tendré que decirle a Beka que yo también soy panadera.
—¿De verdad?
—Sí… bueno, más bien aprendiz de panadera —explico.
Conred asiente, levanta la tetera y se inclina para servir el líquido caliente en dos tazas de estaño. Mientras lo hace, una cadena de oro se escapa del cuello de su camisa. De ella cuelga un dije en forma de «C» con una perla engastada en el centro de la letra.
No puedo evitar contener el aliento al verla. Es muy parecida a la mía.
¡Cuánto extraño ese collar!
Conred me sorprende mirándola.
—Las perlas me recuerdan mi hogar —comenta con una sonrisa nostálgica y luego empuja una de las tasas en mi dirección.
Me inclino para verla más de cerca.
—A mí también. Tu collar es muy bonito.
—Mi padre hacía joyas con perlas. Esta la hizo para mí.
—Conred toca el dije—. Viajaba mucho para vender su joyería.
Me ponía muy triste cuando no estaba conmigo.
—Le da un sorbo al té, una expresión abatida le nubla la mirada—.
Pero a veces me pregunto si aún estaría aquí si hubiera estado viajando durante los ataques, ¿sabes?
—Te entiendo por completo.
—Pero me alegra estar con Solyen —se apresura a agregar—. Él me cuida y es agradable estar en el mar.
—Me alegra que te haya dado una buena vida. —Muerdo el bollo dulce y en ese momento suenan tres campanas que están en el techo—. ¿Para qué son esas? —pregunto señalándolas.
—Nos advierten cuando el mar está agitado —responde Conred—. Cuando repican poco está bien, significa que todo va viento en popa. Pero si suenan más fuerte o muy rápido, significa que el mar se está agitando o que algo ataca el barco.
La puerta del camarote se abre y Thane aparece en el umbral, vestido de negro de pies a cabeza, como siempre. Me mira a mí y luego a Conred, supongo que él no le parece una amenaza porque no echa chispas por los ojos.
—Ah, hola. —Conred sonríe y mira a Thane, luego a mí y de nuevo a Thane—. ¿Quieres sentarte con nosotros? Estamos tomando un poco de té.
Thane asiente y Conred va a la cocineta por otra taza.
—Creo que no entendí tu nombre. —Conred deja la taza en la mesa frente a Thane y le sirve té caliente.
—Nunca te lo dije —masculla Thane levantando la taza.
—Ah. —Conred se sonroja y se sienta.
—No dejes que sus idioteces te molesten.
Conred ríe nervioso. Se recupera y dice:
—Tengo curiosidad de saber por qué tienen tantas ganas de ir a Aguas Poco Profundas. La mayoría de la gente se mantiene muy alejada de esa zona.
—Necesitamos algo que hay en la isla —le explico.
—¿Qué? ¿Como un tesoro o algo así? —pregunta emocionado.
—Eso… entre otras cosas. —Miro a Thane, quien mastica y nos ignora.
—Pues todos son muy valientes, se los concedo. Yo ya tiemblo al pensar lo cerca que llegaremos de esa isla. Creo que hubiera preferido que Solyen me dejara en Gadonia para este viaje. —Deja escapar otra risa nerviosa mientras ve su taza.
—Tienes razón en estar asustado. —Thane se chupa los dedos antes de llevarse la taza a los labios y darle un sorbo—. Eres un niño. No deberías ni acercarte a Aguas Poco Profundas.
—Bueno, estoy en mi decimosexto año, ¡así que yo diría que no soy tan niño! —argumenta Conred perdiendo la sonrisa.
Thane suspira.
—¿Por qué no le preguntas a Solyen cuánto tiempo falta?
Su pregunta es más una orden.
—Ah… claro. Iré a preguntarle. —Conred se pone de pie y me mira inquieto—. Ahora regreso.
Cuando sale del camarote le doy un golpe a Thane en el brazo. Ni siquiera hace un gesto.
—¿Por qué eres tan malo con todo el mundo? Él ha sido muy amable y servicial con nosotros.
—Demasiado amable, si me preguntas.
—Eso no existe —replico.
—En mi mundo, sí.
—Algunas personas nada más son amables y quieren compañía. Me gustaría que dejaras de pensar que es una mala característica en alguien. —Cruzo los brazos—. Además, él me da pena. Parece que es el más joven en este barco. Es probable que no tenga muchos amigos en la tripulación.
Thane me observa durante un momento antes de terminar el té y dejar la taza en la mesa. Luego mete la mano en el bolsillo de sus pantalones de piel y saca algo.
—Necesitaba que saliera para poder darte algo. Extiende la mano.
Lo miro recelosa.
—¿Por qué?
