El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

D espués de cenar salimos del comedor en compañía de Enver y recorremos la ciudad, donde las tiendas, las tabernas y los puestos de comerciantes aún están muy animados.

Cada construcción está adornada con bulbos de vidrio con luces brillantes que zumban con magia: un invento gadoniano que solo sus ciudadanos son capaces de producir.

Gadonia rebosa de vida, las paredes exteriores están bañadas de luz y vetas doradas.

Lonas color marfil y verde se extienden de un techo a otro como doseles entre las casas.

Me parece que reflejan y amplifican la luz de los bulbos durante la noche.

A nuestro lado, por las calles adoquinadas, pasa gente en triciclos que remolcan cajas de madera.

—Pescado —dice Enver cuando veo que uno de los conductores baja una colina—. En las cestas llevan pescado. Se lo llevan a las familias. Nos gusta asegurarnos de que todos estén alimentados, sin importar cuánto dinero tengan.

—Se está haciendo tarde. —Veo cómo una mujer le ofrece un brazalete de cuentas a Rynthea, quien lo acepta agradecida—. Me sorprende que haya tanto movimiento.

—Ah, sí. Gadonia es la ciudad de la fantasía y la luz —responde Enver.

Seguimos bajando la colina que los ciclistas tomaron un momento antes.

Los caminos café oscuro están un poco húmedos, pero es probable que no sea por la lluvia.

Puedo imaginar a todas las familias que vienen y van de la costa, con la ropa empapada, con la arena pegada a la piel, agotados y riendo en su camino de vuelta a casa.

Miro el mar al frente. El agua se extiende mucho más allá del horizonte interminable; las olas suaves ondean en destellos plateados bajo la luna creciente.

En la costa hay hileras de muelles donde los barcos se mecen, es posible que los comerciantes también vendan ahí sus mercancías.

Algunos tienen puestos que ahora están cubiertos por mantas delgadas para protegerlos.

Me recuerda a Costa de las Brasas: los vendedores que se inclinan sobre la borda de sus barcos para ofrecer mariscos recién pescados. La nostalgia me invade profundamente. No me extraña que Enver se mudara aquí.

Miro a Thane, a Rynthea y a Algar. Los dos últimos admiran las construcciones cubiertas de hiedra, pero Thane analiza a Enver con el ceño adusto.

Cuando sus ojos se encuentran con los míos, están llenos de…

¿curiosidad?, ¿celos?, ¿ambos? Desvía su mirada penetrante y tensa la mandíbula antes de que yo pueda descifrar de qué se trata.

—¿Cuánto tiempo piensan quedarse? —pregunta Enver, deteniéndose frente a una posada de dos pisos de donde sale luz por las ventanas de vitrales.

Por la puerta batiente se filtra música, junto con risas y ruidos alegres.

La vitalidad de los vitrales que se refleja en las calles es tan acogedora que me dan ganas de unirme al bullicio.

Me paro junto a Rynthea, cuyos ojos pasan de Thane a mí.

—Si no están seguros, tenemos varias posadas en las que se pueden alojar, con habitaciones magníficas —sugiere Enver.

—Enver, la verdad es que no planeamos quedarnos mucho tiempo —digo—. Esperábamos que nos pudieras ayudar con algo.

—Por supuesto, ¿con qué?

—Buscamos a alguien que pueda llevarnos en barco a Aguas Poco Profundas.

Enver abre muchísimo los ojos y palidece.

—Creo que es la primera vez que alguien me ha pedido ayuda para llegar a Aguas Poco Profundas. —Mira a Thane de arriba abajo—. ¿Esto tiene algo que ver con él?

—¿Qué? ¡No! —exclamo.

Thane deja escapar una risita siniestra.

—Entonces, por Thelanor, ¿por qué una chica como tú querría ir a Aguas Poco Profundas? No hay nada para ti ahí.

—Sí lo hay, y es muy importante que lo obtenga —respondo, un poco molesta por su comentario.

No me gusta cómo me hace parecer una niña incapaz de tomar mis propias decisiones.

Él solo es un año mayor que yo.

Enver mira a Thane con desconfianza.

—Oye, ¿nos vas a ayudar o no? —pregunta Rynthea, es evidente que sus preguntas la hartan—. Podemos encontrar el camino solos. Hemos superado situaciones mucho más difíciles que esta.

—Quiero… quiero ayudar, en serio. Es solo que… —Enver suspira y deja caer la cabeza—. ¿Supongo que necesitan un barco?

Todos asentimos. Él nos mira a cada uno con cuidado.

—Solo conozco a un capitán que viaja a lugares cercanos a Aguas Poco Profundas, y no es barato.

—El dinero no es problema —dice Thane con voz ronca—. ¿Dónde está ese capitán?

—Es el capitán Solyen Terrick. Tiene un barco rápido. Vive aquí, pero es probable que ahora esté de camino a los puertos de Junsho. Él se encarga de nuestro comercio en ultramar.

—¿Cuándo regresará? —pregunta Thane.

—Depende. —Enver pasa las yemas de los dedos por su frente como si estuviera atormentado por un estrés inmenso—.

A veces Solyen para en otras ciudades por gusto antes de regresar.

Puede venir en unas horas, o en un día o dos.

Aunque sé que nunca ha estado fuera de Gadonia más de tres días a lo sumo.

