El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

M e despierto sobresaltada cuando escucho unos golpes y ruido, y me siento en la cama.

Todo parece normal en la habitación, sin embargo, me invade un presentimiento, como si algo malo fuera a suceder.

Quizá el sentimiento está justificado. Aguas Poco Profundas no está muy lejos y en esa isla nos esperan horrores indescriptibles.

El sol se filtra por las hendiduras de las cortinas verdes y resalta el vacío que Thane ha dejado en la cama. Paso la mano sobre el lugar donde durmió, está frío al tacto. Siento un nudo en la garganta, un murmullo de inseguridad me inunda.

¿Adónde fue? ¿Se arrepiente de lo que hicimos anoche?

Supongo que la verdadera pregunta es por qué yo no me arrepiento. ¿Acostarme con un asesino? Me podrían ahorcar por traición si la persona incorrecta averiguara quién es él y nuestra relación.

Vuelvo a escuchar los golpes y el ruido en el pasillo, junto con el sonido de alguien que canturrea. Salgo de la cama y me asomo por la puerta, veo a Irina al otro lado del pasillo, está limpiando una de las habitaciones.

Vuelvo a cerrar la puerta. Unos gallos cantan a lo lejos, pero la posada está en silencio y tranquila. Tomo mi mochila, saco ropa, me lavo rápido y me visto, luego me deshago las trenzas.

Cuando entro al vestíbulo, está vacío. En un rincón hay un carrito con una tetera, tazas de porcelana y terrones de azúcar. El té me llama; el vapor brota abundante de la boca de la tetera, pero me alejo y me dirijo a la salida en busca de Thane.

El sol me baña con su luz cálida e intensa.

El aire salado es húmedo y espeso. Por fortuna, la brisa ocasional ayuda a contrarrestar el calor.

Con una mano en la cadera y la otra sobre los ojos para bloquear los rayos brillantes, busco en las concurridas calles alguna señal de mi grupo.

No veo a Thane por ninguna parte, pero puedo escuchar la voz de Algar y al parecer no proviene de la calle.

Sigo su voz, rodeo la posada y llego a un campo con pasto bien cuidado y una arboleda de cuyas ramas cuelgan glicinias blancas. A lo lejos, Algar blande una daga en el aire mientras Thane, que está a unos metros con los brazos cruzados, no parece muy impresionado por el desempeño de Algar.

Al ver a Thane siento más alivio del que debería. No sé por qué pensé que podría huir o abandonarme.

—Y luego haces un giro rápido, así —dice Algar mientras me acerco—. Hasta el fondo, en el lado derecho de las entrañas, así, ¿ves? Lo haces girar con fuerza, a izquierda y derecha, y está muerto. Créeme.

—Tus técnicas son terribles.

La espada de Thane descansa en el piso y la levanta de una patada con la punta de la bota.

Está de espaldas a mí, así que no se da cuenta de que me acerco.

Detrás de Algar hay un poste de madera varios metros más alto que ambos.

Una cuerda para tender ropa está amarrada a él y a otro poste que está en el otro extremo del campo.

Sin aviso, Thane blande su espada sobre la cabeza de Algar y atraviesa el poste. Algar se agacha tanto que acaba por caer sobre su trasero. El poste se inclina hacia un lado hasta desplomarse en el suelo. Es un alivio ver que no hay ni ropa ni sábanas colgando.

—¡Podrías avisar! —grita Algar—. Casi me cortas la maldita cabeza.

Thane examina su espada.

—Quizá ese era el propósito.

Zefra revolotea por ahí y le lanza a Thane un pequeño chorro de fuego. Como si lo esperara, él alza una mano y crea un escudo invisible para desviarlo.

—Buen intento, Zefra. —Thane la mira y ella lanza un chirrido, como siempre hace cuando está molesta. Es casi como si despotricara.

Me río. Algo es seguro: no importa cuánto mimes o alimentes a Zefra, ella nunca permitirá que lastimes a Algar.

—¿Están entrenando o qué?

La voz de Rynthea me sorprende cuando pasa a mi lado con su espada guadaña.

En ese momento, Thane se da cuenta de mi presencia. Gira un poco y me mira de pies a cabeza. Trato de no hacer el ridículo y sigo a Rynthea.

—¿Descansaste, bella durmiente? —pregunta Algar poniéndose de pie.

—Dormí bien —respondo, evitando los ojos de Thane.

—El sombrío no roncó mucho, ¿o sí? —dice Algar dándole un codazo a Thane en las costillas.

