Capítulo 43
U na vez que cargan el combustible en el barco y llevan unas cajas con comida a los camarotes, zarpamos.
Entre más nos alejamos de Gadonia, parece no ser más que un punto brillante en la distancia conforme el sol se refleja en los adornos dorados de las edificaciones.
—Antes de que se pongan cómodos, ¡hay algunas reglas a seguir! —grita Solyen mientras camina de un lado a otro frente a nosotros—. Número uno, ¡manténgase alejados de las regalas!
—¿Las qué? —pregunta Algar sujetándose a un barandal empotrado.
—Las regalas, las bordas del barco —explica Solyen poniendo los ojos en blanco—. Este barco es rápido y cuando hago girar el timón no doy aviso. Un solo giro puede lanzarlos por la borda y las hélices los harían pedacitos.
Mira a Algar a los ojos.
—Bueno, en mi caso puedes tener la seguridad de que no tendrás que preocuparte en lo absoluto por eso.
Algar aprieta los párpados y se aferra con más fuerza al barandal, parece que ya está mareado. Zefra se cuelga de su pantalón a la altura del tobillo.
—Número dos, habrá un momento en el viaje en el que deberán quedarse en el interior y hablar en voz baja. Les informaré cuando tengan que hacerlo.
—¿Por qué? —pregunta Rynthea.
—Porque si quieren llegar a Aguas Poco Profundas tan rápido como dicen, tenemos que cruzar el Vacío. ¿Alguna vez han oído hablar de él?
—Sí, un poco —respondo.
—Entonces sabrás que el Vacío es el lugar en el que acechan las peores criaturas marinas. No quiero que ataquen mi barco porque un puñado de niños no pueden cerrar sus bocazas.
—Mmm… ¿qué tipo de criaturas, para ser exactos? —pregunta uno de los miembros de la tripulación de Solyen.
Es el niño al que vi rondando el puesto de vigía en el mástil. Es joven, no puede estar más allá de su decimoquinto o decimosexto año. Parece estar completamente paralizado mientras mira el perfil de Solyen.
—Ah, de todo tipo, niño —responde Solyen mirándolo—. Las bestias marinas son del doble de tamaño del Emellie, con lenguas como de serpiente. Tiburones que comen metal, zerenias que cantan las melodías más dulces, pero que te arrancarán la verga de un tirón cuando te tengan en sus garras.
—Te lo dije —masculla Rynthea hacia Algar.
—No ahora, Rynthea. No ahora. —Algar se tapa la boca como si fuera a vomitar.
—Conred, trae un cubo —ordena Solyen, señalando a Algar—. No quiero que sus entrañas se desparramen en mi cubierta.
Conred sale corriendo y, segundos después, regresa con un cubo de madera que empuja contra el pecho de Algar quien la abraza antes de tambalearse hacia atrás varios metros hasta que su espalda golpea la pared; su camisa se levanta un poco hasta mostrar la piel.
Su espalda se desliza por la borda, con un chirrido de carne sobre metal hasta que su trasero cae sobre la cubierta y deja caer la cabeza en el cubo.
Tiene pésimo aspecto. Zefra salta otra vez sobre su hombro.
—¿Quién hubiera dicho que me iba a marear? —Su voz hace eco en el cubo.
—No me digas que nunca has navegado en un barco rápido antes —lo provoca Rynthea.
—Nunca.
—Por Orvena —masculla—. ¿No dijiste que tu padre trabajó con un naturalista de los mares?
—Sí —dice Algar entre dientes—. Pero no navegué mucho con él y, cuando lo hice, íbamos en barcos normales, no en unos que van tan rápido que te mareas.
—¡Regla número tres! —grita Solyen llamando otra vez nuestra atención. Calla un momento, saca su petaca, la abre, toma un sorbo, se encoge de hombros y agrega—: en realidad, no hay regla número tres.
—¿Es en serio? —murmura Rynthea—. Este hombre nos va a matar a todos.
—Solo asegúrense de recordar las reglas uno y dos —insiste Solyen antes de irse—. Sigan con lo suyo. Lo mejor será que disfruten su vida ahora, antes de que termine en esa isla de la muerte.
Abre la puerta de su camarote y desaparece en el interior.
No podemos acercarnos al borde del barco, pero hay cuerdas que cuelgan cerca, cuyos extremos están amarrados a los mástiles. Me dirijo a una de ellas y la sujeto con fuerza para echar un vistazo por la borda hacia el agua.
