Capítulo 39
L a túnica negra sin mangas de Thane deja al descubierto sus brazos musculosos y el tatuaje de los Divinos en su antebrazo. En la mano izquierda empuña una de sus espadas. La afilada hoja plateada brilla a la luz de la luna.
—¿Thane? —Miro alrededor, confundida al ver de dónde salió—. ¿Qué estás haciendo aquí afuera?
—Voy a entrenar.
—¿En el porche?
—Detrás de la posada.
—Ah.
Se acerca y sus botas resuenan en el piso de madera.
—¿Estabas escuchando a escondidas?
—No fue intencional. Di la vuelta y ahí estaban ustedes dos.
—¿Viste cuando me besó? —pregunto evitando hacer una mueca.
—Lo vi. Escuché todo. No me extraña que no ha dejado de verte como si fuera un perro callejero desesperado. Siempre te ha amado.
Thane está a solo unos pasos y me mira con expresión tensa. Su cabello parece más rizado, humectado, como si se hubiera bañado o al menos se hubiera dado una lavada rápida.
—Más razón para que no me caiga bien —agrega.
Cruzo los brazos.
—Con él no hay nada de eso.
—Al parecer, él no lo cree así.
Bajo los brazos y llevo la mano al picaporte otra vez, pero antes de abrir la puerta, Thane envuelve mi mano en la suya y la vuelve a cerrar.
—¿Por qué no fuiste a su cabaña después de ese beso?
—¡Por Orvena! —Doy media vuelta—. Basta, Thane. Él no me interesa en ese sentido.
Entrecierra los ojos. Nos miramos durante varios segundos y cuando él se da cuenta de que no voy a ceder, inhala profundo por la nariz y exhala.
—Hay algo que quiero mostrarte.
—Ya quiero ir a acostarme —me quejo.
—Tengo el presentimiento de que te gustará.
Baja del porche y pasa la espada sobre su cabeza para enfundarla en su espalda. Se hace a un lado y me mira ladeando la cabeza.
—Si te quedas ahí parada más tiempo, te obligaré a venir.
—De hecho, me gustaría eso otra vez —digo, mordiéndome el labio inferior para reprimir una sonrisa—. Apuesto que me ayudaría a dormir como una bebé.
Sonríe con suficiencia y sus ojos tienen destellos dorados; dejo escapar un gritito cuando mi cuerpo se eleva.
—No como estás pensando —dice—. Pero también podemos hacer que eso suceda.
Suspendida en el aire, me guía hacia él. Cuando estoy a su lado, pone mis pies en el suelo y me tambaleo un poco antes de estabilizarme.
—Sígueme —me dice sobre el hombro.
Me río y observo cómo se aleja cada vez más.
Podría ignorarlo, entrar a la posada, lavarme e irme a dormir, pero por supuesto, mi tonto corazón no me lo permite.
No solo siento curiosidad por lo que sea que va a enseñarme, sino que también quiero estar cerca de él.
¿Por qué? No tengo idea. Elijo no preguntármelo y acelero el paso para alcanzarlo.
—Sabes que está mal usar magia para obligar a la gente a que haga lo que quieres, ¿verdad? —pregunto.
—¿De qué sirve tener magia si no es para controlar a otros? —responde con media sonrisa.
Trato de no reaccionar a esa sonrisa sombría y seductora y me concentro en lo que tengo adelante. Caminamos unos minutos hasta que llegamos a un sendero bordeado de piedras color crema. En ese momento advierto una construcción a lo lejos.
Separada del resto del pueblo, el techo es abovedado, mientras que la estructura inferior está cubierta de la misma piedra que bordea el camino. El pórtico es de madera barnizada y, es curioso, no hay ventanas.
—¿Qué es este lugar? —pregunto cuando nos acercamos a las puertas dobles arqueadas.
En lugar de responder, Thane levanta una mano sobre una de las manijas y un destello dorado sale de las yemas de sus dedos. La luz se derrite en la manija, él la toma y abre la puerta con facilidad.
—¿La puerta estaba cerrada? —pregunto entre dientes.
—Sí.
—Entonces, ¿ahora entramos a los lugares a la fuerza? Estoy segura de que estaba cerrada con llave por alguna razón.
Thane entra y se mezcla con la oscuridad. Con un gemido renuente, echo un último vistazo hacia atrás antes de seguirlo al interior.
La puerta se cierra de golpe, produciendo un estruendoso eco a nuestro alrededor. La única luz proviene de un foco tenue en el centro del salón que resalta el suelo de mármol reluciente.
Thane truena los dedos y envía varias esferas doradas de luz que flotan sobre nuestras cabezas, emitiendo suficiente luminosidad como para poder ver exactamente lo que nos rodea.
—Oh, guau.
No es un lugar ordinario.
Sobre las paredes enyesadas cuelgan pinturas de todo tipo, al tiempo que unas esculturas de mármol de Orvena se imponen a cada lado del salón. Una de sus manos señala hacia la rotonda superior y ella mira al cielo, su cabello cae en oleadas lo suficientemente largas como para cubrir sus senos.