—No. La verdad es que estuvo muy tranquilo. Durmió como un bebé, lo que fue un poco extraño, tomando en cuenta lo destructivo que es.

Algar suelta una risita.

—¿Alguno de ustedes ha visto o sabido algo de Enver? —pregunto.

—No. —Rynthea hace girar su espada para crear círculos infinitos—. Ninguna señal de él todavía.

Cambio mi posición, nerviosa.

— ¿Creen que deberíamos buscar otra manera de llegar a la isla?

—Si no sabemos nada de él en las próximas horas, nos vamos —afirma Thane—. Podemos reunir todo nuestro dinero y pagarle a alguien para que nos preste su barco.

—No puede ser cualquier barco. —Rynthea deja caer la espada guadaña al revés, la clava en el suelo y se recarga en el mango—. Ahí hay monstruos marinos de todo tipo. Y ni me hagan hablar de las zerenias.

Abro mucho los ojos.

—¿Crees que son reales?

—Sé que lo son —dice—. Antes de abrir Kamtaur, mi padre era pescador. Decía que una vez vio cómo un hombre caminó por el tablón y saltó directo al mar porque se quitó los tapones de algodón de los oídos. Las zerenias lo arrastraron al fondo y nunca más se le volvió a ver.

—¡Mierda! —exclama Algar—. ¡No puede ser que existan!

¿Criaturas marinas que comen hombres y roban su identidad para caminar por tierra firme?

¡Es un cuento ridículo! Yo lo sabría. Mi padre fue asistente muy mal pagado de un naturalista de los mares.

Me dijo que todas las historias sobre ellas son mentira.

—Bueno, quizá él no llegó muy lejos —dice Rynthea—. Intenta navegar los mares profundos sin los algodones en los oídos y ya me dirás lo ridículo que es cuando traten de comerte.

Algar resopla. Rynthea solo pone los ojos en blanco y luego dirige su atención hacia mí.

—¿Traes tu daga?

—No. —Señalo por encima de mi hombro hacia la posada—. Está en mi mochila.

—Ve por ella. Alguien tiene que enseñarte a usarla —dice, volteando a ver a Thane con desdén.

Él debe sentir su mirada furiosa, porque deja de practicar para devolverle la mirada, tiene la mandíbula tensa.

Me apresuro a ir por la daga antes de que se empiecen a agredir, como siempre.

Cuando regreso, Rynthea me guía hasta el otro lado del campo, ampliando la distancia entre nosotras y los hombres. Recarga su espada guadaña en una roca y empuña la daga que lleva en la cintura.

—Muéstrame tu mejor postura defensiva —me ordena.

Tomo la empuñadura de mi daga y separo los pies hasta que quedan al mismo nivel que mis hombros. Luego doblo las rodillas y las flexiono un poco.

Rynthea reprime la risa al ver que levanto la daga sobre mi cabeza.

—¿Alguna vez has peleado con un arma?

—¿Es tan obvio? —Bajo la daga y mis hombros en un gesto de derrota—. Yo no crecí como el resto de ustedes, con la necesidad constante de defenderme. Por favor, no te burles de mí, Rynthea.

Levanta una mano en gesto de inocencia.

—No me burlo —responde de inmediato, conteniendo la risa.

Entorno los ojos y yo también reprimo una sonrisa.

—Pero quieres hacerlo.

—Un poquito… pero solo porque tu postura es lo más triste que haya visto jamás.

—¡ ¿ Ves?!

—Pero deberías considerarte afortunada de haber podido conservar tu inocencia —agrega—. Yo empecé a entrenar en mi tercer año.

—¿El tercero? ¿En serio?

—Ah, sí. Mi padre quería que supiera cómo protegerme, a mí y a Torjack, sobre todo cuando supimos su diagnóstico. —Mira al horizonte, perdida en el recuerdo—. A mi madre no le encantaba la idea de que manipulara cuchillos y dagas a esa edad, pero a mí me encantaba.

—Puedo imaginarlo —digo riendo—. La violencia no era común en la Costa de las Brasas. Mis padres tampoco sabían cómo usar una espada. Mi padre era médico y mi madre, enfermera. Me enseñaron más sobre resucitar y curar a las personas, que sobre hacerlas pedacitos.

—Mmm… —Rynthea piensa en mis palabras—. Bueno, algunos de nosotros estamos destinados a lastimar a la gente en tanto otros están destinados a sanarla. —Se encoge de hombros—. Además, si no te hubieran enseñado esas habilidades no habrías podido salvarme la vida en ese pantano.

Me dirige una cálida sonrisa y yo se la devuelvo.

