Capítulo 42
E l capitán Solyen tiene una personalidad que no me esperaba.
Enver había hablado de él como si fuera un hombre ordinario, y si bien parece un mortal común de espalda ancha, barba gris, piel bronceada y barriga prominente, es un borracho.
—¡Qué grupo! —vocifera al reunirse con nosotros en el muelle.
Camina erguido, con una petaca de plata en la mano derecha. Antes de detenerse frente a nosotros, toma un buen sorbo de la petaca y eructa.
Detrás de él hay un enorme barco negro con bordes plateados.
El nombre Emellie está pintado también en color plata en la proa.
Las velas negras y marfil ondean suaves en la brisa, mientras que varios hombres marchan por la cubierta, lanzando cuerdas y lavando el piso.
Un hombre que está en el puesto de vigía en el mástil nos observa.
Cuando encuentra mi mirada, voltea a otro lado.
—Capitán Solyen, este es el grupo del que le hablé —dice Enver haciendo un gesto con la mano hacia nosotros—. Necesitan a alguien que los lleve a Aguas Poco Profundas.
El capitán Solyen mira a Enver como si esperara el final de la broma.
Al no obtenerla nos examina a todos y una sonrisa se dibuja en su rostro.
Echa la cabeza hacia atrás en una carcajada, una risa escandalosa, ronca y ligeramente molesta.
Apuesto que si se le escucha carcajearse durante mucho tiempo provocaría dolor de cabeza.
Thane suspira y Rynthea resopla enojada.
—No estamos bromeando —refunfuña Rynthea—. Necesitamos ir a Aguas Poco Profundas, hoy.
—Y te pagaremos. —Thane da un paso al frente con un saquito que sostiene por los cordeles.
El capitán Solyen borra su sonrisa y extiende la mano para aceptar el bolso pesado. Sujeta la petaca bajo la axila, abre el saquito y deja caer algunas monedas en la palma de la mano. Al ver todo el oro, sus ojos se abren enormes.
—Esto es mucho dinero. —Solyen nos mira bajo sus cejas tupidas.
—¿Será suficiente para llevarnos ahí? —pregunta Thane.
—Ah, más que suficiente —asegura regresando las monedas al bolso—. Pero no me parece bien quitarles el dinero a los muertos.
Sus palabras me hacen un gran nudo en el estómago.
—Nos arriesgaremos —dice Thane.
—Tienen suerte de que tengo algo de tiempo. El siguiente cargamento será hasta la próxima semana. —Solyen nos mira a cada uno detenidamente antes de dirigirse a Enver—. ¿Son amigos tuyos?
—No todos —responde Enver—. Solo ella.
Me señala con una sonrisa. Le devuelvo media sonrisa, pero no se me escapa la manera en la que Thane se acerca a mí.
—Bueno, antes de que aborden a mi dulce Emellie deben saber que no los llevaré hasta Aguas Poco Profundas.
Me detendré antes y les bajaré un bote para que remen el resto del camino.
A diferencia de ustedes, yo sí cuido mi valiosa vida.
Conforme uno se acerca a esa isla infame más cosas extrañas pasan, y yo no quiero ser parte de eso.
—Bien. —Rynthea cambia su peso de una pezuña a otra y cruza los brazos.
—Bien, dice —puntualiza Solyen para sí mismo con una risita—. Está bien. Suban sus traseros al barco, puesto que están preparados para morir.
Paso el pulgar debajo de una de las correas de mi mochila y empiezo a seguir a todos hacia la pasarela del barco hasta que Enver me llama. Está recargado en un poste húmedo cerca del extremo del muelle. Thane se detiene y me mira.
—No tardo —le aseguro.
Asiente y le lanza un vistazo aburrido a Enver antes de volver a girar y subir la pasarela.
—¿Estás absolutamente segura de esto, Zaira? —pregunta Enver cuando me acerco a él.
—Enver, no tengo otra opción.
—Siempre hay otra opción.
—Ah, sí, tienes razón —respondo sarcástica—. La mejor opción aquí es dejar que mi hermana muera porque soy una cobarde.
—Analla no querría que lo hicieras, Zaira, y lo sabes.
Suspiro y desvío mi atención a las aguas color turquesa.
—Ella te diría que lo olvidaras. Que la dejaras lidiar con las consecuencias —insiste.
—Y también sabría que no la escucharía. —Esta vez lo fulmino con la mirada—. Sí tengo una opción, Enver, y yo ya tomé la decisión. Voy a ir.
—¿Cómo sabes si ese grupo te va a proteger de verdad? ¿Cómo sabes que no te dejarán colgada tan pronto como haya problemas? —Enver toma mi mano y la envuelve entre las suyas—. No conoces a esta gente, Zaira. Vas a hacer que te maten.
—Los conozco lo suficiente.
Me examina con el ceño fruncido.
—Anoche hablé con un vidente para saber más sobre la gente que conforma tu grupo.
El ritmo de mi corazón disminuye.
—¿Hiciste qué? ¿Por qué?
—Zaira, ¿es un antiguo miembro de los Divinos? Podría asegurar que está huyendo y que lo han estado buscando.
Quito mi mano de un tirón.
—Enver, no tenías ningún derecho…
—Tenía todo el derecho —dice entre dientes con ceño adusto—.
¡Trajiste el peligro a mi puerta! Tienes suerte de que no llamara a la reina Halsenya para denunciarlo.
La única razón por la que no lo hice es porque te prometí que no lo haría.
Hace años que su cabeza tiene precio. Es muy posible que lo supieras, pero no dijiste nada.
—¿Eso qué importa? —espeto—. Como dijiste, no sobreviviremos a Aguas Poco Profundas. Todos estaremos muertos, así que no hay nada qué reportarle a la reina. Todos tus problemas habrán desaparecido.
Enver se suaviza un poco.
—Zaira, no hables así…
—Tengo que irme.
Le doy la espalda antes de que pueda alcanzarme otra vez y subo la rampa corriendo. Qué descaro.
—Por todas las sombras, ¿qué quería? —pregunta Rynthea cuando llego a su lado.
—Solo quería desearnos buena suerte —miento, fingiendo despedirme de él con un gesto de la mano.
Rynthea hace un ruido de desaprobación. No estoy segura si sabe que estoy mintiendo o si posiblemente escuchó todo.
Cuando Enver se despide con un gesto de la mano, me doy la vuelta, cierro los ojos un momento y respiro profundo para calmar mi enojo. Luego, me siento en la banca más cercana con Rynthea y elevo una plegaria a Orvena para que me proteja.