Cristales de todos los colores están empotrados en los bordes de la rotonda y las esferas de Thane les permiten crear un suave caleidoscopio en las paredes y el techo de cristal.
—Visité esta galería hace años, cuando estaba con los Divinos —dice Thane—. Teníamos que escoltar a la reina y a varios miembros más de élite. Un grupo de nosotros se quedó en Gadonia durante unas noches. —Mira a su alrededor con aire satisfecho—. El mejor arte llega aquí.
—Esto es… —Las palabras me fallan. Lo único que puedo hacer es asimilarlo todo. Contengo el aliento cuando fijo la mirada en una de las piezas de arte—. Esta obra es de Bruvo Devell —digo, acercándome a ella.
Thane se para a mi lado, estudiando los detalles de la pintura: ramas café oscuro envueltas en flores doradas y blancas con un mar espumoso verde azulado al fondo.
El mar es más como un paisaje distante, como si la persona que admira la obra estuviera parada detrás de las ramas y las flores, con el mar un poco borroso a lo lejos.
—Amo esta obra. Su arte nunca es claro. —Sonrío—. ¿Sabías que era de Costa de las Brasas?
—Ah, ¿sí? —pregunta Thane con genuina curiosidad.
—Sí.
Lo miro. Sigue estudiando el cuadro. Parece tan desnudo sin el pañuelo y la coraza, como si faltara parte de él. Sin embargo, es muy apuesto. Me pregunto si se da cuenta de lo hermoso que es.
Aparto la vista antes de que me sorprenda comiéndomelo con los ojos.
—Mi favorita está por acá.
Thane da media vuelta y avanza a zancadas por la habitación hasta detenerse frente a un óleo: un niño vestido todo de blanco con cabello lacio castaño. Está rodeado por unos aros dorados y aunque sonríe, tiene lágrimas en los ojos.
Me acerco para verlo mejor.
—Este hace que me duela el corazón.
—¿Qué ves cuando lo observas? —pregunta.
Hago una pausa, lo veo con más detenimiento antes de responder.
—Un niño triste que necesita un abrazo.
Thane ladea la cabeza y lo analiza.
—¿Qué ves tú? —pregunto.
Permanece en silencio un momento y recorre la obra con la mirada.
—Al principio vi lo mismo que tú. —Vuelve a callar un momento—. Pero ahora veo a un niño que se aferra con desesperación a la esperanza.
—Mmm…
—Quizá sí necesita un abrazo —dice Thane distraído, sin dejar de observar al niño—.
Pero está claro que es resiliente. El mundo es brillante y hermoso a su alrededor, está derrotado y lastimado, sin embargo, sonríe.
Persevera porque sabe que allá afuera hay algo mejor para él. Solo tiene que encontrarlo.
Un silencio tranquilo nos envuelve como un capullo. ¿Quién hubiera dicho que tenía pensamientos tan poéticos en esa mente tan oscura?
Una de las esferas de Thane flota sobre mi cabeza antes de rebotar hacia una escultura de Orvena.
Es una diosa hermosa. Todas las historias y el arte la representan como una mujer de piel ocre oscuro y cabello ondulado del color del ébano.
Las historias dicen que irradiaba como un cristal a la luz del sol.
Así se ve la escultura ahora que la esfera flota a su alrededor: radiante, esperanzadora.
Cuando me paro frente a la escultura de Orvena puedo sentir los ojos de Thane sobre mí desde el otro lado de la galería.
—¿Hay algo que me quieras preguntar? —digo mirando por encima de mi hombro.
—No.
—Debe haber algo. No me quitas la mirada de encima.
Se acerca detrás de mí, el calor de su cuerpo y su aura poderosa me envuelven.
—¿Por qué rechazaste el beso de Enver? —Su voz es baja y profunda, sus labios están cerca de mi oído.
Se me pone la piel de gallina.
—Estabas observando muy atentamente. —Trato de mantener la voz firme.
—¿Fue porque no había manera de compararlo con el nuestro?
Algo me envuelve la cintura y me jala hacia atrás.
«Hola, mano invisible».
Mi espalda se presiona contra su pecho y suspiro, apretando los párpados.
—¿Lo rechazaste porque pensabas en mí, Zaira?
—Eres un arrogante.
—No lo niegas.
La mano invisible sube por mi vientre hasta uno de mis pechos. Reprimo un gemido y abro los ojos. Cuando giro para verlo a la cara, ya me mira con ojos ardientes, como si yo fuera digna de contemplar.
—No deberíamos estar haciendo esto —le recuerdo.
—¿Hacer qué?
La mano invisible toma mis nalgas.
Thane baja la cabeza y yo la levanto. Por un momento permanecemos así, mirándonos, tratando de resistirnos a la atracción. Nuestros labios casi se rozan.
Luego pone su mano en mi nuca, su mano verdadera, y su boca reclama la mía.