—Bien, primero tenemos que ajustar tu postura y la manera en la que empuñas la daga.

Rynthea acomoda mi brazo para que quede más cerca de mi cuerpo. Luego usa una de sus pezuñas para separar mis pies un poco más, el pie derecho adelante y el izquierdo, atrás, como apoyo.

—Hay muchas maneras en las que puedes usar una daga —explica—, pero una de mis favoritas es esta…

—Se aleja una buena distancia de mí y embiste con la daga.

La empuja hacia adelante; el brazo se adelanta a su cuerpo con rapidez y violencia—.

Y si alguien te ataca por un costado, puedes hacer esto.

—Voltea la empuñadura hacia atrás de modo que la punta de la hoja se dirige hacia el otro lado y, con un movimiento rápido de la mano, apuñala el aire—. Ahora inténtalo tú.

Trato de imitar su demostración, pero acabo demasiado cerca de su brazo. Ella se aparta justo a tiempo y arquea una ceja, sorprendida.

—Perdón —digo riendo nerviosa.

—No te preocupes. Inténtalo otra vez.

Vuelvo a hacerlo; esta vez me aseguro de no acercarme mucho a ella cuando apuñalo el aire.

—Mejor —me elogia—. Aprendes rápido.

—Gracias. Siempre he aprendido muy rápido. Me ayuda a adaptarme a mi entorno, ¿sabes?

—Entiendo lo que dices.

—Siempre fue más fácil para mi hermana adaptarse.

Doy otro tajo al aire con la daga.

—¿Es sociable?

—Mucho.

Rynthea me sonríe y asiente.

—Zaira, estás haciendo algo muy altruista por tu hermana.

—Toma mi antebrazo e inclina mi codo para ponerlo en la posición correcta.

Luego me dice que apriete la empuñadura con más fuerza—.

No conozco a ningún mortal que arriesgaría su vida para hacer lo que tú estás haciendo.

La mayoría se quedaría ahí, lamentándose y esperando la muerte de la persona a la que aman.

—No puedo dejarla morir. —Miro sus ojos color miel—. ¿Sigues pensando que esto es demasiado? ¿Este viaje a Aguas Poco Profundas?

—Ah, cien por ciento. —Ríe—. Pero te entiendo. Yo haría cualquier cosa por Tor. No importa qué seamos, mortales, híbridos, hechiceros o minotauros, queremos lo mejor para nuestra familia. Aunque eso signifique arriesgar la vida, es mejor intentarlo que no hacer nada.

—Estoy de acuerdo.

—Pero Zaira, tengo que preguntarte… —calla y entrecierra los ojos cuando un rayo de sol la ilumina—. Eres una persona increíblemente inteligente. ¿Te parece prudente acostarte con un hombre como Thane?

Mi corazón se hunde.

—¿Qu… qué?

—Puedo escuchar cosas a mucha distancia. Cuando estás en una posada tan tranquila como esta —dice señalando detrás de mí—, es difícil ignorar ciertos sonidos.

Me pongo escarlata y bajo la mirada, demasiado avergonzada para mirarla.

—No… no sé qué decir.

—Afortunadamente para ti, también tengo la capacidad de ignorar el sonido —dice—. Tan pronto como los escuché a ustedes dos empezar, me desentendí.

—Pues gracias, pero eso no hace que la conversación sea menos incómoda —replico, con una risa igual de incómoda.

—Soy dueña de una posada. He escuchado cosas mucho peores. —Hace una pausa y aprieta los labios pensativa—. ¿Puedo ser honesta contigo?

—Claro.

—No creo que lo que sea que esté pasando entre ese hechicero y tú vaya a terminar bien.

Miro a Thane, quien practica con sus espadas.

Tiene una en cada mano y las hace girar con perfecto equilibrio y precisión.

Realiza movimientos con ellas que estoy segura de que no mucha gente en Thelanor puede hacer.

Las hojas atrapan la luz del sol a medida que clava, corta y las blande en el aire.

—No tienes de qué preocuparte —le respondo a Rynthea mirándola de nuevo—. No hay emociones involucradas.

Alza una ceja y levanta su espada guadaña.

—¿Estás segura?

—Sí —mi respuesta es firme, pero la palabra me lastima al pronunciarla, como si me perforara el corazón—. Estoy segura.

—Zaira. —Escucho la voz de Thane a mi espalda.

Doy media vuelta, preocupada de que me haya escuchado. Pero de inmediato me doy cuenta de que no está solo.

A unos pasos de él se encuentra Enver.

—El capitán Solyen acaba de atracar.