Con un suspiro agitado, toma mi muñeca y voltea mi mano con la palma hacia arriba.
—Cierra los ojos —me ordena y yo hago lo que me pide, lo que es una novedad.
Con cuidado coloca algo en mi palma. El objeto serpentea en mi mano hasta que siento algo muy caliente en mi piel.
—Ábrelos.
Cuando veo qué es, me quedo sin aliento y las lágrimas brotan de mis ojos de inmediato.
—Mi collar —digo con un grito ahogado. Asombrada, levanto de inmediato la mirada para verlo a los ojos—. ¿Cómo…?, quiero decir, ¿ de dónde…?
—Lo recuperé.
—¿Qué quieres decir? —tartamudeo.
—El día que salimos de Meriva, cuando hicimos la parada en el centro para refugiados —explica—. Fui a la tienda de empeños y hablé con el propietario. Le dije que me lo diera o que le cortaría cada uno de los dedos.
—Dioses, Thane. ¿En serio? Recordará mi rostro. Es probable que piense que lo engañé.
No quiero reírme, pero no puedo evitarlo. Es evidente que he estado mucho tiempo en su compañía, si la amenaza de desmembrar a ese hombre me parece profundamente romántica. Entonces, me doy cuenta de algo.
—Espera un momento. ¿Cómo supiste en qué tienda lo empeñé?
Me mira con complicidad.
—Por supuesto, esa noche me seguiste —me r ío —. Eres un verdadero acosador.
Se mueve en su silla.
—Te lo dije, tenía que asegurarme de que hablabas en serio sobre ir al templo.
Cuando escuché que era un regalo de tu madre y fuiste al centro para refugiados, sospeché que eras huérfana.
Pero luego, al oír lo que dijiste en la cueva de Frevella sobre los ataques a tu reino…
—Niega con la cabeza, como sorprendido—.
Vender algo que es tan importante solo para contratarme era una prueba de que en verdad querías hacer este viaje.
—Ah. —Bajo la mirada al collar—. Creí que no estabas oyendo cuando te dije que era de mi madre.
Mueve la cabeza y esboza su sonrisa torcida.
—No sería muy bueno en lo que hago si no escuchara los detalles importantes. —Mira el collar mientras acaricio los hilos de oro—. Siempre escucho lo que dices, Zaira. Tus opiniones me importan más de lo que me gustaría admitir.
Parpadeo para apartar las lágrimas, le sonrío y aprieto el dije en mi puño.
—Gracias, Thane.
Asiente, se pone de pie y toma el collar de mi mano.
—Te ayudaré a ponértelo.
Dejo que lo tome y rodea mi silla. Cuando baja la cadena, el pendiente cae sobre mi pecho. Sigue caliente, así que Analla debe estar viva. Lo considero como un pequeño consuelo. La sensación familiar alrededor de mi cuello hace que me den ganas de llorar. Lo abrocha, me rodea y vuelve a sentarse.
—Si lo has tenido todo este tiempo, ¿por qué esperaste tanto para devolvérmelo? —pregunto.
—No estaba seguro si quería que supieras que te seguí esa noche.
—¿Quieres decir que no querías que yo pensara que eres un acosador, antes de conocerte de verdad? —bromeo.
Sonríe.
—Supongo que así es.
Se acerca tanto que puedo sentir su aliento que roza mi piel. Bajo la mirada hasta sus labios, él pone la mano en mi cadera y hunde los dedos en mi cintura.
—¿Te arrepientes? —pregunta en voz baja.
—¿De anoche?
—Sí.
—Todavía no sé. —Después de una pausa, agrego—: ¿Tú?
Presiona sus labios contra los míos y me besa con dulzura.
—Yo tampoco lo sé todavía.
Me vuelve a besar, acercándome más a él y abriendo más mis labios.
Mis rodillas se deslizan entre sus piernas, tomo su rostro entre mis manos y gimo bajito cuando acaricia mi espalda.
Antes de que nuestro beso se vuelva más apasionado, las campanas del techo repican con estrépito.
Me alejo con un grito ahogado, levanto la vista para ver cómo se sacuden de un lado a otro.
—¿Qué dem…?
Thane también alza la vista, jadeando y confundido. Algo golpea el barco con fuerza y nos balanceamos hacia un lado. Me atrapa y yo me aferro a él, mientras las tazas se caen al piso de madera.
La puerta del camarote se abre de par en par y Rynthea aparece con su espada guadaña en mano con los ojos muy abiertos, alarmados.
—¡Thane, ven aquí! ¡Ahora!
—¿Qué sucede? —grito al tiempo que Thane se levanta de un salto y desenfunda una de sus espadas.
—¡Algo está atacando el barco! —grita Rynthea.