El barco rápido de Solyen, impulsado con magia, es increíblemente veloz, tanto que apenas puedo sentir un balanceo. Parece que el Emellie corta el mar como un cuchillo corta la mantequilla.
—Malditas sombras —se queja Algar metiendo la cara en el cubo otra vez.
Zefra le da dos palmaditas en la cabeza como para consolarlo.
Rynthea se quita la mochila y busca en su interior hasta que saca una flor blanca.
—Toma —dice poniéndosela a Algar en la mano—. Come unos cuantos pétalos.
—¿Qué es? —pregunta él con voz ronca.
—Flor celeste. La encontré en Immalon. Aliviará las náuseas.
Algar examina los pétalos arrugados antes de metérselos a la boca y masticarlos. Luego, suelta un suspiro y descansa la cabeza en el borde del cubo. Rynthea exhala profundo y se sienta a su lado.
Thane se sienta en una banca para afilar algunas de sus dagas. Nuestras miradas se encuentran y le sonrío. Me devuelve una sonrisa satisfecha y vuelve a concentrarse en sus dagas.
—Supongo que te gusta el mar —dice una voz a mi espalda.
Doy un brinco, casi suelto las cuerdas al voltear para ver al culpable.
—¡Oh, no! ¡Lo siento! —Es el niño al que Solyen llamó Conred. Me mezo un poco y él sujeta la cuerda para estabilizarla—. ¿Te asusté?
—Sí, un poco —respondo, forzando una risa.
—Te ofrezco disculpas, sinceramente.
—Está bien.
—¿Te puedo pedir que te quedes detrás de las cuerdas, por favor?
—Ah… sí. Claro. Perdón.
Suelto las cuerdas y retrocedo, con cuidado de no enredar los pies en las sogas que hay tiradas.
—Es solo que he visto a muchas personas confiar en estas cosas, y cuando tenemos un imprevisto en el mar, salen volando, ¿sabes? —suelta una risita nerviosa.
—Claro. Tiene sentido.
—Soy Conred Joshell —dice, ofreciéndome la mano.
—Zaira Quinlocke —respondo estrechándosela.
Examino sus rasgos, su piel morena oscura, su grueso cabello negro y los mechones dorados descoloridos e inconfundibles. Sé exactamente dónde nació.
—Eres de Costa de las Brasas —digo.
—¡Lo soy! —exclama, complacido de que lo sepa.
—Es… es increíble. Yo también.
—Increíble. ¿Hay alguien más de tu familia por aquí? —pregunta.
—Solo una hermana.
—Es maravilloso que tengas a alguien. —Conred se rasca la cabeza—. Yo no tuve tanta suerte.
—Lamento escucharlo.
—No es tu culpa. Además, después de estar un tiempo en el centro para refugiados de Meriva, me adoptaron en apenas dos meses. Así que diría que fui afortunado.
Ah, eso explica por qué no recuerdo su rostro. Con los años llegué a conocer a todos en el centro para refugiados.
Conred señala el camarote del capitán.
—El capitán Solyen me adoptó.
—Oh, fue muy amable de su parte.
—Sí. Pero aparte de que se sentía solo, creo que necesitaba un nuevo primer oficial. Me dice que un día quiere heredarle el Emellie a alguien. No tiene hijos propios, así que…
—Te dejará el barco a ti. —Asiento mientras lo asimilo—. Su heredero.
—Sí. —Da un paso atrás y mira por encima de mi hombro, hacia los demás—. Las personas con las que viajas son interesantes.
—Sí. —Su comentario me hace resoplar, entre risa y burla—. Últimamente escucho eso mucho.
Observa a cada uno con una leve sonrisa intrigada.
—Todos parecen muy cercanos… aunque distantes. No puedo decirlo con certeza.
—Bueno…
No acabo la frase. Yo tampoco estoy muy segura de cómo explicar a nuestro grupo. Nuestras relaciones son, en el mejor de los casos, complicadas, y en el peor, un completo desastre. ¿Y la mía con Thane? Bueno, nuestros límites están borrosos, mucho…
—En fin, estaba a punto de entrar por un poco de té y bollos dulces. —Conred señala la puerta al otro lado de la cubierta que tiene una ventana de medialuna—. ¿Quieres?
Me alegra la idea de comida y té.
—Me encantaría.