—Maldita sea —mascullo, al tiempo que Rynthea maldice entre dientes y Algar suelta un suspiro—. Tres días es mucho tiempo, Enver.

—No entiendo la premura, Zaira. —Su rostro es pura preocupación—. Nadie tiene tantas ganas de ir a Aguas Poco Profundas. Absolutamente nadie.

—No te preocupes. —Me acerco a él, suspirando—. Tomaremos una habitación esta noche. Si el capitán no llega mañana en la mañana, encontraremos otra manera.

Enver levanta la barbilla y dilata las aletas de la nariz.

—Muy bien —dice tenso—. Por aquí.

Se aleja de la posada bulliciosa y nos lleva a una más pequeña que tiene macetas y mecedoras en el porche.

Al entrar, saluda a una anciana de cabello rubio que está en la recepción. Parpadea sorprendida al vernos. Sobre todo por Rynthea, por supuesto.

Unos minutos después, Enver regresa con tres llaves en la mano.

—Si en verdad quieren descansar, este es el mejor lugar para quedarse. —Deja escapar un suspiro exhausto—. Las otras posadas cerca de la ciudad son ruidosas y casi siempre están llenas de viajeros. Irina tiene tres habitaciones disponibles para esta noche. ¿Será suficiente?

—Está bien. —Rynthea toma una de las llaves de su mano—. Pero solo para que lo sepan, yo no comparto habitación —agrega mirando a nuestro grupo—. Necesito privacidad.

—¿Qué? —Algar se queda boquiabierto—. Bueno, si tú necesitas privacidad, ¡yo también!

—No. De ninguna manera —se queja Thane, tomando ambas llaves de la mano de Enver antes de que Algar lo haga—. No tiene sentido que yo comparta habitación con Zaira.

—Estoy de acuerdo —agrego de inmediato. Ni siquiera podría imaginarlo. Mi estómago da un vuelco con solo pensarlo—. En todo caso, los hombres deberían compartir y las mujeres deberíamos tener cada una su habitación.

—Déjame decirte algo: si Thane se queda en la misma habitación que nosotros, Zefra va a morder o a quemar esas espadas y armas sofisticadas. Te lo digo: odia que haya otras personas en su espacio durante mucho tiempo y él, en particular, no le cae bien. No se lo pondrá fácil.

—Entonces, que duerma afuera, donde pertenece —dice Thane con una sonrisa de suficiencia.

Está tratando de hacer enojar a Algar.

Funciona, porque Algar se queda con la boca abierta, baja a Zefra de su hombro y la envuelve en su mano para taparle los oídos.

—¡Cómo te atreves! Ella duerme adentro.

—También difiero en cuanto a los berrinches de Zefra. Está empezando a adorarme. —Thane extiende la mano y le rasca el pecho a Zefra con un dedo—. ¿Verdad, chica?

Zefra emite un gorjeo de placer.

Algar la levanta para verla a los ojos.

—Pequeña traidora.

—Okey, ¿saben qué? —pregunto con un suspiro—, no tenemos tiempo para esto. Yo me iré con Enver a pasear por la ciudad. Me daré un baño rápido aquí y luego lo alcanzaré. —Volteo hacia Enver en busca de su aprobación—. Si está bien por ti.

Enver asiente animado. Thane me mira a mí, luego a Enver, y hace una seña hacia el salón—. Tú quédate con la habitación, Zaira. Yo me quedaré aquí abajo para afilar mis armas o me iré a tomar algo a una de las tabernas, no importa.

—No. —Agito la mano en señal de rechazo—. Tú también necesitas descansar. Está bien, en serio.

Algar toma una de las llaves de la mano de Thane y se va cojeando detrás de Rynthea. Los veo desaparecer por un pasillo y vuelvo a dirigir mi atención a Thane.

—Podemos compartir la tercera —dice Thane de pronto mientras cambia el peso de un pie a otro—. Puedo dormir en el piso. No será muy distinto a cuando nos quedamos en esa choza destartalada en la frontera de Ruvain. Solo prométeme que no vas a roncar.

No puedo evitar sonreír y con el hombro le doy un empujoncito juguetón en el brazo.

—No lo garantizo.

—Z, ¿puedo hablar contigo afuera? Será rápido —dice Enver acercándose para interrumpir nuestra conversación.

—Claro. Estaré ahí en un segundo.

Enver me sonríe y luego vuelve a mirar a Thane. Sus rasgos se endurecen una fracción de segundo, luego junta las palmas, asiente y sale de la posada.

Thane se sienta en un sofá café que está frente a la chimenea y deja caer su mochila en el piso, entre sus pies.

—No me gusta.

Pongo los ojos en blanco.

—A ti no te gusta nadie.

—Bueno, en verdad no me gusta. —Saca una daga de la mochila y luego una piedra angular—. ¿Quién es él para ti?

—Es un amigo de Costa de las Brasas. Él era uno de los niños a los que rescataron junto conmigo y con Analla. Vivió un tiempo en Meriva con sus padres hasta que un día se mudaron. —Dejo que asimile la información—. De cualquier forma, no dudes en usar la habitación, necesitas descansar.

Empieza a afilar la hoja de la daga.

—Está bien.

Cuando empiezo a marcharme, miro por encima de mi hombro y no se me escapa la manera en la que baja la mirada a mi trasero antes de volver a levantarla.

Con una sonrisa de satisfacción, camino hacia la salida, meneando las caderas un poco más.